Ciencia y machismo en pleno siglo XXI

Hoy tenía preparado un tema completamente diferente, pero hace varios días llegó a mi correo una noticia que no podía dejar pasar. El título del correo incitaba a pensar que en realidad se trataba de algún tipo de broma, algo tipo Pitingo con El Mundo Today. «No puede ser» —pensé. Al abrir el enlace, ya vi que la noticia procedía del Washington Post. Y empecé a leer…

Tras un primer sentimiento de vergüenza y sensación de impotencia y medio asco (por no decir asco entero), dejé pasar unos días, esperando que algún medio español de los de “primera línea” (el entrecomillado es intencionado, por cierto) se hiciera eco de tal atrocidad. La noticia llegó a la red vía el twitter de la principal afectada, la Dra. Fiona Ingleby, de la Universidad de Sussex, el 29 de abril. Al día siguiente, el Washington Post ya había publicado la noticia en su edición digital. A día de hoy, ninguno de los “grandes” del periodismo español ha dicho aún ni media palabra al respecto.

El asunto es el siguiente: una revista científica de las consideradas de primer nivel ha sugerido, tras recibir un artículo dirigido por la Dra. Ingleby, que deberían incluir uno o dos co-autores masculinos en el estudio, cuya autoría original correspondía solamente a mujeres. Así tal como suena. Y sí, seguimos en 2015, no te has despertado en plena Edad Media.

Para que te familiarices con el proceso, publicar un artículo científico conlleva una serie de pasos, que son prácticamente los mismos independientemente de la revista científica de la que se trate. Las artículos científicos, antes de ser aceptados para su publicación, deben pasar lo que se denomina revisión por pares (de la expresión original en inglés peer review). Esto asegura (en teoría) la calidad de la investigación. El manuscrito original se envía a la revista, que tiene asignado un editor experto en el área de investigación correspondiente, que hace una primera valoración del artículo y, si lo considera adecuado y cubre un mínimo de calidad y originalidad, lo envía a la revisión, generalmente a dos o tres revisores (estos son los famosos pares), que envían de vuelta un informe que incluye la valoración y muchas veces sugerencias a los autores de cómo mejorar el estudio, antes de que sea finalmente publicado.

El proceso de revisión es anónimo. Sólo el editor sabe quienes son los revisores, pero permanecen desconocidos para el autor original cuando recibe las sugerencias. La elección de revisores no es casual, son científicos expertos en el área de conocimiento sobre la que versa el artículo, y no forman parte ni están en nómina de la revista en cuestión. Yo mismo he sido revisor varias veces. Tampoco es una obligación para el revisor: el editor contacta, pregunta si existe interés en revisar tal artículo y el revisor acepta o no. El paso final, una vez revisado, es enviar un informe al editor, el cual debe leer los informes de los revisores y tomar una decisión. Lo más normal, es hacer llegar al autor original la evaluación de cada revisor con los puntos débiles del artículo y sugerencias de cómo mejorarlo o incluso pidiendo más datos para el estudio, repito, de forma anónima para el autor.

Bueno, pues aquí mi sorpresa, cuando veo las lindezas que le suelta el, llamémosle “Revisor 1”, a la Dra. Ingleby. Incluyo una traducción textual del inglés, no añado ni omito nada (aquí pongo el enlace al artículo original del Washington Post, para los que prefieran la versión original):

«Sería beneficioso incluir uno o dos biólogos (hombres) para trabajar en el estudio, o al menos que hubiesen revisado este estudio primero, pero preferiblemente que aparezcan como co-autores del mismo».

No contento con eso, sigue comentando, tan tranquilamente (ojo a esto, que es de traca):

«Quizá no sea tan sorprendente el hecho de que los estudiantes de doctorado masculinos tengan, de media, una publicación más al final de sus estudios que las mujeres, igualmente que pueden correr una milla más rápido que sus colegas femeninas».

Pero cuidado, que aquí no acaba la cosa. Yo ya tengo arcadas. Pero sigo:

«Otra explicación puede ser que, de media, los hombres publican en mejores revistas que las mujeres, posiblemente porque sus artículos son de mejor calidad. También podría ser porque, de media, los hombres trabajen más horas que las mujeres, debido a que presentan ligeramente mejor salud y aguante».

Toma ya. Después de escirbir esto, posiblemente soltó un eructo, se rascó el culo y tomó un bocado de su tabaco de mascar.

Ahora viene la reflexión: el tipo da asco y es un imbécil de categoría. Nos hemos dado cuenta todos. Pero, ¿cómo cojones el editor, ante semejante barbaridad, permite que ese revisor continúe en el proceso y envía semejante revisión a las autoras del estudio? La respuesta ya la sabes: otro que tal baila.

A día de hoy, el grupo editorial de la revista ha tomado medidas y ha apartado al editor y, como no podría ser de otra forma, eliminado al revisor de sus listas, además de disculparse con la Dra. Ingleby. Yo, sinceramente, pienso que es puro postureo, y que vamos cada vez a peor. Y esto no es mera casualidad, estoy seguro. Como hoy es domingo, y tienes tiempo, te propongo una tarea: busca información sobre cuántos rectores de universidad o directores de centros de investigación son mujeres. Pero no sólo en España, que dirás que somos unos atrasados. Busca en Europa. Busca en el mundo. Mira cuántas mujeres son editores en jefe de revistas científicas. Te vas a sorprender. O quizá no… Yo espero, mantengo la esperanza, de que sí.

bluebird Comunicación
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