El final del pasillo

Pienso a menudo que la culpa la tuvo mi tía.

Por mi sexto cumpleaños recibí una simpática meiga que parecía de lo más inofensivo, pero a mi tía se le olvidó explicarme que llevaba un pequeño sensor que se encendería automáticamente con cualquier ruido. Durante noches presidió mi mesita, hasta que alguien pegó un portazo y la meiga explotó en risas infernales y destellos de luces.

Creo que aquel susto —aquellos ojos de fuego en la oscuridad, aquella risa endemoniada– me convirtió en una niña excitable, inquieta y temerosa, incapaz de dormir sin que un pequeño haz de luz me velase. Pasé toda mi infancia tratando de vencer el miedo que me producían el fondo del pasillo, el monstruo del armario, el conde Drácula y la vaga intuición de que mis abuelos un día no estarían y nunca más podría abrazarlos.

Después mis temores mudaron de forma, pero no me abandonaron: miedo a ser la nueva en el instituto, a las fiestas de fin de curso donde el chico que me gustaba siempre estaba con otra que no llevaba gafas, a la clase de gimnasia en la que había que saltar el potro o dar vueltas a la cancha. Yo rechazaba participar elegantemente y me excusaba inventando todo tipo de dolencias: asma, dolores menstruales, esguinces, resfriados, y me quedaba en la grada poniendo cara de enferma y soñando con otros mundos posibles en los que a un adolescente no se le hacía correr.

También pienso a menudo que la culpa de que mi imaginación creciera sin freno, alta y robusta como una espléndida secuoya, fue de ese potro que nunca salté.

Cuando yo tenía 16 años, la hermana de una amiga se mató en un accidente de tráfico. No llegó a estrenar la veintena. Probablemente entonces, “no antes”, comprendí la fragilidad de la vida y me supe vulnerable, finita, acechada. Mientras alguien reanimaba a mi amiga que se había desmayado del dolor —esa imagen, que aún conservo como una fotografía en la retina, supuso para mí la transición a la vida adulta— quise trepar a mi árbol, cerrar los ojos, sentir el aire a cien metros de altura y pensar: «Esto no está pasando, me despertaré, me despertaré». Pero no me salvó ni mi capacidad de transportarme. Estaba traspasada y sé que desde entonces ningún dolor ajeno me es indiferente.

Pienso a menudo, aunque desconozco si estaré en lo cierto, que en ese momento entendí que siempre querría escribir historias verídicas, no desde las ramas de una secuoya protectora y a salvo de la realidad más cruda, sino a ras de suelo, y prestarle mi voz a quien, en un momento determinado, no pudiera usar la suya.

Pasé mucho tiempo obsesionada con la muerte, con mi muerte. Lloraba con los muertos que salían en los telediarios, con las vidas arrebatadas en accidentes estúpidos y cuando pasaba por algún cementerio. Un día (tenía 20 años: pensaba en viajar a París y a Buenos Aires y a Praga y a El Cairo; en desgastar mis noches, en ver todo el cine del mundo) me topé con una frase de Spinoza: «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida».

A partir de ahí me dediqué a celebrar eso mismo, la vida, que es como celebrarse a uno mismo a diario. Ya no pienso en cómo me iré, en los planes que quedarán a medias ni en si alguien se acordará de mí cuando no esté. Ahora lidio con nuevos temores cada día.

Me da mucho miedo, por ejemplo, el eco de un piso vacío después de un trabajo alienante.

Me da miedo que los bancos quiten casas.

Y volver sola a casa a las 12 de la noche.

Me aterran los hijos que no son concebidos por amor.

Las cadenas y las jaulas y las mordazas.

Los colegios que cincelan con religión las cabezas infantiles.

Los refugios a reventar de perros abandonados.

Las películas de Walt Disney.

Me dan miedo los que no saben sonreír; más que si fueran armados con un cinturón de explosivos.

Me aterran las oficinas, los hospitales y las iglesias, y todos por la misma razón: hay que entrar en ellos persignándose.

Me da miedo no tener papel y tinta cerca.

El periodismo silenciado de un tiro en la nuca.

La gente insegura y la gente que lo tiene todo clarísimo.

Y no tener el abrazo exacto para cuando alguien lo necesite.

Me aterran los saltos sin red.

Las parejas que duermen de espaldas.

Las palabras nunca, nudo, roto y olvido.

Me dan pánico las bodas, los divorcios, los bautizos, los funerales y las guerras, y todos por la misma razón: en ellos dices adiós a una parte de ti.

Pero no me da miedo la muerte.

Todo esto no estaba ahí hace diez años.

Nadie me dijo nunca que la muerte no es el fin; el fin es una vida en balde, una lápida sin letras que nadie visita ni recuerda. De niño la oscuridad te atenaza; de adulto uno ve toda una gama de matices y sombras en el espeso e insondable manto negro del final del pasillo. Quizá esta película trata de cómo comprender todo eso por ti solo.

Y me descubro liberada.

Porque cuando salta ‘I want to break free’ en la radio y lo doy todo y me lo flipo como si estuviera en Wembley no pienso en la muerte.

Cuando siento el sol en mi piel no pienso en la muerte.

Cuando me ahogo en carcajadas no pienso en la muerte.

Cuando hago el amor no pienso en la muerte.

Cuando escribo no pienso para nada en la muerte.

Cuando me besan no pienso en la muerte.

Cuando veo a mis padres bailar no pienso en la muerte.

Cuando abro un libro no pienso en la muerte.

Cuando escucho a Janis Joplin no pienso, jamás, en la muerte.

Cuando despierto no pienso en la muerte.

Cuando despierto no pienso en la muerte.

Cuando despierto ya no pienso en la muerte.

Les he ganado el pulso a la oscuridad, a la meiga y al monstruo del armario y al potro y a la muerte misma. Y a todos por la misma razón: porque me repetí que soy libre. Y me lo creí. Y me lo creo. Y es cierto. Tan cierto como que estoy viva.

bluebird Comunicación
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