El momento preciso

Explícame por qué tengo que encogerme y viajar hecha un ovillito en el asiento del Metro, del autobús, del tren, mientras que tú, que pareces llevar testículos de cristal –o tenerlos en carne viva, no sé–, abres tus piernas en ángulo obtuso.

Explícame por qué legislas tú sobre mi cuerpo; tú, que no tienes ovarios, que no parirás, que no amamantarás por mucho que te lo propongas.

Quisiera saber por qué mi inserción en el mundo laboral está tan llena de trabas, desventajas por tener útero y condicionales.

Explícame por qué debo sentir miedo y apretar el paso cuando salgo a la calle, vigilando cada esquina con el rabillo del ojo, especialmente si voy sola y es tarde. Por qué dices que soy una exagerada, que sólo me pasará algo si voy buscando el peligro, que esas cosas sólo pasan en barrios marginales.

Quisiera saber por qué la violación se puede justificar por la ropa que se lleve o por lo buena que una esté. Por qué coño no termina de entrarle a la humanidad la instrucción básica de que un «no» por respuesta es un «no».

Y por qué las madres dicen a sus hijas cuando salen «Ten cuidado» y a sus hijos «Que te diviertas». Por qué con la educación equivocada vamos entendiendo el mundo en términos de amenaza.

Hazme un croquis para que entienda la ablación y la prueba del pañuelo.

O por qué somos objetos, por qué la publicidad nos cosifica. Por qué nos usan para llenar bares. Por qué hay gente que no se cree que hay quien rechaza esas técnicas burdas, que tú realmente pagarías lo mismo que un colega por entrar a un bar, que es lo que te parece legítimo.

Por qué el humor sigue siendo de hombres. Por qué, al reconocerte feminista, te bombardean con chistes de sobacos peludos, gatos, lesbianas y frigidez.

Por qué hacer topless es querer provocar y por qué, si eres gamer, tienes que jugar en lencería fina, con rímel y en posturas seductoras. Por qué un pezón (femenino) hace que el Gran Hermano de la moral mediática se rasgue las vestiduras o que Facebook te suspenda una cuenta.

Por qué hay gente que llama radical y extremista al feminismo. Por qué te llaman a ti conspiranoica y feminazi. Por qué hay que repetir cada día que eres una criatura pacífica que no quiere rebanarle el pene a nadie.

O dime quién demonios esparció la estúpida idea que las mujeres competimos por los hombres y por qué debería creérmelo.

Por qué hay que estar buena. En serio, explícame por qué tenemos que caber en las tallas de Zara y Mango y por qué quienes no lo consigan son unas gordas deformes. Por qué debemos escondernos en eufemismos cada vez más irritantes: ser “fuertecita”, estar “en esos días” y demás ejemplos de condescendencia.

Explícame.

Y cuando termines de explicarme todas estas cosas que no entiendo, que no he logrado entender, que nadie ha sabido explicarme, yo te contaré por qué me apunté, por ejemplo, a aquel curso de autodefensa. Que, por cierto, era autodefensa para mujeres –en base a la ridícula posibilidad de defenderse con un bolso o un paraguas–: los hombres no lo van a necesitar nunca. Ya se sabe.

Por qué me compré un espray de pimienta. Por qué he temido tanto tiempo una agresión y que además la justicia no estuviese después de mi parte, porque la cantidad de denuncias falsas por violencia de género es abrumadora. Ya se sabe.

Yo te enumeraré las esteticistas que me han quitado pelos del cuerpo y las dietas por las que he pasado: la del pomelo, la de la alcachofa, la de matarse de hambre. Por qué soporté a tanto machirulo, tanta dominación sutil disfrazada de afecto. Porque si no quieres morir sola hay que ceder, hay que cuidarse, hay que gustar, hay que callar, hay que hacerse un poquito la tonta de vez en cuando. Ya se sabe.

Yo te explicaré cómo el discurso de la culpa va calando, y por qué no es bueno sentirse culpable, mala o víctima por no encajar, por no tener el cuerpo que te venden que debes tener, por atreverte a poner fin a relación destructiva o a circunstancias tormentosas, por no consentir que te griten, que abusen de ti, que te traten como a un ser inferior, que te etiqueten, que te arrebaten libertades. En definitiva, por decidir y posicionarte.

Te lo explicaré, y no pretendo marcarme un mansplaining a la inversa. Al contrario: todo se reduce a algo tan simple como un momento. Ese momento de tu vida en que apartas el miedo, empiezas a cuestionar y dejas de querer agradar.

Cuando reconoces naturalmente, en las demás mujeres, a tus compañeras. Cuando te sabes parte de una lucha sin violencia, definitoria, progresista. Cuando aceptas sin reservas lo que el espejo te devuelve. Cuando aprendes a hacerle –cada vez con más salero, cada vez más espontáneamente, perfeccionando el estilo– la peineta al machirulo que te grita por la calle o te manda a fregar. Cuando encuentras cada vez más placer y admiración en lo no normativo. Cuando te niegas a perpetuar prejuicios y estereotipos, cuando haces lo que te gusta, cuando le das una patada en el estómago a lo que se espera de ti y, con ello, consigues reafirmar tu identidad por encima de tu tu género y tu sexo.

Y a partir de ahí, dejas de existir: a partir de ahí vives.

Fotografía: gaelx ©

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