El patriarcado, el lenguaje y las mujeres invisibles

El patriarcado, el lenguaje y las mujeres invisibles

«[…] Cien repeticiones tres veces por semana, durante cuatro años –pensó Bernard Marx, que era especialista en hipnopedia-. Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones crean una verdad. ¡Idiotas! […]». Siempre que surge un debate sobre el poder de la palabra recuerdo este breve fragmento del libro ‘Un mundo feliz’ de Aldoux Huxley.

El lenguaje es todo nuestro mundo cultural e institucional. Gracias a esto somos capaces de crear diversas realidades, entre ellas, realidades institucionales. Por ejemplo, podemos declarar guerras y proclamar la paz, también escribimos, leemos, aprendemos y enseñamos. Tiene que ver con todo aquello que está relacionado con nuestra forma de comportarnos ya que cuando lo utilizamos, estamos manifestando de qué manera nos posicionamos en el mundo. Podemos definir al lenguaje como constituyente de todo tipo de realidad puesto que cualquier acercamiento a la realidad será dado a través del lenguaje.

Conociendo el poder de la palabra y, por tanto, el de la comunicación y el lenguaje, en cada uno/a de nosotros/as como personas, ¿qué poder ejercerá y qué realidades sociales será capaz de construir si la sociedad no es otra cosa que el conjunto de personas que la conformamos?

En este artículo, voy a reflexionar sobre tres puntos. En primer lugar sobre la afirmación: «lo que no se nombra no existe y lo que se nombra construye realidades». En segundo lugar sobre el género como construcción social, y por último, cómo el género es un mecanismo de desigualdad, discriminación y violencias.

María S. Marín Barranco afirma en su artículo ‘El mundo en femenino‘ para Pikara Magazine: «Uno de los argumentos más simples —por no decir tontos— y más utilizados es que esto siempre ha sido así».

Me valdré de la filosofía posmodernista, que también se ocupó del significado del lenguaje y algunos de los problemas que derivan del mismo, para invalidar discursos pobres como el «esto siempre ha sido así» al que antes hacía referencia.

El posmodernismo nos considera como seres fragmentados a muchos niveles. Uno de los niveles de fragmentación más importantes y de mayor repercusión en nuestra sociedad contemporánea es la fragmentación histórica, que nos lleva a ser sujetos conservadores que no contemplan la alternativa. La historia no es objetiva, pues se basa en interpretaciones. La confusión histórica es causada por el desconocimiento o por la pérdida del referente histórico, implicando la pérdida de visión a la hora de definir la evolución histórica y, a su vez, la pérdida semiótica de la posibilidad de establecer una relación causal con lo que , finalmente, se produce una pérdida de la capacidad de alternativa. El hecho de desconocer las causas conlleva al desconocimiento de la posibilidad de alternativa, que es precisamente necesaria para que el cambio sea posible.

No hay capacidad de abstracción en la visión inmovilista de la sociedad pero hay un conocimiento histórico que da una idea de evolución . En el sentido descriptivo, nos basamos en un léxico machista, hecho desde, para y por el género masculino con la intención (y digo intención pues no es fruto de la casualidad) de invisibilizar y relegar a segundo plano y a un puesto sumiso e inactivo a la mujer como parte de la sociedad. El camino para llegar hasta este lenguaje masculinizado y, por ende, machista, se encuentra perdido, para causar desconocimiento y que así creamos que surgió espontáneamente. De este modo, nos creemos que no existe un antes y un después, es decir, no hay nada más, por lo que quedamos sin la alternativa y así, sin capacidad de crítica, lo que imposibilita el cambio.

Con algo de intención que pongamos en la búsqueda de referentes y así poder enmarcar al lenguaje inclusivo y no sexista como algo, no sólo posible, sino necesario, encontramos varias alusiones. Según recoge Sara Lovera respecto de la lengua francesa en su artículo ‘La lengua vehículo del pensamiento’: «En la Edad Media, la forma masculina no se consideraba suficiente para dirigirse a hombres y mujeres en los discursos pregonados en las plazas públicas. Se decía iceux et icelles (aquellos y aquellas) así como tuit et toutes (todos y todas). Se podía decir mairesse (alcaldesa) en el siglo XIII; commandante en chef (comandanta) e inventeuse (inventora) en el siglo XV; lieutenante (tenienta) en el siglo XVI; chirurgienne (cirujana) en 1759. Sin embargo, la jerarquía que hoy se discute por el uso del género masculino para designar a las personas de ambos sexos se remonta al siglo XVII, cuando en 1647 el gramático francés Vaugelas declara que la forma masculina tiene preponderancia sobre la femenina, por ser más noble. La elección del masculino, recomendada por este gramático ni era una decisión neutral ni pretendía serlo».

