[Tragos amargos] Los santos inocentes

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Dedicado a Sandra y Augustine, mis santos inocentes

Augustine siempre sonríe. Sandra también. Tienen el extraño influjo de las personas nacidas con una suerte de felicidad perenne. No son la misma persona, pero podrían serlo. Una de tantas con las que nos cruzamos sin mirarnos a los ojos. Una de tantas a quienes bajamos la mirada para no desvelar a primera vista nuestra tristeza y vacío existencial. Sus rostros dibujan facciones de profunda humanidad. Humanidad que nos empeñamos en ocultar en este mundo de enterradores de sueños. Mundo de fortalezas de granito, hormigón y cristal, edificadas sobre un cementerio de esperanzas. Esperanzas que conservan Augustine y Sandra, porque no permiten que queden enterradas en el vertedero de sueños de la urbe deshumanizada.

Los santos inocentes siempre llevan escrita la felicidad en su rostro. Es un semblante con cicatrices abiertas, con la marca de sangre de su larga travesía en el desierto. Marcas de una vida que intenta borrarles la sonrisa… En un mundo diseñado para demoler cualquier atisbo de ilusión, su mejor arma es no sucumbir a las órdenes de los de arriba. Siempre los de arriba: los enterradores de sueños. Corbatas grises que tecnocratizan nuestra existencia detrás de sus muros de cristal. Muros que levantan frente a nosotros para elevarlos en las alturas de la miseria. Miseria que mimetiza con sus rostros estirados y faltos de humanidad. El bótox del capitalismo les borra las arrugas, pero también las facciones, convirtiéndolos en muñecos ejecutores de desahucios vitales.

Al margen de este mundo de cristales tintados, Augustine y Sandra se mantienen firmes en su deseo de felicidad. No importa que llueva o luzca el sol. No importa que el frío congele su expresión o el calor inunde sus cuerpos de sudor, sus rostros iluminan día tras día la plaza gris que les da cobijo y en la que pasan las horas. Plaza en la que conviven rodeados de caras tristes. Caras grises de traje y cartón pluma. Un contraste fácilmente visible, incluso para quien no quiere ver. En el trasiego de la gran ciudad, las personas alegres son ejemplares únicos, quizás en peligro de extinción, rodeados y amenazados por la apisonadora de sueños y esperanzas. La apisonadora siempre pasa puntual cada mañana por nuestra puerta, detrás del camión de la basura, para allanar la mierda sobre la que caminamos cada día. Allanar esa rutina que nos aplasta contra el asfalto irremediablemente. Rutina que escuece y pica, pero que no dejamos de rascar. Sarna del primer mundo que corroe la humanidad e infecta nuestro cuerpo, dejándonos la huella inconfundible del desasosiego.

Hoy celebramos en la capital del Reino de taifas el santo patrón. Los fieles llenarán las plazas y los templos, buscando en algún lugar imaginario alguien que recoja sus plegarias. Siguen buscando santos y respuestas en los cielos, sin mirar a su lado. Desconocen que los verdaderos santos no habitan allí donde dirigen su mirada, sino en la tierra. Son quienes te abren la puerta del supermercado con una sonrisa perenne mientras tú ni siquiera les devuelves la mirada, ni reparas en su rostro. Son aquellos que santifican la vida. También la tuya. Los santos inocentes.

La ilustración que acompaña a este artículo es de Daniel Crespo.

bluebird Comunicación
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