Cagawrite

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, y no porque la noche esté estrellada y tiriten, azules, los astros,  a lo lejos… Y es que llevo unos días de auténtico desencanto y amargura.

Mi taza me quiso, y yo también la quise, como no haber amado su sonrisa mañanera al verme abrir la puerta del baño.

Después de desprenderme de uno de mis secretos mejor guardados, de sacar a la luz la esencia de mis cagadas, la gente ya no me mira igual por la calle, y yo tenía un nombre. Ahora imagino que me imaginan allí, sentado en mi preciosa taza blanca, con el portátil apoyado en mi regazo, esperando que acaricie sus teclas y todo fluya como antes de Murray.  Nada más lejos de la realidad.

Ahora mi hija me hace preguntas incómodas que no me hacía antes, sobre géneros literarios y remedios contra el estreñimiento, y me persigue hasta el baño, luego me abandona moviendo la cabeza de un lado a otro. Todos sus amigos conocen ahora de dónde proviene la admiración por su padre. Si tardo mucho en ensuciar alguna página, aporrea con fuerza la puerta del baño para asegurarse de que sigo trabajando y no he caído en la desidia.

Yo antes recorría con marcialidad el pasillo hasta llegar a mi santuario, ahora voy arrastrando las zapatillas de paño, como preso que espera su garrote vil.

Yo soñaba con crear un nuevo género literario, cagawrite, aunque, también es verdad, que todo está ya inventado y muchos de los que se llaman escritores ya lo llevan practicando con bastante éxito, por lo tanto no sería tampoco muy novedoso.

Lo que más me tiene hundido son los ojos de mi Chaplin. En la pared de mi baño, frente a mi preciosa taza, allí está él, dicen que es un trozo de adhesivo en los azulejos azules de mi pequeña oficina,  con su mascota, su bastón y su bigotillo guasón. Pero él sabe que para mí es mucho más que Pinocho para Gepetto, un simple muñeco, sin alma, maleducado y travieso. Mi Chaplin son sus ojos, se le solían iluminar cuando los míos soltaban lágrimas apretando para intentar soltar una nueva entrega, y ahora aparta su mirada de mí y de mi preciosa taza, como si estuviera celoso de Murraymag por haber descubierto su secreto, nuestro secreto.

 

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