Procrastinando que es gerundio

La lluvia ha aparecido esta mañana (escribo estas líneas un martes), después de estar toda la noche presente y esforzándose por hacerse escuchar; «aquí estoy», parece que quisiera decir. Y me levanto y sigue lloviendo; de hecho aprieta. Las farolas han entrado en huelga y cuando he salido a la calle, bajo un paraguas un poco llamativo, me he adentrado en una cueva urbana llena de charcos.

Mi mal humor iba en aumento, y es que soy como una especie de gremlin al que el agua de la lluvia no le sienta demasiado bien. He llegado al metro y mientras esperaba a que llegara el tren, suspirando cada vez que el marcador de tiempo subía de nuevo, mis pensamientos han entrado en un proceso absurdo que se da cuando se mezclan varios factores fatídicos: sueño, mal humor y la propia tendencia de un servidor al desvarío. El resultado todavía estoy en fase de valorarlo.

¿Somos demasiado procrastinadores? La palabra procrastinar, según la RAE, significa diferir o aplazar. Vamos, lo que viene siendo de toda la vida “dejar las cosas para el último día”. No me equivocaría si dijera que en alguna ocasión todos lo hemos hecho. No pasa nada, es como buscar tu nombre en Google, ver alguna película romántica y llorar… o como ver más de dos minutos seguidos Sálvame. No juzguéis si no queréis ser juzgados; de los errores se puede aprender.

Regresemos a lo que interesa. Procrastinar, palabra de difícil pronunciación pero fácil ejecución. Yo lo he hecho muchas veces: desde los deberes del colegio hasta la limpieza de mi piso. No hagas hoy lo que puedes dejar para mañana, para la semana que viene, para dentro de dos meses. El refrán se pervierte, se adapta a unos tiempos en los que las prioridades suelen ser cosas de usar y tirar en el momento, instantáneas. ¿Existen de verdad elementos del día a día que se pueden postergar? Pues se hará de manera irremediable. No tengo problemas en admitir que todavía lo hago hoy en día. Siempre ando procrastinando, aquí y allá, intentando postergar asuntos hasta el punto que en ocasiones resultan  ser cosas que me hace ilusión hacer: ver una película, leer un libro… ¿Puede ser vagancia? Algo de eso tiene que haber, ahora en verano me da mucha más pereza mover cualquier músculo de mi cuerpo o intentar hacer trabajar a mi cerebro.

¿Por qué suelto todo este rollo? Porque creo que enfocamos mal el concepto procrastinar, convirtiendo la palabra en algo negativo cuando puede ser, irónicamente, mucho más beneficioso que perjudicial. Todo depende del prisma con el que se mire.

Estoy seguro que es este punto el único que compartimos el presidente del Gobierno y yo. Don Mariano Rajoy Brey, alma de registrador de la propiedad, está convencido de llevar la procrastinación en relación a las elecciones generales más allá de los límites. Y es que sabe el gallego que cuando más tarde se celebren mejor resultado obtendrá su partido. Otro anterior artículo y éste se dan la mano para dar como resultado la victoria de un PP que pese a hacer las peores políticas que se recuerdan en nuestra reciente democracia ha sabido entender que la gente sufre de memoria a corto plazo, y que en este país posponer las cosas en ocasiones puede salir bien.

Bien, procrastinemos pues: alarguemos todo un poco. Dejemos que las elecciones catalanas enturbien todavía más el río (ya de por sí revuelto) y así podamos pescar en abundancia a los votantes más maleables. Con Podemos en proceso de preocupante desintegración los de Mariano y compañía se centran en vigilar a C’s, cuya ambivalencia e indecisión política les terminará por pasar factura.

Procrastinar, esa palabra que pocos conocen y que tal vez por ello usan en nuestra contra. Repito la palabra sentado en el metro mientras dos ancianas me miran extrañadas. «Otro borracho», deben pensar. Quizás estén en lo cierto, señoras, y debería darme a la bebida para olvidar que vivimos en un país de procrastinadores que se dejan procrastinar.

bluebird Comunicación
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