Alone in the cinema

Alone in the cinema

Sí, voy al cine solo. En solitario. Sin compañía. Conmigo mismo. Y cada vez lo hago más, bien empujado por las circunstancias o por mis gustos personales; sea como fuere, un par de veces por semana me dirijo a pie hasta la sala multicines cercana a mi piso —intento ir siempre a salas clásicas, pero a veces no tienen lo que busco— y repito el ritual: compro entradas, uso descuentos si puedo, elijo la última fila de la última sesión del día y disfruto. Procuro no comprar comida porque a esas horas de la noche ya voy cenado a las salas. Y después de la retahíla de trámites, el disfrute en soledad.

Se da la casualidad de que la gran mayoría de las veces disfruto de las películas sin ningún tipo de compañía en las salas; pero ojo, que me suele ocurrir en los multicines; en los cines clásicos todavía se reúnen los cinéfilos como yo a altas horas de la noche para gozar de una buena película tranquilamente, sin ruidos, luces ni comportamientos estúpidos.

El cine solitario, como lo llamo, es una práctica que empiezo a observar como más habitual entre la gente; parece que han entendido que del mismo modo que en casa se explotan las virtudes de la soledad —silencio, comodidad, ninguna molestia ajena— pueden exportar esas sensaciones a las salas de cine. Lo único que hay que hacer es aguantar hasta la última sesión.

Porque es necesaria la reivindicación de los actos solitarios, los actos independientes y que sólo implican a un individuo; como sociedad perderemos la esencia cuando la individualidad se difumine en la multitud, en la masa. Por eso ejercicios como salir a correr en solitario, ir al cine en solitario o simplemente pasar una tarde a solas son vitales para una buena salud mental.  No podemos permitir que se nos convierta en un rebaño —más si cabe— del que nadie podrá distinguir dónde acaba una oveja y empieza la otra.

Reivindiquemos con vehemencia, pues, una sociedad que no discrimine a los solitarios y las solitarias.

Volvamos al cine. ¿Habéis logrado la proeza de salvar la vergüenza que produce ir al cine solo o sola? Si hago la pregunta es porque, a día de hoy, me siguen sorprendiendo los rostros que me observan entrar a las salas —los pocos que me encuentro a esas horas, todo sea dicho— y que son incapaces de normalizar a una situación que la sociedad se ha empeñado en considerar anómala. Lo han conseguido, por eso hay que esforzarse en remontar ese caudaloso río. Es más, llevo muchos años seguro de que para ser feliz en la vida lo esencial es conseguir convivir con uno mismo en soledad; cuando domamos la soledad, la aceptamos y, sobre todo, la disfrutamos, hemos conquistado la mitad de la tan ansiada felicidad. Es por ello que disfruto como nada el poder ver una película en una sala vacía, sin hablar ni hacer nada durante hora y media o más. Es un lujo. Al día siguiente los que madrugamos notamos el esfuerzo —y con los años más—, pero merece la pena conservar la sensación de que el cine sigue teniendo su magia, todavía tiene esa aura de liturgia única, y no se ha convertido en una suerte de granja en la que los canis se agolpan para chillar en las salas, comer como cerdos y moverse más que un enjambre de abejas.

Las salas de cine como templos de meditación, como retiros espirituales. Remansos de paz. El día que desaparezcan por completo y no pueda ir a las sesiones golfas, una parte del mundo que más quiero habrá muerto para siempre.

Toquemos madera para que eso jamás suceda.

Fotografía: B Rosen ©

bluebird Comunicación
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