Nudismo errado

Cuando entras a un lugar en el que el recepcionista te pregunta si estás seguro de querer entrar, es probable que te estés equivocando de sitio. O que por lo menos, no sea el más adecuado a tu cara de pardillo. Nos presentamos a las Piscines Picornell de Barcelona en horario nudista un sábado de noviembre en el que justo a pocos metros, soltando su aliento feroz, tenía lugar el concierto de Lady Gaga en el Palau Sant Jordi. El recepcionista de la piscina no fue el primero que nos miró con desconcierto. Anteriormente, ya lo había hecho uno de los seguratas que intentaban poner orden a los coches que querían aparcar en los aledaños del pabellón cuando le explicamos que no, que no íbamos a ver el concierto de la diva del pop, sino a darnos un bañito en bolas esa noche congelada de otoño.

Cuando hablo en plural me refiero a una bella chica morena y a mí. Lo dicho, dos pardillos con cara de querer probar cosas nuevas y que se habían olvidado de traer un candado para cerrar su taquilla. Y aquí ya tenemos el primer contratiempo de la velada. Claro, quien va a una piscina nudista cómo va a pensar a traer otra cosa que no sea la ropa de calle que lleva puesta. Y quizá un champú y una toalla si quiere ducharse. Y hasta unas chanclas para no pillar hongos. Un señor que seguro que sobrepasaba los cincuenta años, y que evidentemente iba con su miembro colgando felizmente por el vestuario, nos quiso prestar su taquilla al vernos apurados. Pero algo raro ya olía en el ambiente. Bueno, eso, y que nuestras mochilas, botas y chaquetas y cosas inservibles y demás ocupaban un espacio equivalente a cuatro taquillas.

La broma de comprar un candado nos salió más cara que la propia entrada, que superaba por poco los seis euros. Después mi amiga, sabia, pensó que en vez de comprarlo lo hubiésemos podido simplemente pedir prestado. Pero eso ya fue mucho después. El recepcionista certificó el adjetivo pardillos como el más idóneo para definirnos. Antes, se habían producido otros argumentos para calificarnos así, como cuando sonrió –por no carcajear– ante nuestra pregunta de dónde se encontraba el vestuario de mujeres para mi amiga, que no lo hallábamos. Es mixto, pronunció antes de que nosotros pusiéramos cara de que ahora sí; ahora nos parecía evidente el hecho tratándose de una piscina nudista. Acabábamos de comprender la teoría de la relatividad.

Vayamos al grano. Nos desnudamos en el vestuario y todo parecía ir a mejor, casi bien. Hasta que asomamos nuestros cuerpos con precaución a la libertad del espacio de la piscina que era más ancha que larga, un hecho que me sorprendió tanto como que de las aproximadamente treinta personas más que había en ese espacio ninguna fuese mujer. A mi amiga también le sorprendió, pero, cosas de la vida, no se asustó tanto como yo. Hicimos como si nada y nos introducimos en el líquido transparente, que calentito calentito precisamente no estaba. Observé de reojo unas miradas curiosas que no me agradaron. Una vez dentro del agua, mi acompañante me confesó que quizá tenía más motivos yo que ella para ser objeto de las miradas. Como diciendo…

Hicimos unos largos patéticos. Yo parecía Moussambani, aún atónito por no encontrar ninguna mujer allí, ni bajo las aguas en forma de ninfa. La escena era un insulto a todas las leyendas de la natación y otros deportes de agua que habían bañado en esa piscina –que no es la de competición– sus cuerpos para entrenarse. Fue lo mismo que si tu padre fallase un penalti sin portero en el Camp Nou. Hicimos otro largo, porque si alguien decide hacer el ridículo, por lo menos que lo haga bien. Hasta en la desgracia es difícil ser perfecto. Al fin, paramos de nadar y charlamos un rato. Ella notó que, a diferencia de ella, yo no estaba demasiado cómodo con la situación.

Quizá era el momento de probar con la sauna y el hidromasaje. Salimos del agua y nos dirigimos hacia allí. Y apareció el drama, de sopetón, como quien te da un susto por la espalda en una calle oscura con la ínfima luz que proporciona la luna en esas noches que no le da la gana brillar demasiado. A ver, cómo explicarlo. La sauna era una especie de orgía, pero sin roces. El espacio debería tener unos diez metros cuadrados y allí dentro había aproximadamente veinte cuerpos masculinos espatarrados. Los diez restantes estaban en el hidromasaje, que abarcaba un espacio aún más minúsculo. Algunas poses me parecieron hasta exageradas para hacerlas delante de tu mujer cuando ya llevas treinta años de matrimonio. Uno de ellos se dejaba llevar por el sudor provocado por el calor extenuante y estaba estirado en uno de los bancos de madera, dejando apoyados sus huevos encima de él y mostrando ante todos los paseantes –las paredes de la sauna eran transparentes– sus partes más íntimas que incluían los pelos que salían felices del interior de sus nalgas.