El lenguaje no es inocente. Durante años, la mujer ha estado recluida en el hogar, y el lenguaje no la incluía porque no estaba en la vida pública. Ahora es diferente, y se necesitan nuevas palabras para las nuevas realidades. Vemos como el patriarcado se ha ido filtrando en el lenguaje hasta hacernos invisibles, y lo que es peor, hasta que lo interiorizamos y vemos normal ocultarnos a nosotras mismas y llamarnos en masculino haciéndonos ausentes. Julia López Giráldez afirma: «La enseñanza / aprendizaje de la lengua es un proceso de doma mediante el cual las mujeres / niñas aprendemos a no ser nombradas y a expresar esta ausencia de sí mismas con naturalidad, reprimiendo las preguntas sobre la pertinencia de este hecho (no estar)».

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Por tanto el lenguaje inclusivo no es sólo una A o una O. Es una forma de posicionarse contra el machismo, pues, como diría la escritora chilena Marcela Serrano, «el día en que el hombre se apoderó del lenguaje, se apoderó de la historia y de la vida. Y al hacerlo nos silenció. Yo diría que la gran revolución del siglo XXI es que las mujeres recuperemos la voz».

Como ya he dicho, el lenguaje es la principal forma de comunicación. Con él transmitimos pensamientos, sentimientos e ideas. Pero no sólo sirve para comunicar. También reproduce y transmite estereotipos. El concepto de estereotipo se refiere a un molde, una categoría o un prejuicio mental. Es el prejuicio hacia las claves interpretativas que nos acercan a la realidad, no deja de ser una interpretación sesgada sobre ésta, dicho de otro modo, es la carga emocional de los significados.

La reproducción de estereotipos ayuda en la continuidad de las desigualdades. Debemos tener en cuenta aquí que el lenguaje no solo es oral o escrito, también las imágenes comunican, es decir, también dicen cosas y, por lo tanto, también perpetúan dichos cánones. Estas ideas e imágenes se transmiten como la única realidad, ignorando que existe heterogeneidad en ambos géneros y así, anulando la individualidad y capacidad de ser y expresarse a través de distintas realidades, simplificando las diversas maneras de estar en el mundo.

La consecuencia más directa que sufrimos como personas con el uso de estos patrones es la invisibilización de todo aquello que no representan y, por lo tanto, lo estigmatizan, lo convierten en una anomalía. Lo que se ve está normalizado, lo que no se ve produce rechazo (por ejemplo las imágenes de los anuncios de productos de depilación donde aparecen las piernas sin ningún pelo). También pueden hacer todo lo contrario y normalizar, a través de la representación, aspectos que no son positivos para las personas (excesiva delgadez, imágenes violentas…)

Es tan difícil escapar a los estereotipos que llegamos a interiorizarlos hasta el punto de valorarnos en función de esa imagen simplificada que para nada nos representa y somos capaces de hacer cualquier cosa para dejar de ser quienes somos con tal de parecernos al estereotipo por nuestro miedo a no pertenecer al grupo. Dice Yolanda Domínguez en su charla TEDxMadrid ‘Revelando estereotipos que no nos representan’: «Cuando tenemos miedos y complejos somos absolutamente manipulables, perdemos el control».

Otro de los motivos de crítica al biologismo se debe a que éste rechaza las posibilidades de cambio realizando afirmaciones como que todas las mujeres tenemos instinto maternal o que los hombres son agresivos y dominantes por naturaleza.

