Manada de lobas

Aquella noche de verano parecía suceder algo muy grave en casa de mis vecinos, y en el barrio saltó la alarma. En cuestión de segundos N., la madre de R. –el amigo más antiguo que conservo–, apareció en mi casa pidiendo auxilio y a punto de derribar mi puerta, como si fueran a matarla, y efectivamente sólo acertaba a chillar, entre lágrimas y desencajada: “Que me mata, que me mata”. Traía sangre en la ropa y en la piel, contusiones en la cara, algunos mechones de pelo arrancados y se había orinado encima. R., que también había logrado escapar de de su propio padre, se refugió en mi salón. Ambos teníamos 12 años, pero lo recuerdo literalmente como si fuera ayer. La escena se resumió rápido, con la policía de por medio, el agresor reducido y los curiosos de vuelta en sus casas, dispuestos a reanudar la cena o seguir viendo la televisión. A veces lo revivo y, en mis recuerdos, coloco hielo en la piel arañada y amoratada de N. mientras ella, en shock, dice incoherencias y la policía va y viene por mi casa sin hacer gran cosa salvo repetir cada dos minutos “Usted tranquila, señora; ya pasó todo”. Y es mentira. O, al menos, no es totalmente cierto. El susto pasa, pero el terror queda. Años y años. A veces, toda la vida.

Desde N. –nunca acertaré a describir la impresión que causa presentir la muerte de una persona que ha escapado por poco de ella–, mis retinas son conscientemente incapaces de tolerar una sola imagen de mujeres maltratadas. Escribo esto tras terminar ‘La niña y el lobo’(Lupercalia), el testimonio de Amparo Sánchez, la líder de Amparanoia. Un libro que duele y hace llorar (y a mí, en particular, me ha devuelto en flashbacks la visión de N. aferrada a mis padres, que eran su escudo protector, interpuesto contra un gigante enfurecido que no tuvo arrestos para agredir también a mi familia). Una historia de dolor y sufrimiento que no obstante consigue inspirar ternura y termina en un lienzo con nuevos horizontes dibujados (no voy a revelar más, porque merece la pena ser leída). Me estremecía pensando en las voces que han quedado silenciadas para siempre, en las víctimas despojadas de su libertad o su confianza en sí mismas para plantar cara a sus verdugos; o se han perdido en un laberinto de pánico e indefensión aprendida.

Me gusta el lema “Somos manada”, por la idea de que las mujeres somos una comunidad, más que un simple grupo, y tenemos que –debemos– apoyarnos entre nosotras; unirnos para sumar fuerzas. Muchas no hemos tenido que lamentar violaciones o maltrato psicológico, pero por cada Amparo que denuncia su pesadilla, una mujer se ha instalado en un infierno; por cada N. que rehace su camino, otra mujer pierde la vida. Por cierto, Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, prometía hace unos días sin ir más lejos que las víctimas de la violencia de género serán despedidas con funerales de Estado si llega a La Moncloa, esperando –supongo- obtener la gratitud eterna que las difuntas nos envíen desde donde quiera que estén (porque aparte de eso no sé qué en qué grado puede contribuir esta ocurrencia al progreso de este país) y obviando que prevenir es útil, y que las plañideras no. Sin una adecuada prevención de la violencia machista en función de las circunstancias reales y actuales y sin el correcto dimensionado que aquélla requiere, jamás podremos hacer frente a la amenaza que, en este caso, pone en peligro nuestras vidas. Por eso es necesario que libros como este salgan a la luz (podéis seguirlo en Facebook  y Twitter), para recordarnos que somos lobas, tan fuertes como el lobo con el que Amparo ha luchado toda su vida -algunas queremos creer que iguales, que es por lo que el feminismo combate-, no hembras apocadas que no saben, o no pueden, defenderse.

bluebird Comunicación
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