Comentar ya es baladí

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Confieso que muchas veces pierdo más tiempo del que sería recomendable navegando por Internet. No me escondo, es necesario admitirlo del mismo modo que se debería dejar de decir que se ven los documentales de La2. O que nadie vota al PP. Nadie se lo cree ya.

Así pues, empleo parte de mi ocio navegando por las redes. Tal vez lo reprochable no sea la cantidad, sino la calidad de ese tiempo perdido. Uno puede pasar horas leyendo artículos de ciencia, de filosofía, arte, política… No es un déficit temporal real, se está ejercitando el pensamiento. Lo grave llega cuando, en mi caso, dejo vagar mi atención en un fenómeno que no por estar aceptado es menos intrigante: el de los comentarios.

Cuando no había Internet —y me consta que esa época existió de verdad— la gente hablaba cara a cara, ya fuera en el bar, en el autobús, en la cola del mercado o tras un encuentro casual por la calle. La autenticidad de los debates se establecía en base a la directa conexión con el interlocutor. Hoy en día esa cercanía física ha desaparecido por completo, y con ella el respeto —poco o nada, pero respeto al fin y al cabo—que se tenían ambos contendientes. Ese fair play no firmado pero presente explotó de la misma manera que lo hizo la hiperconectividad social. A la mierda las reglas no escritas de respeto, de exposición lógica de las ideas, de intentar aprender del que te rebate… a tomar por saco todo eso.

Ahora, en pleno auge y sobreexposición de la información, cualquier noticia, opinión o artículo es comentado en un número multiplicado por millares, por una cantidad de personas tan extraordinaria que sólo hoy en día se puede dar ese caso. Antes tal vez opinaba algún lector (si era un artículo), algún oyente (si estabas conversando con alguien) o, en mucho menor medida (casi de manera anecdótica), una persona desconocida. Ahora son estos últimos quienes despotrican sin parar.

Porque hacen eso, despotricar. De nuevo regresó a un sustantivo, una definición en su propia denominación, que he usado en otros artículos: el cuñado. A estas alturas ya sabemos lo que es, por lo que todos entendemos que si de algo está saturado Internet es de cuñados, que, como un virus, contaminan todo lo que leen (o a veces ni eso, pues sólo se quedan con el titular) y sueltan su dañina verborrea repleta de faltas de ortografía, de sentido común y de verdadero interés por un debate sano. Esa clase de persona suelta su bravata y cierra la puerta (en sentido figurado) sin dar opción a réplica, pues si lo hiciéramos estaríamos entrando en un bucle infinito del que no se podría salir.

Hay cuñados por todas partes, vomitando su estupidez en los foros, en las noticias, en los artículos, ¡hasta en Amazon! Lo comentan todo, con ese aire a «te suelto mi mierda y te doy una lección», perdonando vidas, que sólo contribuye a enrarecer un mundo (el virtual) que tiene tan potencial para lograr cosas maravillosas como para convertirse en el más infecto de los pozos. Y me da pena admitir que se está convirtiendo en lo segundo.

Basta que cualquiera dé una opinión correcta en las formas, aceptando poder estar equivocado o no, fomentando un sano debate… para que acudan hordas de trolls (la rama más infecta de los cuñados) a reventar cualquier atisbo de interacción sana entre los usuarios.

¿Cómo sobrevivir a este fenómeno? Tiene difícil solución, porque la estupidez tiene la virtud de ser mucho más rápida, atractiva (fomentada por la propia comunidad) y fácil que ejercitar mínimamente las neuronas de unos cerebros que, poco a poco, ven mermado su potencial conforme más tiempo se pierde en leer esos comentarios, que, pese a su gracia (algunos, una minoría), eclipsan otras facetas de un Internet que se ha convertido en la televisión del siglo XXI.

Por suerte, existen unos objetos en los que nadie puede interferir, molestar a quien los esté usando y que son inmunes a los cuñados.

Los libros. Esa mágica combinación, tan simple como efectiva, de unas páginas en blanco con letras impresas. Blanco sobre negro. No hay colorines, ni vídeos, ni audios, ni comentarios: sólo el libro y el lector. Como en los debates de antaño, dos protagonistas, un único canal de comunicación.

Porque sí, quiero decirlo: Reivindico la soledad como disfrute máximo. Es un pensamiento que nada tan a contracorriente de la sociedad que precisamente por ello sé que es lo más correcto. Todos deberíamos guardar una porción de tiempo para entrenar la soledad.

No me importa quién o qué digan en Internet sobre mi artículo. Cuando lo haya terminado regresaré a las páginas de libro que tengo al lado de mi mesa, esperándome.

Y nadie podrá molestarme.

Fotografía: Pop H ©

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