Fotos de carne

Fotos de carne

Hace poco encontré una foto entre las páginas de una novela perdida en la estantería del salón —la novela era de Frederick Forsyth, pero no recuerdo el título—: en ella aparezco con unos diez años junto a mi hermano, en Sitges. La foto la tomó mi madre con una cámara que había comprado mi padre pocas semanas antes cuando pasó un fin de semana en Madrid por negocios. Ese día hacía frío, tanto o más del que hace ahora cualquier mañana de invierno. Después de tomarnos la foto, fuimos a por la merienda y comimos sentados en el paseo, mientras mi hermano quería probar de lo que yo comía y me resistía a hacerlo con la reticencia del hermano mayor que es un poco rancio. Con el estómago algo lleno —un crío nunca se sacia—, bajamos a la playa para pasear y nos quitamos el calzado. Apenas había gente a nuestro alrededor, si acaso unas personas haciendo volar una cometa y una pareja de ancianos dándose un baño con la valentía de quien ya ha vivido de todo y está de vuelta del resto. Mientras paseábamos, vimos un perro que se acercaba corriendo hacia nosotros mientras la dueña nos gritaba que sólo quería jugar; mi reacción fue echar a correr como si me persiguiera el mismísimo Cerbero hambriento de sed, trastabillé con la arena y caí de bruces. El chucho se me echó encima y me empapó la cara a lametazos. Lloré del susto, pero al rato me reía con las cosquillas de su lengua en mi mejilla. Estuvimos un rato con el perro, empezó a anochecer y regresamos a casa. Dormí pensando que los sábados deberían durar para siempre.

Todo eso es lo que recordé, a bote pronto, nada más mirar la imagen. La instantánea me hablaba de muchas cosas a la vez, recuerdos y datos que almaceno en mi cabeza y nunca sé que están ahí, porque los cajones de la memoria tienen la tendencia a acumular polvo y permanecer en silencio durante años; si fuera una biblioteca, sólo tendría un trabajador que además se tomaría su faena con calma. Apenas limpiaría, y se pasaría las horas en el mostrador esperando visitas que nunca llegarían y leyendo un periódico escrito en un idioma que no entiende. Ese bibliotecario imaginario sólo se dedicaría a acomodar los recuerdos entrantes, acumularlos en libro en blanco y cuando estuviera lleno mandarlo por la rampa para que se colocara en el estante vacío más próximo. La ley del mínimo esfuerzo o la resignación del que sabe que no es tan necesario. Un caos controlado, un silencio sólo roto por los chispazos del estímulo visual, auditivo, olfativo o táctil.

Puede que el bibliotecario de mi cabeza esté de baja. O muerto, con el cuerpo fundiéndose con un suelo de hiedras que lo absorben lentamente. De sus huesos seguramente haré un polvo con el que me maquillaré cuando mi cuerpo se vuelva rígido y frío.

La fotografía siempre ha despertado mi curiosidad, aunque no hasta el punto de convertirse en una afición. En realidad, cuando me veo inmerso en ello, me siento un intruso en un mundo que no comprendo, un imitador barato que tiene la osadía de intentar ser sin ser. Sin embargo, hay épocas en las que paseo por Barcelona y —ahora con mi móvil— hago fotos de rincones, de estampas que me parecen curiosas e intento convencerme de tener un talento que no poseo ni por asomo. Quiero ser artista y captar lo que el ojo no ve, retirar la tela que nos envuelve y recuperar la esencia de una realidad que se ha vuelto demasiado fría. Una intención noble que demuestra la búsqueda incesante de la verdad. Porque me siento un buscador, no sé de qué, sin brújula ni destino concreto, pero con el objetivo entre ceja y ceja. Exploro porque no me gusta el lugar en el que estoy y me inquieta la familiaridad que me rodea. Por lo tanto, cuando hago fotografías, aunque sea sólo por un instante, intento arrojar algo de luz a mis propias dudas. Me empuja el miedo a convertirme en una estatua.

Por eso también escribo, por puro movimiento. Aunque eso es otro tema.

La fotografía. Quiero ser bueno, tener alma. Pero lo único que consigo son imágenes sin historia, retratos sin carne ni líquidos. Y aun así algunas de las instantáneas que logro me parecen bonitas, dignas de ser expuestas porque consiguen captar algo más que un momento: captan las historias subyacentes, las huellas marcadas, aunque invisibles, las heridas que sangran recuerdos del pasado y que te golpean en la sien. Como mi foto en Sitges, que era mucho más que dos críos intentando sonreír con el sol dándoles de lleno en el rostro.

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