Descanso dominical

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Los domingos suelen ser días de recogimiento. Por eso se marcan en rojo en los calendarios. Después de toda una semana de trabajo y un sábado de fiesta, deporte o niños —cada cual sabe qué vela aguanta—, la llegada del Día del Señor debería ser una oportunidad para recargar pilas, cultivarse a uno mismo y despejar.

Sin embargo, llegan las primeras horas de ese día y pese a que has decidido que irás a por el periódico para leerlo tranquilamente en una terraza del bar más cercano, miras el teléfono móvil y alguien te ha escrito. Que hay que resolver un asunto y que en media hora pasan a buscarte en coche.

Resoplas. ¿En serio? ¿Hoy, domingo? Tomas el café en dos sorbos, te marchas y llegando a casa recuerdas que te has dejado el periódico en la mesa del bar. Da igual. Subes y la llamada al timbre te pilla con los pantalones tejanos a medio subir. Maldices de tres formas diferentes en apenas medio segundo, respondes al interfono y en dos minutos ya estás metido en el coche. No has desayunado nada, y sigues con legañas, la boca pastosa pese al café y un floreciente dolor de cabeza. El horizonte más cercano empieza a dar bajona.

¿Qué puede requerir de tu presencia un domingo por la mañana, previo rapto y sin apenas dar explicaciones? Exacto, una mudanza. 40 minutos después de despertar estás subiendo y bajando escaleras hasta un tercer piso, cargando con cajas, moviendo muebles a cada cual más pesado y sudando en pleno mes de noviembre, en un día nublado y con 12 grados de incipiente invierno. Mientras, de nuevo, vomitas toda una retahíla de insultos y maldiciones varias, caes en la cuenta que probablemente has sido el único pringado que ha respondido al mensaje de WhatsApp; como eres un despistado, todos sabían que hoy había mudanza menos tú. ¿Una pizca de karma, tal vez? Nada, en realidad es consecuencia de ser despistado. Pero eso no evita que te joda igual.

Llega el mediodía y has estado a punto un par de veces de pegarle un bocado a la esquina de la mesita de noche que acabas de bajar. ¿Cuánto queda? «Apenas un par de cosas», te dice el anfitrión del piso que se está vaciando. Efectivamente, son sólo dos cosas: la cama de 2×2 metros y el armario en el que cabe un equipo de fútbol americano. A esas alturas el tercero en discordia de ese improvisado trío que conformabais ha desaparecido por arte de magia, así que entre dos os las apañais para bajar los mamotretos. Casi 40 minutos más de esfuerzo, dolor de espalda y soplidos vacunos.

La pesadilla termina y el estómago está a punto de devorarte por dentro. Lleva media hora amenazando con esa acción caníbal. La situación tenía visos de convertirse en una cruel tortura, pero ha parado a tiempo. El anfitrión te da las gracias y te promete una cerveza próximamente. Nunca sucederá, lo sabes y te resignas sin más.

Llegas al piso después de volver en transporte público —el amigo que te ha traído en coche, el desaparecido, seguramente esté ya en el extranjero— y echas mano de lo primero que encuentras en la nevera; sólo quieres tapar el agujero en la tripa. Una mezcla de sobras de arroz y carne sirven para taparlo. Son las cuatro de la tarde y sin darte cuenta caes dormido, de esa manera en la que te pesa todo el cuerpo y la cabeza no sabe dónde ni cuándo está. La mudanza te ha dejado agotado y no puedes remediarlo. Al despertar son las nueve de la noche.

Domingo, nueve de la noche. Has despertado, sin contar la siesta, hace más de doce horas. El tan ansiado día de descanso se salda con una sobrecarga en la zona lumbar y la sensación de haber desperdiciado un pedazo de vida. Ni siquiera la siesta te ha sentado bien. El recogimiento no ha existido, has corroborado que las mudanzas son lo peor del mundo moderno, una vez más.

Al menos, tienes material para escribir un artículo. Pero, pensándolo bien, lo dejarás para el lunes. Es domingo y, aunque sea, vas a descansar unos minutos.

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