Entonces apartamos la idea de entrar en la sauna o en el hidromasaje prácticamente sin necesidad de abrir nuestras bocas para informar al otro. Como si nunca hubiese existido tal idea. Nos dirigimos sin pestañear al lado opuesto de la piscina respecto al que habíamos entrado para hacer nuestros dos largos y volvimos a zambullirnos en el agua, que aún seguía fresquita como el pescado que acaba de llegar al mercado. Allí nos dimos cuenta que había una socorrista, que se encontraba en la veintena, seguro. En ese momento leía. Quizá estudiaba para los exámenes de la universidad, quién sabe. Expliqué a mi acompañante que me sorprendía que hubiesen elegido a una chica para hacer ese trabajo en un espacio bañado –nunca mejor dicho– de cuerpos masculinos desnudos. Mi amiga me hizo ver que por eso seguramente se había colocado en la parte opuesta de la piscina respecto donde se salía de los vestuarios y se encontraban la sauna y el hidromasaje y los treinta tipos.

A veces las expectativas se derrumban como un castillo de arena que es asolado por una ola en la playa. Nosotros imaginábamos, incautos de juventud, que allí habría un ambiente woodstockiano. Vamos, cuerpos jóvenes disfrutando de nuevas experiencias en un ambiente para nada intimidante. Pero sí, de ilusiones se vive, ya lo dice la sabiduría popular. Hasta nos hubiésemos conformado con familias nudistas que deciden ir a la piscina como plan de fin de semana. Mi amiga soltó que quizá, el domingo por la tarde –el otro intervalo de tiempo en el que las Piscines Picornell son nudistas–, con el calor del sol, se animarían a venir y el ambiente sería diferente. Yo le respondí que conmigo no contara.

Charlamos un rato dentro del agua y ya no nadamos más –como si lo que hubiésemos hecho antes se hubiese podido considerar nadar–. Hablamos de la vida, básicamente. Pero nuestra temperatura se enfriaba y nuestros cuerpos ya sentían escalofríos porque el frío del agua empezaba a echarse una siesta en nuestras entrañas. Yo, a mi manera, hacía tiempo para ver si con un poco de suerte los individuos iban deambulando hacia el vestuario y así cuando fuésemos nosotros estuviese prácticamente deshabitado. Las luces del concierto de Lady Gaga aún retumbaban en las paredes.

Entramos al vestuario. Ni muchos ni pocos, pero habían. Donde abundaban era en las duchas. Le prohibí a mi amiga, evidentemente, que se duchara, aunque ella ya había llegado a esa conclusión mucho tiempo antes. Las mujeres siempre piensan más rápido. Yo tampoco me ducharía. Pero ya íbamos desnudos, así que tampoco solucionamos demasiado. Un tipo que podría ser el nuevo compañero de piso en ‘The Big Bang Theory’ empezó a observar a mi amiga. Llevaba gafas, poseía una piel blanquecina como la nata y un cuerpo flacucho. Una toalla tapaba su pene.

El chico disimulaba mal. Como se disimula cuando se tiene una bella chica desnuda delante. Ella se tapaba también con una toalla. Primero se puso el sujetador para cubrirse solo de cintura para abajo con el objeto que normalmente sirve para secarse. Así, sutilmente, también podría ponerse su elegante tanga azul de lencería. Parecía que la peor parte ya había sucedido, pero no. Con ella en ropa interior y sus dos nalgas asomando, al tipo aún le costaba más no desviar la mirada hacia el culo de ella. De estas vivencias de vestuario yo me enteré más tarde, despistado de nacimiento, cuando mi amiga me lo contó de camino a casa. Así que me alegró sobremanera ver que los tejanos ya le tapaban sus piernas y que un jersey hacía lo mismo con su tronco. Nudismo errado.

Fotografía: Alesa Dam ©

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Periodista freelance. Es decir, ya se entiende. Me gusta tener gastada la suela de los zapatos. Suele ser sinónimo de haber encontrado grandes historias.

2 Comentarios

  1. Un relato muy malo. Si no te gusta la piscina, te vas. Es como si fuera a un restaurante y me pusiera a describir lo malo que son los platos y el servicio. Pérdida de tiempo. Muy básico la verdad y poco acertado.

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