Formentera cuando se acaba el show de Truman

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Lo último que esperas que te ocurra un martes entre semana de invierno a las ocho de la mañana es que Jim Carrey te sonría, subido a un patinete a motor, con la misma mueca gigante que en ‘La Máscara’. Y esto me sucedió en una calle del puerto de Ibiza.

El verano de Formentera ya está contado, pero no tantos han contado su invierno y muchos menos su Navidad, cuando se engalana de Papá Noel entre temperaturas de quedarse en casa. En invierno Formentera —y eso incluye hablar forzosamente del aeropuerto de Ibiza, del trayecto en autobús hasta el puerto y del ferry que te empuja hasta la pequeña de las Islas Baleares— es un paraje criogenizado esperando a que lo resuciten cuando vuelva a asomarse el calor. Entonces se convertirá en un decorado, como el de ‘El show de Truman’, ante el que será fácil conquistar placeres.

Por este motivo para explicar el invierno de Formentera empezaré mencionando los cajeros del aeropuerto de Ibiza: mientras sacas algo de efectivo para poder pagar el autobús —no acepta tarjetas— te incitan a comprar entradas para unas discotecas que sólo abren de marzo a octubre, la misma época en la que en ese aeropuerto llegan vuelos más allá de los procedentes de Barcelona, Madrid, Valencia y Mallorca. Me cuesta esconderme las ganas de gastarme un centenar de euros en ellas. Por suerte, ahora están cerradas. Así que salgo hacia la calle sorteando a Adil Rami, el futbolista del Olympique de Marsella, quién sabe qué hace allí, con el propósito de coger el autobús.

Los alrededores del aeropuerto son una concatenación de anuncios publicitarios de las sesiones de Martin Solveig, Afrojack, David Guetta o Fatboy Slim que se celebraron a finales de octubre para despedir la temporada de las megadiscotecas. Aunque ya lleven meses cerradas, nadie parece haber encontrado algo mejor que anunciar allí. Hasta que toque avisar de las reaperturas. Al mirar esos anuncios uno tiene la misma sensación que cuando se topa con un cartel desgarrado en el que aparece la cara ilusionante de un candidato político de una campaña electoral pasada.

En ese momento aún no he tenido el honor de disfrutar, a tan solo tres metros, de la sonrisa de Jim Carrey. Porque era Jim Carrey, ¿verdad? Lo último que entonces sabía de él es que Cathriona White se había suicidado en 2015 tres días después de que él rompiera con ella —más adelante, ya en Barcelona, leí en The Hollywood Reporter que Carrey había mantenido una disputa judicial con la familia de White, la cual le acusaba de suministrarle a la chica los medicamentos usados para el suicidio. Finalmente el juez desestimó esta demanda y Carrey no deberá ir a juicio—. ¿Estará ya mejor como para verse con ánimo de esbozar la mueca que le hizo famoso? Si es así, era él. Al fin y al cabo, Ibiza en invierno no es un mal lugar para vivir una vida anónima. Hay gente y cierto aroma de ciudad, aunque nada que ver con el estruendoso bullicio veraniego. «¿Ya os marcháis?», nos —voy con un amigo periodista— pregunta, al vernos con las maletas a cuestas, una abuela enjuta y dicharachera que deambula con delantal por otra calle cercana al puerto. «No, acabamos de llegar», le informamos. «Ah, es que ahora todo el mundo se va», sentencia con una sonrisa nostálgica. Pero dejo de hablar de Ibiza, que en este reportaje tan solo es una excusa para hablar de Formentera.

