Al otro lado

Hace veinticinco años un chaval de quince desayunaba estupefacto, antes de ir al instituto en el madrileño barrio de Prosperidad, viendo las imágenes de la multitud agolpándose en Berlín a ambos lados del Muro ante la inoperancia de los militares. Frente a un vaso de Nesquik y unas galletas contemplaba a miles de alemanes golpeando al símbolo de su represión y a otros tantos centenares de miles al otro lado tomando al asalto el reencuentro. Probablemente no hablásemos de otra cosa ese día. Pero para miles de chavales como yo, de un país lejano de la órbita comunista y con la cabeza puesta en decenas de cosas más interesantes para esa edad que la caída del Muro, aquello no nos transmitía la dimensión exacta de la historia. Todo aquello fue el comienzo de la desmantelación de un mundo, de una parte del mundo, misteriosa, gris en nuestra mente, ajena a nosotros; una parte del mundo habitada por “los malos” como nos vendieron las pelis americanas durante décadas. Una parte del mundo de la que se decía que nunca se sabía nada. El Telón de Acero, el Pacto de Varsovia, las cabezas nucleares, la Guerra Fría, las selecciones de Yugoslavia y aquella mítica CCCP.  A nuestro nivel, el cambio, tal vez, más palpable, fue la progresiva desaparición de banderitas de los diccionarios Iter. A esa temprana edad trufada de testosterona y superhéroes de barrio no nos preguntamos por sus causas, por sus circunstancias, y por sus consecuencias; y así, se fue cristalizando un imaginario colectivo en nuestra mente actual de treintañeros / cuarentones, un ideario del Telón de Acero basado tanto en certezas generales como en la ignorancia de los matices.

Y si sabemos poco o casi nada sobre los países del llamado Pacto de Varsovia (como suena, ¿eh?) , sobre algunos de ellos sabemos menos aún. En general, el conocimiento del país protagonista de esas imágenes de multitudes agolpadas sobre un muro de hormigón, la ex RDA, más allá de la palabra Stasi, o de los famosos Trabant, y del aura eterna de Berlín, es casi nulo. Y, por supuesto, el establecimiento de algún tipo de paralelismo, o la extracción de algún tipo de ejemplo o enseñanza aplicable a nuestros tiempos y lugares produciría una sonrisa, cuando menos de conmiseración. Pues abogo por esa reflexión posterior al desmantelamiento de un país realmente peculiar construido sobre la división de una ciudad en aras del sueño socialista.

Acabo de terminar un libro absolutamente recomendable. No solo un descubrimiento literario, sino un libro que cumple, en breve hablaremos de esto, una de las funciones principales del objeto literario, hacer pensar: ‘Al Otro Lado del Muro: La RDA en sus escritores’. Una magnífica compilación realizada y traducida por Ibon Zubiaur para Errata Naturae. Cito parte de su propia introducción:

Un libro fundamental para conocer la desaparecida República Democrática Alemana en la obra de algunos de sus más relevantes escritores. Probablemente nunca en la historia reciente, y en ningún país, haya gozado la literatura de un papel tan destacado: no sólo por la prioridad que le otorgaba el gobierno y las facilidades que ello conllevaba (abundantes becas y premios, mercado editorial subvencionado, tiradas amplias y precios reducidos, facilidades de acceso a una vivienda o a un visado , sino por la relevancia que le otorgaban los propios lectores. En un país sin prensa libre ni debate más allá de los límites fijados por el Partido, la literatura contemporánea era casi el único espacio público en el que podía darse algún contraste de opiniones sobre cuestiones a actualidad; privados de otros foros de discusión, millones de ciudadanos bien educados se aplicaban en escudriñar alusiones entre líneas y desarrollaban una sensibilidad literaria que hubiera sido impensable en sus vecinos del Oeste; y como la mayoría de escritores creía en una literatura comprometida, capaz de influir en los procesos sociales, se generaba una constelación singularmente fértil para la literatura, elevada al rango de diálogo entre el autor (los escritores) y la sociedad (los lectores ).

Como mencionaba al comienzo, debemos extraer lecciones de un libro como este, de la realidad de un país extinto para trasladarla a nuestra realidad.

Una lectura fácil podría llevar a envidiar una promoción tan apabullante de la literatura en comparación con el total y absoluto abandono institucional en el que vivimos. Pero, evidentemente, esta promoción no era ni libre ni gratuita, sino un arma propagandística de adoctrinamiento de la calases socialistas férreamente controlada por la censura. Esta sencilla reflexión lleva al siguiente paso, también jalonado por dos ejemplos literarios paradigmáticos sobre una distopía de control sobre el individuo, ‘Un Mundo Feliz y 1984. El control total o el control mediante la saciedad de las necesidades y la sobreabundancia de estímulos. Y también pensemos en la sociedad como un ecosistema; y en una sociedad lectora como un hábitat propio dentro de la antigua RDA; y en la nuestra propia, como dos sociedades absolutamente enfermas y carcomidas. Creo que en esto coincidiremos todos.

En la RDA se fomentaba la lectura en todos los frentes, pero no se le pueden poner puertas al campo, y una de las consecuencias inherentes al ejercicio de la lectura y de la escritura es el desarrollo del espíritu crítico. Un escritor bajo la lupa de la censura es un arma de doble filo para cualquier régimen. Criticaban sagazmente entre líneas al sistema que les protegía, y el pueblo, sin más medios ni estímulos para lograr un espacio de debate agudizó el instinto para detectar esas críticas. Es paradójico como bajo un sistema represor y asfixiado por la censura la literatura se rebela en contra de su fin oficial afianzándose en sus principios y transformándose en una poderosísima arma crítica.

Analizamos nuestro ecosistema literario. Una sociedad en la que un libro raramente removerá conciencias, raramente creará un fenómeno social, y mucho menos, será un problema para nadie. Las instituciones no apoyan la actividad literaria no porque suponga ningún peligro para el establishment, sino, lisa y llanamente, porque no interesa, no tiene retorno, en términos mercantiles. En una sociedad hiperestimulada, hiperinformada, saciada de sí misma, ansiosa de sensaciones fáciles y rápidas los fenómenos editoriales son ’50 sombras de Grey’. Consumo fácil y rápido que palie el hastío en el que vivimos, que no haga pensar, que ni siquiera despierte una mínima percepción estética, que atrofie un músculo del cual se preocupa cada vez menos gente, que radica dentro del cráneo y que cada vez más se queda relegado a funciones simpáticas. La literatura llenando el pequeño hueco que le queda dentro del pan y circo del entretenimiento de masas. La literatura muriendo de atrofia. La literatura perdiendo una de sus funciones principales: ese espíritu crítico. Función que sí cumplía bajo una dictadura que la mimaba para conseguir el fin opuesto.

‘1984’ vs. ‘Un Mundo Feliz’. Socialismo vs. capitalismo en aras del mismo fin para los poderosos. ¿Quién ha ganado la partida? Creo que la respuesta está bien clara. Pero creo que se atisba en el aire el final de un sistema, la caída del muro intangible. Una página en blanco por escribir en la historia, una página de la que seremos, o no, trágicos protagonistas o heroicos perdedores. Una caída que recogerán, eso sí, los libros, siempre.

Fotografía: mafate69 ©

bluebird Comunicación
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