Niñas mutantes, mujeres extraordinarias

Hace media vida no sabíamos lo que era el bullying. Pero doy fe de que existía.

Con once años realicé mi primera inversión en salud y belleza, lo recuerdo bien: sacrifiqué parte de mi paga semanal para comprarme un sujetador. Salió de mis ahorros porque era algo que intuía que necesitaba, pero no me atrevía a pedírselo a nadie.

Era de las primeras niñas de mi clase, si no la primera de todas, que empezaba a desarrollarse decididamente. Tenía miedo de los cambios traicioneros que la adolescencia me reservaba, porque había otra niña, llamémosla H., que un día anunció que tenía la regla y lo que se supone que debió ser un pregón glorioso de liberación se convirtió en el boomerang que lanzas queriendo hacerte el guay pero que vuelve inopinadamente y  te desfigura la cara. Como H. menstruaba pero el pecho aún tardó en crecerle, simplemente se quedó con el estigma de ser la niña-mujer de mutación prematura con las compresas en la mochila, que sacaba para enseñárnoslas como si fueran un tesoro, pringosas de Bollycao y ajadas (la madre de H. le había dicho que las llevara siempre, como un talismán o algo así, cosa que a nosotras nos parecía muy natural porque la regla era algo sobrenatural que escapaba a nuestra comprensión). Consecuentemente, y dado que a H. ya le habían breado bastante y que ella parecía inmunizada porque llevaba su feminidad con orgullo y madurez (tenía un gesto muy suyo, como de nariz elevada, que era fascinante), yo era la candidata perfecta para convertirme en la nueva comidilla del patio. Usar gafas y leer a todas horas eran papeletas que acumulaba para el premio gordo, añadiré.

Mi primer sujetador era feísimo, casi ortopédico, y lo llevaba con tanto alivio como temor. Algunas niñas lo notaron y me pasé, sin elegirlo, al bando de H., al de las niñas mutantes. Luego, claro, vinieron más cambios –algunos  hube de pagarlos religiosamente frente a los acosadores; otros no–, pero nunca olvidaré el reflejo en el espejo con aquel corpiño infame, sintiéndome como Alicia, extrañada por mis propias proporciones e intentando habituarme  a aquel invento.

Cuando me hice mayor, entendí todo lo que tenía que entender. Que tenía que olvidarme de los escotes demasiado evidentes (el “tápate, niña” de la abuela, semienterrado en el subconsciente) y de encontrar ropa interior bonita, o adecuada para hacer deporte, por ejemplo. Que no podría, nunca más, lanzarme a la piscina como mis amigas. Que los dolores de espalda iban a ser una constante en mi vida, así como las miradas y los comentarios de machirulos. Que me resignaría al negro y contestaría maquinalmente a mi madre, a mis amigas, a mi peluquero, cuando me preguntasen por qué siempre visto de ese color (por qué no pruebas otros, te has fijado en lo bien que te va el verde, es que estás de luto o qué), que es que es mi color, que siempre lo fue. Y que cuando viese un vestido bonito, tendría que imaginarme la escena subsiguiente: la del probador, cuando las cremalleras suban –ziiip– y los lazos ajusten, pero veas que las tetas no te caben (y ahí estás tú sudando y haciendo ruidos como de asmática en crisis, intentando quitártelo) embutida en algo que se supone que es de tu talla. Siempre sufrí aliciasis de un modo u otro.

Pues bien, diecisiete años y mucha terapia de autoaceptación después de comprarme aquel sujetador hoy me han dicho en una tienda de ropa interior que mi talla pertenece a la sección de “extragrandes”.

Le he dicho a la chiquita que atendía (sin acritud ni nada; es que soy muy contestona):

Hombre, yo no soy un palillo, pero tampoco extragrande.

Su jefa lo ha arreglado diciendo que se le llama así, como disculpándose con una mera convención lingüística, y añadiendo que mirase en “Premamá”, donde siempre tienen “cosas muy bonitas”. Que es como si tienes una óptica y te viene un menda miopísimo y sus gafas llevan cristales como culos de botella y no le va ninguna montura y le dices: “Pero mira este catálogo de Miraflex®, tiene cosas muy bonitas” con un gesto como de “Tranquilo, aún podemos ayudarte, no eres un caso perdido”.

Y yo me pregunto: ¿es posible mantener la cordura en un mundo de etiquetas que parece orquestado por un esquizofrénico? ¿Es aceptable que a Robyn Lawley (25 años, 100-80-111, 188 centímetros de altura) se la bautice como “modelo Plus Size”? ¿Que Candice Huffine haya sido la primera en más de medio siglo en aparecer en un calendario Pirelli? ¿Que cada vez se normalice más el requisito de una altura y talla de pecho mínima, y tallaje máximo de pantalón, en ofertas de trabajo tipo azafata? ¿Que fuese Dove quien tuviera que enseñarnos lo que es la belleza real, y lo que no? ¿Será que hay demasiados ojos acostumbrados a la tiranía de un tallaje rarísimo? ¿Por qué empujar, desde la niñez y a marchas forzadas, a que alguien acepte vivir con lo que tiene casi con un orgullo fabricado –casi con una resignación heroica en el caso de lo que sentimos que nos falta–?

Conclusión: no he comprado nada. No pienso usar ropa de premamá sin estar embarazada, por lo incómodo de esa sensación de que alguien hubiese decidido, por mí y a priori, que mis medidas no son normales para una mujer no fecundada. Y tengo razones de peso para creerlo.

Así que te animo, si eres una “mujer extragrande”, a que cambies un poquito el sistema preguntando qué significa “Tallas grandes”, cada vez que te digan “Mira en tallas grandes”. Que preguntes exactamente qué significa, porque yo de verdad que ya no lo sé, y que sepas que estás en tu derecho –quizá no legal, pero sí legítimo– de esperar una respuesta lógica. Quién sabe, igual así conseguiremos que algún día cambien las cosas, aunque sólo sea nominalmente.

Y que respondas “¿Te parezco una talla grande?” cuando te digan lo que suelen decir en estos casos: más de la 44 para pantalón, más de 100 para pecho, más del 42 para calzado, más de… Ya, ya sé que los que trabajan ahí están trabajando; que la gente que pregunta demasiado molesta; se encogerán de hombros. Pero es que a lo mejor no lo eres, y no sólo no lo sabes, sino que llevan toda una vida haciéndote creer lo contrario. Yo, ante la duda…

bluebird Comunicación
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