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Vamos justos de dinero. Por suerte, los vuelos de Barcelona a Ibiza solo nos han costado 14 euros ida y vuelta por persona. Pero el ferry más barato para ir de la pitiusa grande a la pequeña, de la compañía AquaBus, ya cuesta 15 euros la ida y 29 el pack ida y vuelta. Hoy las olas no deben llegar a los tres metros. Ayer, en plena ciclogénesis explosiva Ana, alcanzaron los nueve y durante la mañana tuvieron que cerrar tanto el puerto de Ibiza como el de Formentera. AquaBus durante el invierno hace dos trayectos diarios y no comprendemos cómo le puede salir a cuenta si casi hay más personal que pasajeros. Quizá mejor aprovechar el frío para ser criogenizados, igual que hacen los rent a cars que nos encontramos al llegar al Port de la Savina después de un movido trayecto de poco más de media hora en el que a nadie se le ha ocurrido pedir alguna de las cervezas a la venta por un par de euros.

Allí nos recibe el silencio y la escultura Arc de Formentera de Lluis Llongueras. Es Chernóbil sin radioactividad. O un lugar en bancarrota, un Detroit insular, con la mayoría de negocios cerrados y muy poca población —hay 12.000 personas censadas en los 82 kilómetros cuadrados pero muchas de ellas se marchan de allí cuando llega el invierno—. Aún así, encontramos un rent a car abierto: Autos Formentera. Por 30 euros alquilamos un modesto Fiat Panda rojo a una mujer que sufre a diez grados en un tenderete anclado en medio de la calle. Antes de descubrir este negocio hemos probado alquilar nuestro vehículo en otro que estaba resguardado por ventanas, paredes y puertas, y que prometía estar abierto pero estaba cerrado y, si llamabas al teléfono escrito en la puerta, tú mismo podías escuchar el retumbar del teléfono situado en el interior deshabitado.

Porque los humanos necesitamos tener claros los lugares preparados para sufrir y los lugares preparados para disfrutar.

En Formentera la tierra, la que hay entre la arena de cala Saona y de s’Estufador, la que hay entre la arena de Ses Salines y de Migjorn, no es una tierra especialmente bella —ni demasiado diferente de tantas tierras poco habitadas de zonas del interior español—, más allá del camino hasta el faro de Barbarie o algún punto concreto de la boscosa La Mola, el punto más alto de la isla, situado al este. Son sus extremos: el mar, las playas, las lagunas e Ibiza en el horizonte norteño —con el enigmático peñón de Es Vedrà como rey— lo que convierten a Formentera en un lugar que hemos acordado calificar como paraíso. Porque los humanos necesitamos tener claros los lugares preparados para sufrir y los lugares preparados para disfrutar.

Si en diciembre intentas reservar una habitación para la temporada estival en Formentera un gran porcentaje de ellas ya están agotadas en las decenas de establecimientos abiertos en verano. En cambio, nosotros hemos tenido problemas para encontrar uno que esté abierto en invierno. Al final hemos acabado en uno, Apartamentos Boutique, perdido entre los caminos de tierra de los alrededores del núcleo urbano más grande de la isla, el de Sant Francesc Xavier. Cuando llegamos ninguna de las diez casitas que hay está ocupada y nos vemos resignados a esperar hasta las cuatro de la tarde para que alguien venga a abrir la puerta. Entonces también aparece un perro negro de raza mestiza empeñado en ponerse delante de nuestro coche alquilado como si no quisiera que nos instaláramos allí y nos cargáramos la soledad. Miramos en Internet y ya casi no hay apartamentos disponibles en ese negocio para el próximo mes de junio —ya no digamos para julio o agosto—. En esas mesas llenas de polvo de las terrazas nos imaginamos las botellas de alcohol que habrá dentro de unos meses y los jóvenes bronceados que las consumirán. Pretendemos ser ellos.

Un ejemplo del problema del alojamiento estival en la isla son los jugadores del Formentera, quienes juegan en la tercera categoría del fútbol español y esta temporada han dado la sorpresa al llegar hasta los octavos de final de la copa estatal después de eliminar al Athletic Club de Bilbao. El pasado verano el club hasta tuvo que parar de fichar jugadores porque no disponía de ningún lugar para que pudieran vivir a pesar de que su presidente, Quicu Ferrer, es propietario de uno de los grandes hoteles de la isla: el Sa Volta. De hecho, la temporada anterior, cuando jugaban en la cuarta división española, 17 jugadores llegaron a vivir en la misma casa como consecuencia de este problema. En Formentera la llamaban la casa de Gran Hermano.  

