Cereales

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Resulta difícil encontrar entre tanta polémica, noticia falsa, rumor y mentiras, algo que realmente merezca la pena ser explicado. La sensación de estar viviendo un caos controlado desde alguna parte adquiere más validez a medida que los tiempos se aceleran. Nos hacemos mayores, a algunos nos peinan las primeras canas en el poco cabello que ha sobrevivido a la veintena; nuestra predisposición a perder el tiempo en asuntos que no interesan crece del mismo modo que lo hacen nuestros dolores articulares y esa percepción de que algo se nos está escapando.

Por ejemplo, hace pocos días fui a un local en Barcelona que es famoso por servir cereales. Está especializado en ello. Un acto que muchas personas hacen nada más levantarse, mientras todavía terminan de despertarse y en su cabeza se mezcla la pereza, el sueño y la negatividad de afrontar otro día más de esa inmensa rutina llamada vida. Desayunar cereales se ha convertido en algo mecánico, en un acto de mera supervivencia que es la antesala de otro pequeño acto, y otro, y otro…

Pero yo estaba tomándolos por placer, porque quería disfrutarlos. En el mismísimo centro de la ciudad, no muy lejos de Plaza Catalunya, observando por el cristal el ir y venir de gente ajetreada. Eran las seis y algo de la tarde, los niños salían de las actividades extraescolares y los padres de sus trabajos. Yo no tenía esa prisa, estaba con mi tazón de leche frente a mí. Rompí el muro y me senté en el césped a dejar pasar el tiempo sin más, tomando cereales y charlando en buena compañía.

Es lo que nos falta hoy en día, parar. Escuchar. Hablar. Muchas veces porque no podemos, pero otras porque no queremos, porque nos parece algo inútil, insustancial. Y es la esencia de todo; incluso la sociedad que sufrimos ahora tiene sus cimientos en los momentos de pausa y sosiego.

No es la primera vez que escribo sobre ello, pero no puedo dejar de hacerlo cuando compruebo día tras día que estamos perdiendo la capacidad de empatizar con nuestro presente, de comportarnos como personas que interactúan con el tiempo en lugar de ir a lomos de él, descontrolados y a su merced. Todo sucede muy rápido, al mismo tiempo: nuestra propia existencia parece superponer unos momentos por encima de otros, de tal modo que a veces no recordamos con facilidad el qué ni el cómo de nuestros propios recuerdos.

Tal vez sea yo, que me estoy haciendo mayor y todo parece ir más deprisa. Pero mi mente me pide bocanadas de espacio, de un lento fluir del tiempo; echar el freno para no descarrilar, o lo que es peor, no darse cuenta siquiera de estar descarrilando. ¿Cuántas veces nos tumbamos en la cama y simplemente observamos el techo? No me sirve quien lo explica por Twitter, pues ya está ocupando su tiempo en estar presente en redes sociales, aunque sea alardeando de lo antisocial que es. No funciona así.

¿Dais paseos por el mero hecho de andar? ¿Observáis por encima de vuestras cabezas cuando os movéis por la ciudad? De manera inconsciente tal vez, pero eso sucede pocas veces. La voluntad de querer aflojar el ritmo es hoy en día actuar a contracorriente, un acto rebelde que puede no gustar a muchas personas, inmersas en la fiebre de ser relevante en un mundo que no le hace caso. La paradoja del millennial.

Pero ese miércoles planté los pies bajo tierra y no me moví. Los cereales me ayudaron a recuperar el peso de mi cuerpo, a sentir la gravedad atrayéndome al centro del planeta. Sólo comiendo trigo inflado azucarado, en leche semidesnatada bien fría.

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