¡Estoy hasta el gorro de la felicidad!

Quizá a aquel que haya leído el título le haya hecho fruncir el ceño o poner el labio inferior sobre el superior, pero es así. Me he hartado. Hasta la parte más alta de mi cabeza. De hecho, esta mañana he explotado. En silencio, eso sí. Ha tenido la culpa Facebook. Seguramente aquí os hayáis ya reído un poco o esbozado una sonrisa con un claro mensaje de “ahora lo entiendo todo”. Pero no os compadezcáis de mí: sólo pretendo descargar algo de rabia y compartirla con gente.

Probablemente es descabellado decir que uno está harto de la felicidad cuando es, a ojos de muchos, el objetivo principal de la vida. Sea en forma de paraíso, reencarnación o carpe diem, la felicidad siempre ha representado esa estación final dentro de un recorrido en tren. ¿Soy un bicho raro? ¿No soy humano? ¿Cómo puedo decir que no quiero más felicidad?

A decir verdad, ni la percibo en mis carnes, y quizá si la tuviera no hubiera explotado esta mañana. En silencio, eso sí. Seguramente, de aquella foto que había visto y del comentario de encima de la foto que había leído, me lo hubiese tomado como algo casi insignificante o como un “pues vale”. Sin embargo, ¿de qué sirven las cábalas sino que para estimular la imaginación y posteriormente asustarse o indignarse o contristarse?

La cuestión es que he visto una foto sobre alguien agobiado con los estudios y colgando una foto en la que defiende ese espíritu luchador de aguantar para luego ser feliz. Ser feliz… Lo oigo por todas partes, lo leo por todas partes. ¡Está por doquier! Es como esa pesadilla que te persigue tanto en el mundo onírico como en el real. ¿No os cansa que os digan continuamente que tienes que ser feliz? Encima “tienes que”… ¿por qué una obligación? ¿No podrían convertirlo en una sugerencia “suave”, en una idea a imaginar y con la que juguetear? Pues no. ¡Tienes que ser feliz! ¡Sé feliz! ¡Haz todo lo que te haga feliz!

Odio las obligaciones, sobre todo aquellas que tocan más el mundo de los imposibles, improbables o intangibles. Cada momento o día que pasa en los que no me siento feliz, Internet, la gente, la televisión, los anuncios, hasta casi los perros de la calle, me recuerdan que debo serlo, y que si no lo soy estoy perdiendo el tiempo o el sentido de la vida. ¿Quién ha dicho que sea una obligación ser feliz? ¿Que sea la meta final o algo así? Si no me sale ser feliz, pues no me sale.

Pero a uno se le hinchan los ojos, como de picaduras de mosquito en verano. Te lo recuerdan tanto, que te entra la desazón y la decepción de no ser tú capaz de alcanzar ese nivel de felicidad de los demás, o de algún nivel de por sí. Incluso te obsesiona. ¿No se podría tratar algún otro tema? ¿Algo así como… mejoremos el mundo? ¿Aumentemos la responsabilidad, el buen vivir? No, suena demasiado complicado y afanoso.

Lo que me cuesta por entender es que la gente rebosante de felicidad se indigne por momentos faltos de felicidad o emoción en otras personas. Te desdeñan con la mirada, te aberran. Miradas que matan o que te destierran fuera del planeta. ¿Por qué hay incredulidad en muchas ocasiones con ese tema? ¿Por qué mucha gente se indigna y te hace un enorme “¡¿qué?!” justo delante de tu cara? Yo no veo gente triste o poco feliz indignándose porque alguien esté muy feliz. Hay sentimientos y hay sentimientos, como diría aquel razonamiento anodino y absurdo. Lo bonito de esta vida reside en la grandiosa y abismal variedad de personas, algo para bien y para mal. Y hay gente a los que la felicidad simboliza algo muy diferente. Te argumentan con lo de tus familiares, o el trabajo, o los viajes que te has pegado. ¿Y qué? ¿Debe servirme eso para ser feliz, el pensar que hay otra gente peor que yo o con una vida más dura? Si acaso, me provoca alivio, un leve levitar, comodidad. Mas la inflexibilidad de mucha gente los torna en ciegos a ratos.

Después de todo, paradójicamente, la gente predica que hay que hacer lo que a uno más le gusta dentro de la responsabilidad y de las limitaciones y luego te empuja a buscar la felicidad, a empellones. ¡Vaya por Dios!

Artículo anteriorÚltima parada: libertad. La ruta de los refugiados
Artículo siguienteHola, vecino
Egarense nacido hace algo más de un cuarto de siglo. Amante de la lectura y con el sueño utópico de ser escritor profesional o con la esperanza de trabajar y decidir algún día en alguna editorial. Profesor de inglés en una academia y colaborador en la revista literaria online Anika Entre Libros.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.