En los pocos restaurantes y bares abiertos, así como también en el ferry que nos ha traído, tan solo tienes a tu disposición dos periódicos: el Última Hora y el Diario de Ibiza, los dos centrados en la información local. Para enterarte de forma analógica de lo que ocurre más allá de esas dos islas tienes que acudir al quiosco de Sant Francesc Xavier. Allí hasta tienes una gran variedad de prensa extranjera. Es lógico. En la isla hay muchos habitantes de procedencia foránea, sobre todo italianos y alemanes, como consecuencia del turismo que empezó a acudir a la isla a partir de la segunda mitad del siglo pasado incitado por el fenómeno hippie.

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Cuando Lluis Llongueras pisó Formentera por primera vez en los 60 no podía imaginarse que años después allí empezaría su carrera como escultor y, mucho menos, que en El Port de la Savina acabaría habiendo una escultura suya. Tampoco que tendría una mansión, Sa Darrer Racó, diseñada por él mismo —y que allí habría las primeras placas solares de la isla— en La Mola. Llegó allí durante ese apogeo hippie y se movía por la isla haciendo autostop, de la misma forma que había ido de Barcelona a París una veintena de años antes. Entonces sólo había un trayecto diario entre Ibiza y Formentera y lo operaba una barca de madera llamada la Vieja Dolores. Un buen día, explorando La Mola, Lluis vio una gran extensión de terreno donde únicamente había cabras, higueras y alguna plantación, con una discreta casa en medio. Se atrevió a picar a la puerta. Le abrió un matrimonio, de esos discretos, de los que son felices cenando cada noche a la luz de una vela. Lluis, envalentonado como siempre, les preguntó si le venderían una extensión de su terreno. El señor Joan fue el portavoz para negarse. En esa época vender terreno era un desprestigio para la familia.

Lluis insistió otro día. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no vivían solos, sino que compartían aquel hogar con un hijo adolescente. Destapó el full de ases: «Piensen en el futuro de su hijo. Él no querrá quedarse a vivir en la isla y le tendrán que pagar los estudios. Este dinero les vendrá muy bien». El matrimonio se miró a los ojos, los dos un signo de interrogación. Finalmente aceptaron venderle un trozo de siete hectáreas y media. «Esto está a 300.000 pesetas», le informaron. Lluis aceptó al momento. Era una ganga. Actualmente, a no ser que te llames Jim Carrey, mejor no preguntar por el terreno.

Aún quedan epígonos del fenómeno hippie en Formentera. Aún hay personas que viven allí siguiendo esta filosofía de vida, sobre todo artistas, y aún es habitual el nudismo en sus paradisíacas playas de aguas cristalinas gracias a la posidonia, la planta que abraza la isla. Uno de estos artistas bohemios es el que nos encontramos en el Bar Centre de Sant Francesc Xavier, quien para empezar sentencia que el señor que acaba de salir del bar es «gordito y tiene ojos de pez». Él, en cambio, es bien delgado, lleva el pelo largo, tiene las facciones estiradas y viste unos pantalones de pana verdes, una camisa psicodélica y una gabardina marrón preparada para ser manchada de pintura. Sus ojos no son de pez. Dice ser músico y explica encontrarse en unos días que no son dramáticos aunque sí tristes. Su propósito es estirar los sentimientos. Se ha pasado toda la mañana, así se lo va relatando al propietario del bar, Pepe Sala, ex portero del Formentera, explorando en solitario algunas calas de la isla. Pero rápidamente, como ya será la tónica durante un monólogo interminable, cambia de tema para pedir si esos pantalones de pana que lleva, de procedencia italiana, los puede poner en la lavadora de Pepe. «Desteñirán un poco porque son nuevos. Se los he comprado a la Remedios porque me los dejó a buen precio», le informa. Pepe aún no ha tenido tiempo de acceder a hacerle el favor —entonces descubrimos que el Bar Centro también es un hostal y que el músico está alojado allí desde hace un tiempo— cuando el artista, que ni sabemos ni sabremos su nombre, cuenta, en un hablar desenfrenado que no deja tiempo al silencio, cuánto le molesta escuchar el ruido del pomo de la puerta de las habitaciones ajenas mientras se está enjabonando en la ducha. Le rompe el momento sensorial, apunta. Aún estamos digiriendo esta sentencia cuando él ya se ha encaprichado en contar que ha vuelto a interesarle el mundo de la heráldica y su pasión por ‘Doctor Jekyll and Mr. Hyde’. De momento su rehén es Pepe, pero éste acaba de anunciar que debe irse y los únicos comensales somos nosotros.