Ya hemos visto el papel crucial de los estereotipos en nuestra sociedad como transmisores y reproductores de desigualdades pero no queda ahí la importancia de éstos. Los seres humanos no somos como el resto de animales ya que nuestra construcción como seres no se basa solo en nuestra programación genética. A pesar de que el biologismo afirme que la identidad de género está determinada por la biología, sabemos que las personas pasamos por un largo período de aprendizaje en el que nos configuramos como individuos a través de la imitación, es decir, necesitamos referentes con los que sentirnos identificados o identificadas y así crear nuestra identidad, a través de las categorías sociales que tenemos al alcance y también de esos estereotipos de los que tanto hemos hablado. Así, podemos afirmar que la identidad no es innata, sino que se construye a través de prácticas sociales. Otro de los motivos de crítica al biologismo se debe a que éste rechaza las posibilidades de cambio realizando afirmaciones como que todas las mujeres tenemos instinto maternal o que los hombres son agresivos y dominantes por naturaleza. Estas explicaciones, además de recordarnos mucho a la fragmentación histórica que fue mencionada con anterioridad en relación al lenguaje, hacen que no reconozcan la responsabilidad que tienen en el mantenimiento de las diferencias, desigualdades y violencias de género. Si nuestra identidad de género estuviera determinada genéticamente no podríamos explicar cómo es que en otras culturas existe un tercer género desde hace siglos o cómo es posible que en dos o tres generaciones las expectativas sobre lo que debe ser / hacer una mujer o un hombre haya cambiado tanto.

En resumen, el hecho de creer que el lenguaje no tiene suficiente importancia como para tenerlo en cuenta o que tiene demasiada importancia como para aceptar su cambio y transformación necesarias para adaptarse a los nuevos tiempos y ser más veraz y, por tanto, más útil o el acto de reproducir estereotipos de género continuando así visiones sesgadas de la realidad o tener una visión absolutamente biologista acerca de la identidad sexual ayudan a la perpetuación de las desigualdades y las violencias de género ya que imposibilitan a las personas la libre configuración como individuos con capacidad de elección sobre las distintas maneras de sentir, de expresarse y de ver la vida.

Entiendo que los grandes cambios producen grandes miedos, sobre todo a aquellas personas que están aferradas a un arquetipo antiguo que les aporta una falsa sensación de seguridad y se amparan en que es su forma de verlo, pero he de decir que hay quienes declaran «respeta mi opinión» cuando esa «opinión» no respeta la existencia de otras personas. De hecho, primero los lingüistas no hicieron nada, tampoco los políticos, ni nadie, porque pensaron que cuatro locas no llegarían lejos y nadie las escucharía porque nadie las tomaría en serio. Más tarde comenzaron las represiones, según el tema abordado o el lugar o la época fueron (son) más radicales o más sutiles (desde el guillotinamiento de Olympe de Gouges hasta las últimas declaraciones de Pablo Casado sobre la ideología de género). Luego los discursos de expertos de todo tipo (biólogos, sociólogos, antropólogos, lingüistas…) intentando invalidar el discurso feminista y sus recursos para hacer de la igualdad un hecho y no sólo un derecho.

Con el tiempo se va demostrando que avanzamos, que teníamos, que tenemos razón, a todas las que llamaron locas hace años, actualmente, se las reconoce por su trabajo y lucha y muchas de sus reivindicaciones son hoy día realidades sociales. En el presente nos valemos de expertas en todas las áreas (y también muchos expertos) que pueden contar la verdad que vivimos el otro 50 por ciento de la población. Por suerte somos muchas las que estamos aprendiendo cada día a ser mejores feministas y las que tenemos la determinación de seguir avanzando hasta que la igualdad sea una realidad absoluta. Siguen existiendo los que que nos quieren invalidar, los que nos ridiculizan, tachan de histéricas, exageradas… Recuerdo una frase de la genial Rosa María Calaf que decía: «En los países en vías de desarrollo a las mujeres las tratan de convencer de que no pueden hacer nada para cambiar su situación. El riesgo que tenemos las mujeres que vivimos en entornos en los que hemos avanzado mucho, es creer que no hay nada más que hacer. Queda mucho y hay que estar muy alerta». Estamos alerta, estamos más formadas que nunca y más preparadas que nunca. El cambio será, es más, está siendo. Podrán ponernos más barreras, tardaremos más o menos, las mujeres seremos más o menos castigadas, pero la igualdad será y todas aquellas fuerzas detractoras del feminismo y aliadas con el patriarcado, incluyendo al lenguaje que nos invisibiliza y se empeña en relegarnos a un segundo y pasivo plano, irán cayendo una tras otra como piezas de dominó y estaremos las que estemos, pero alguna de nosotras llegará a verlo y será la victoria de todas.

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