Salvemos a Excálibur

No tengo la suerte de conocer a Excálibur, el perro de Teresa, la auxiliar contagiada por ébola, pero tengo la inmensa fortuna de pasar cada día junto a Anika, una bóxer de cuatro años, nerviosa, juguetona, graciosa e increíblemente cariñosa. Confieso, y lo hago sin rubor, que esta Pilar que escribe es muy diferente de la que recogió a su perra en la calle Hortaleza prometiéndola “a partir de ahora, te voy a cuidar siempre, pase lo que pase”. ¡Qué ilusa era! Entonces, no sabía que era ella quien iba a cuidar siempre de mí, que era ella quien iba a enseñarme qué demonios era eso del amor incondicional, que era ella quien iba a multiplicar mis carcajadas por mil. Y eso que ya era bastante risueña. Ha sido ella quien me ha puesto los pies en la tierra y me ha enseñado qué es lo que de verdad importa.

Perdonad que os cuente mi vida, una parte importantísima de mi vida, porque no os hablo de una perra, ni siquiera de mi perra, os hablo de mi familia, de uno de los pilares de mi familia. Os pido perdón, pero llevo desde ayer intentando ponerme en la piel de Teresa y Javier. Sin éxito. No soy capaz de imaginar que un día, por la incompetencia de otros que se supone que deben velar por nosotros, alguien se presente en mi casa con una orden judicial que permita asesinar a Anika. ¿Sacrificar? No. Asesinar. Lo que van a hacer con Excálibur es asesinato. Así de cruel. Así de duro.

Lo van a matar sin hacerle una triste prueba, lo van a matar en contra del sentido común o de la opinión de Eric Leroy, director general del Centro Internacional de Investigaciones Médicas de Franveille, y el mayor experto mundial sobre el tema. Lo van a matar sin ni siquiera pensar en sus compañeros, en Teresa y Javier. Lo van a matar porque sí.

O, quizá, dicen que lo van a matar, porque a los del Partido Popular les encantan las cortinas de humo macabras y, para colmo, les funcionan, aunque pisoteen los sentimientos de otros. Eso qué más da. Lo hicieron con la ley del aborto de Gallardón y lo están haciendo con Excálibur, porque, mientras temblamos, sentimos y luchamos por este perro, no nos quejamos de la nefasta gestión de la nefasta Ana Mato. Porque nuestra reivindicación puede hacerles ganar una tarde, incluso dos. Y necesitan ganar tiempo, porque está claro que no tienen ni la más remota idea de lo que van a hacer. No lo han sabido antes. No lo saben ahora.

Pero, de verdad, no hace falta que utilicen nuestros sentimientos ni la vida de un ser indefenso que no le ha hecho mal a nadie.

Ana Mato, Rajoy, no hace falta que utilicéis nada, porque vosotros mismos, solitos, sin ayuda de nadie, no paráis de retrataros como lo que sois: ineptos. Ineptos sin corazón.

bluebird Comunicación
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