En Formentera todo es más caro por una simple cuestión logística: hasta allí los productos solo pueden llegar por mar y la mayoría de ellos lo hacen después de haber aterrizado en Ibiza.

Pagamos rápido, sin tiempo de tomarnos el café que pretendíamos, para evitar ser nosotros los rehenes de la continuación de ese tan intelectual como infernal monólogo. La comida de mediodía nos cuesta 15 euros. El mismo menú en Barcelona seguramente nos hubiese salido por unos once. Pero es que en Formentera todo es más caro por una simple cuestión logística: hasta allí los productos solo pueden llegar por mar y la mayoría de ellos lo hacen después de haber aterrizado en Ibiza. Este contratiempo también lo sufrimos al comprar en el supermercado un vino del Penedès para amenizar la noche en nuestro apartamento a falta de oferta de ocio invernal nocturno en la isla. Solo hay un par de bares que abren hasta relativas altas horas de la madrugada —las dos— y únicamente lo hacen los viernes y los sábados. El cine —municipal— también abre en fin de semana y para hacer una sola sesión y película por noche. «Para desconectar una semana Formentera es un jodido paraíso, pero para alguien joven vivir aquí es bastante aburrido. No hay nada qué hacer», nos explica Tito García Sanjuán, entrenador del Formentera cuando lo entrevistamos —a mediados de enero presentó su dimisión—. Hasta el autobús municipal parece saberlo cuando de Sant Francesc Xavier arranca tres minutos antes de la hora prevista en el horario aunque el próximo no pase hasta aproximadamente dos horas después. Nadie tendrá nada urgente qué hacer, se debe decir el conductor.

Ante este panorama, el deporte se convierte en una de las salidas ociosas entre tanto dolce far niente. Más allá de los kilómetros y kilómetros de caminos y senderos que permiten hacer excursiones a pie o en bici, del running y de los deportes acuáticos, la mayoría de niños, adolescentes y jóvenes están apuntados en los clubs de fútbol, baloncesto o judo. Pero el éxito del primer equipo de fútbol en los últimos años ha provocado que se hayan originado reticencias entre unos y otros, sobre todo por el hecho de que el fútbol sea, holgadamente, el que recibe mayores subvenciones públicas. «Es algo bien lógico y fácil de entender. Nosotros tenemos más de trescientos chavales apuntados y los otros clubs de la isla no llegan a la cincuentena de miembros», se defiende el delegado del club de fútbol de Formentera, un tipo afable y hablador cuyo nombre no nos desvela.

Ha llegado abril, y con este mes llegará el calor, los bañadores, los biquinis, o la falta de bañadores y biquinis, las colas en los bares y restaurantes para encontrar mesa, las paellas a 50 euros, el peaje de Ses Salines, la dificultad para poner una toalla en las mejores calas, los anuncios de televisión idealizando la isla, las manadas de turistas italianos, los yates de los multimillonarios y, con todo ello, el escenario del show de Truman ya estará otra vez a punto para que quien quiera pruebe de cumplir allí los sueños construidos durante horribles horas de oficina.

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