De adentro hacia fuera

De adentro hacia fuera

Sin darnos cuenta nos hemos plantado ante las últimas seis semanas del año, apenas mes y medio para dar cuenta de este 2018.  No tardaremos en vernos saturados de artículos, resúmenes, anuarios y todo tipo de contenido en los medios que harán una recapitulación —a veces extensa, otras veces de forma muy esquemática— de 365 días en los que hemos vivido el segundo año de mandato de Trump, un nuevo Mundial de fútbol, más cachondeo en la política española, el fenómeno Rosalía… y un largo etcétera.

Entre tantos datos, fechas y futuras efemérides históricas estamos nosotros, los mindundis, los de baja estofa, los ciudadanos de a pie, los que no surfeamos las olas de la historia, sino que intentamos sacar la cabeza entre ellas para lograr tomar una bocanada de aire. En una vida y una sociedad que se ha vuelto más líquida que nunca —que gran razón tenía Zygmut Bauman—, pisar suelo firme se ha convertido en toda una utopía: no queda más remedio que aprender a movernos entre tantos cambios, a maximizar nuestra capacidad de adaptación y, sobre todo, a encontrar el positivismo en los escasos rescoldos que una rutina esquizofrénica nos permite.

2018 ha sido la constatación, una vez más, de la celeridad de nuestros tiempos: como si de pollos sin cabeza se tratara, los acontecimientos se superponen de tal manera que nuestro cerebro termina por mezclar la realidad en nuestra memoria, que se satura hasta límites que hoy en día desconocíamos. Lo bueno en realidad no lo era tanto, lo malo tampoco, pero lo recordaremos de manera equivocada.

Hay estudios científicos que afirman que nuestros recuerdos jamás se almacenan de forma fiel —recuerdo que algo así le escuché decir en una ocasión, años atrás, a Eduard Punset en su programa ‘Redes’—, y que el pasado tiende a estar ligeramente modificado en nuestro cerebro; las fake news ya las creamos nosotros mismos. ¿Cómo no van a existir de forma colectiva?

Frente a la ola de pensamiento que afirma que vivimos peor que hace 30  años, existe otra que lo niega por completo y asegura que la sociedad no hace otra cosa que avanzar inexorablemente hacia adelante. ¿Cuál de las versiones creerse? ¿En términos medios estamos mejor, pero la desigualdad es más acusada? Algo hay que es impepinable: los ricos son más ricos que hace 50 años; los pobres, igual de pobres.

Pero basta de negatividad. Se acerca la Navidad y debemos poner buena cara, hacer más poderoso y omnipresente a Jeff Bezos —dueño de Amazon— y escribir nuestra lista de propósitos para 2019. Sí, esos que obedecen más a lo que nos gustaría ser y jamás nos atreveremos a hacer realidad. Esos que no cumpliremos.

Otros, en cambio, los podemos cumplir, como intentar buscar la belleza del detalle pequeño, de la arista de un día cualquiera que pudiera parecer anodino. Aunque suene a manual de autoayuda, tenemos que cultivar nuestra periferia, cuidar lo que tenemos más a mano y olvidarnos a veces del ruido que hay más allá. Porque pese a que el mundo es un lugar que muchas veces se nos presenta hostil, injusto y duro, no debemos rendirnos.

Podemos buscar nuestro bienestar, trabajando en las pequeñas cosas que nos darán acceso a otras cada vez mayores. Si a mitad de camino encontramos nuestro sitio, podemos quedarnos todo el tiempo que estemos a gusto. Y por una vez podemos centrarnos en el aquí y el ahora. No darle la espalda al mundo, pero tampoco ofrecerle nuestra mejilla una y otra vez. Si tenemos nuestro jardín bien cuidado, podemos pasar a preocuparnos por el barrio. De adentro hacia afuera.

De adentro hacia afuera: así debería ser siempre. Así podría ser vuestro 2019.

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