Las academias de idiomas y la inoperancia de la mente humana

En una de las últimas clases en la academia donde trabajo, se hacía entrega de notas del primer trimestre. En un papelito se resumía el global de la nota después de tres meses de trabajo y, en especial, de un examen antes de Navidad. Este escrito me lo ha inspirado uno de los alumnos, charlando con él fuera del aula, era uno de esos con malas notas. Le comenté que necesitaba un cambio para revertir la situación pero él aseguró que la situación mejoraría. Después de unos cuantos años en la enseñanza y unos muchos más en la vida, le presto poca atención a las promesas de la gente. Sonrío y asiento con la cabeza pero en verdad me resulta indiferente: mi misión es cumplir con mi tarea de enseñar lo mejor posible en el nivel correspondiente y ya luego ellos se espabilarán (aquí estamos hablando de adultos, de ya personas que se pagan sus propios estudios). Normalmente, presto poca atención porque siempre oigo las mismas excusas, los mismos motivos y los mismos tópicos.

A veces me pregunto si los alumnos toman a todos los profesores por tontos. A veces, en cambio, me pregunto si son realmente conscientes de lo que sale por su boca. Sea lo que sea, ese mismo alumno, luego de decir que todo mejoraría y que ya se buscaría la vida, una vez de vuelta al aula, pareció olvidar toda aquella cháchara de promesas y convicciones. Poco después, decíamos, el móvil pasaba a ser su mayor centro de atención (porque sí, el móvil es el amigo inseparable del ser humano) y luego comentaba con una compañera que le gustaría tener tiempo para ir al gimnasio. No pude más que pensar: «Esto es increíble. Verlo para creerlo».

Eso, unido al lloriqueo que luego prácticamente te “escupen” en la cara preguntándose por qué les cuesta tanto inglés, me ha planteado la pregunta de qué demonios tienen la cabeza cuando se gastan 100 euros al mes por sólo 12 horas. Es lógico que cueste su esfuerzo, es lógico que uno pierda la concentración unos minutos, es lógico que uno esté estresado por factores externos, pero a veces parece que ir a una academia de inglés sea un cachondeo. Obviamente, no es comparable a toda una carrera, pero luego no vale nada que te vendan la moto con que el inglés es imprescindible para conseguir un trabajo. Si es tan imprescindible, ¿por qué no se lucha por ello? ¿Acaso se ha perdido el valor del sacrificio?

Y ya no se trata de sacrificarse o hincar los codos u obsesionarse con trabajo y más trabajo. Se trata además de la imagen que uno muestra ante un profesor y otros alumnos. Primera acción, impulsiva: el móvil sobre la mesa. Algo tan simple ya te quita una hora de la hora y media. Segunda acción, victimista: no he hecho los deberes de sólo dos ejercicios de 15 minutos porque he tenido mucho trabajo. Di que el inglés te da pereza y acabamos más rápido. La sinceridad siempre lleva a mejor puerto. Tercera acción, vergüenza y poca confianza en uno mismo para excusarse: pagas una buena pasta para aprender a hablar un idioma y luego usas tu propia lengua para responder a ciertas preguntas. Es como hacer matemáticas y responder con tu lista de compra. Cuarta acción, encerrarse en uno mismo: lo que podría ser un acto de sociabilidad que impulsaría la convivencia y el aprendizaje se convierte en un «tengo mi vida y no voy a dejar que los demás entren». Preguntar a los alumnos qué tal y que sólo dos de 12 te respondan «bien» no llevará a muchos sitios. Quinta acción, soy maleducado sin saber que lo soy y hablo con una compañera o con el móvil mientras el profesor explica algo aburrido y que no va a influenciar nada en mi vida.

Y así, se podría seguir. Y aquí estamos hablando de adultos. ¡Y ya qué decir de adolescentes! Mejor no ponerse a ello: la educación está adoptando un color muy malo y esto es imparable. Los padres, la televisión, la tecnología, el “carpe diem” y la sociedad en general están demoliendo aquella figura respetuosa y respetable que representaba el profesor. Mas eso ocuparía otro texto más, muy, pero que muy extenso. Yo no sé vosotros, pero desde pequeño mis padres me han inculcado lo difícil que se presenta cada una de las acciones que acometemos cuando gastamos de nuestro bolsillo. Yo no me gastaría 18 euros cada hora y media para usar más el móvil que el lápiz o la boca o para hacer a veces los deberes o para faltarle al respeto al profesor chateando con el móvil sin esconderse.

bluebird Comunicación
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