#Zlovenija o cómo ponerle cara al odio

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¿Y si al odio y al racismo, en especial contra los refugiados, que a diario se vomita a través de las redes sociales, se le pusiera un rostro? ¿Si alguien se dedicara a recopilar todos los tuits extremistas o los comentarios ofensivos de Facebook e imprimiera las fotos de perfil de sus autores para luego colocarlas en lugares públicos? Si existiera esa posibilidad, ¿cambiaría en algo el discurso del odio?

Es algo que se preguntó un grupo de activistas anónimos de Eslovenia que, alertados por el creciente rechazo de los cuidadanos a la entrada y tránsito de refugiados por su país, decidieron recopilar bajo el hashtag de #Zlovenija (un juego de palabras entre Eslovenia y zlo, maldad) todos los comentarios racistas, xenófobos, islamófobos y ofensivos que encontrasen en las redes sociales.

La variedad iba desde el uso de cámaras de gas o ejecuciones masivas, hasta aquellos que proponían la inanición, los campos de concentración, trabajos forzosos, o dejar a los refugiados morir de frío o enfermedad. Los insultos abarcaban desde comparaciones con excrementos humanos, parásitos, cerdos, hasta aquellos vinculados a condicionantes raciales y religiosos. No faltaron los comentarios que comparaban la actual crisis de refugiados con la que hace dos décadas ocurrió con sus hasta entonces conciudadanos de la antigua Yugoslavia, pero lo más curioso es que muchos de los propagadores de estas frases de odio son ex refugiados que saben bien lo que es huir de la guerra, pero que ven esta catástrofe como algo totalmente ajeno a su pasado reciente.

La segunda fase del experimento consistió en recopilar los datos y fotografías de los autores de los bochornosos comentarios. De pronto, todo el conglomerado de insultos tomó su verdadera dimensión social. Sus autores posaban en imágenes de familias felices, como sanos corredores en una mañana de sol, como bellas mujeres posando con gafas de marca, una pareja junto al árbol de navidad, o una madre con su hijo de una mano y su perro de la otra.

La capital de Eslovenia, Ljubljana, apareció empapelada con las instantáneas. Paradas de autobús, marquesinas, parques y cualquier lugar público eran buen escaparate para las fotografías, acompañadas de los comentarios de sus dueños. Pocos parecían recordar que las redes sociales son de dominio público y que lo que se publica en ellas también puede ser reproducido en distintas formas. La reacción a esta iniciativa, además de la curiosidad de los viandantes, fue una cadena de llamadas pidiendo la retirada de los carteles. Disculpas públicas en los muros de los diferentes perfiles de los implicados, explicaciones de sus actuaciones y un sentimiento generalizado de vergüenza por la actuación, o quizá miedo a medidas legales que surgieron bajo una investigación policial abierta a tenor de los filtros de #Zlovenija.

Unos meses después, una iniciativa similar surgía en Croacia bajo el nombre de #lijepanasa, en alusión a su himno, donde dos o tres veces al día publicaban comentarios similares a los de sus vecinos y que, acompañados de imágenes de gente de a pie, respetables ciudadanos, no dejaban indiferente a nadie. La reacción fue la misma: pudor y temor ante una conducta penada por ley y rechazada en los discursos oficiales, pero que se expande como la pólvora, no sólo en los países recién llegados al seno de la Unión Europea, sino en los viejos estandartes de Europa, la misma que se halaga a sí misma por estar construida desde la diversidad de los pueblos.

Después de abrir un profundo debate social, tanto la iniciativa eslovena como la croata han dejado de publicar información por el momento. Sus autores dicen que han conseguido su objetivo: demostrar que el odio y el extremismo adquieren mucho más peso cuando se les pone rostro y nombre.

Fotografía: judit10 ©

bluebird Comunicación
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