Madriz me mata, Manuela

manuela

Soy madrileño. Nacido y criado en Madrid. Como casi todos los madrileños, no soy gato, orgulloso de mi parte menorquina por parte de madre, y ya casi gato por la de padre, con lo que mis hijos, nacidos y criándose en Madrid, de madre madrileña, serán casi casi gatos. Socio del Real Madrid desde 1.981. Me hizo socio Don Antonio Calderón, mano derecha de Don Santiago Bernabeú y Raimundo Saporta llevándome de la manita a las antiguas oficinas del estadio. Si uno no es de donde nace sino de donde pace, yo soy de Madriz por los cuatro costados. Llevo impregnada en el alma la luz de las tardes de infancia jugando en el parque Berlín, cosidos en el recuerdo cada amanecer en la calle de la Madera y presente en mis días las calles de Vallecas. Prosperidad, Malasaña y Vallecas. Y este alegato, también es muy madrileño. El que lo sea, lo reconocerá, y al que no, tal vez le chirríe, pero es así.

Y no solo soy de Madrid. La quiero profundamente. Amo a esta ciudad con la misma intensidad con  la que me quejo todos los días de sus males, que sufro realmente, de sus atascos, sus prisas, sus ruidos, sus aglomeraciones, su suciedad … algo también muy madrileño; no hay día que no piense que me gustaría irme a una ciudad más pequeña, cerca de Madrid eso sí, y que me reconcilie cuando veo uno de sus cielos mañaneros con la brisa primaveral del Guadarrama erizando el cogote. Como decía mi abuelo, nacido y criado en Mayor 13, «el aire de Madrid es tan sutil que mata un hombre y no apaga un candil». No viví en mi adolescencia la época dorada en la que Warhol dijo que esta era la ciudad más divertida del mundo, pero sí sus postrimerías de los 90.  Barcelona era el diseño, la modernidad europea, la civilización, los Juegos Olímpicos y Cobi, pero en Madrid sacábamos pecho de ese caos entrañable, de esa ciudad en la que reventar un garito un martes de madrugada, de esa ciudad en la que todos eran acogidos y nadie preguntaba nada ni miraba por encima del hombro a nadie, de esos barrios chungos y familiares, de esos bocatas grasientos a cualquier hora. Yo hice el amor con esa ciudad infinitas noches, pero otros comenzaron a violarla. No la querían. Ni la quieren. Ni a ella ni a nosotros.

Poco a poco fueron cerrando bares, salas de conciertos, la cultura popular se fue cambiando por la cultura del turista, que no la cultura con mayúsculas, que de esa siempre hemos tenido por aquí; los bancos y las placetas se cambiaron por enormes superficies de cemento, se enterró una autovía y con ella nuestra economía contrayendo una deuda bíblica en sus dimensiones y su herencia, ni cinco generaciones terminarán con ella, y se creó un “pulmón verde” que lo será en dos siglos y un canalito para piraguas como si nuestro pequeño y querido Manzanares fuera el Sena por obra y gracia de las dos tuneladoras en propiedad de la Comunidad de Madrid y un ejército de ingenieros respaldados por la intendencia del capital bendecida por la golfería de robarnos a manos llenas los flecos millonarios. Fue imperceptible, todo lo imperceptible que pueden ser las cosas cuando están bañadas en dinero y la felicidad no sale por la ventana. No teníamos ni tanta gracia ni tanta fiesta, pero tampoco éramos tan  caóticos, éramos capital del diseño, de la gastronomía, de las estrellas Michelín, de los nuevos planes urbanísticos, y el metro de Madrid volaba. Éramos lo que no somos ni fuimos ni seremos ni nos gusta ni queremos, pero le dábamos a Barcelona en los morros con el número de pasajeros en Barajas y de estrellas Michelín, y de candidaturas olímpicas que nunca conseguimos transformar en nuestro Cobi. Y la violación seguía y cuando se acabó la pasta se acabó la fiesta y dejó un rastro de tierra quemada sobre la ciudad violada. Un rastro que la volvió sucia, fea, caótica, ineficaz y carente del atractivo artificial de años anteriores y llena de agujeros en todos los sentidos. Me despertaba cada mañana al lado de una ciudad con la que había hecho el amor infinidad de amaneceres y a la que no reconocía y hace años que no tocaba. Junto con la gracia y la fiesta, a muchos madrileños nos quitaron la ilusión.

Siempre he pensado que unas elecciones municipales no son unas elecciones de partido sino de personas. Un alcalde es la figura política de relación más directa con la ciudadanía, y un alcalde tiene en muchos casos el poder de transformar una ciudad entera, para mal o para bien. Un alcalde es, en buena medida, su ciudad, y viceversa. Si no, que se lo digan a Bilbao, para suerte suya. Y a nosotros, para desgracia nuestra. Algo malo debemos de haber hecho los madrileños en alguna época, pero muy malo, para que en vez de las langostas nos caigan alcaldes cual plagas bíblicas. No me voy a meter a descalificar, o, simplemente, a enumerar sus “logros”, esto es tan sencillo como para un madridista recitar la alineación del Madrid de los galácticos o de las cinco Copas de Europa para que se sepan sus récords. Álvarez del Manzano, Ruiz Gallardón y Ana Botella. De seguido. A pelo. Ahí es nada. Algo habremos hecho.

Y ahora tenemos a una candidata nueva, una candidata diferente y que, al menos, a muchos miles y miles nos ha devuelto la ilusión, y eso ya es mucho. Nos ha hecho pensar en un Madrid perdido de la mano del Viejo Profesor y soñar con un Madrid bonito y respetuoso, sostenible y culto; divertido y bueno para vivir. Manuela Carmena. No es cierto que me de igual su signo político, pero debería de hacerlo, y debería de darle igual a las miles de personas que han perdido en estas décadas su ilusión, porque se vota a una persona. Una persona que siendo magistrada del Supremo renunció a coche oficial y a privilegios; una abogada de Atocha, una mujer que va en metro, y no para la foto de la inauguración de una estación, y en bici; una mujer que montó una tienda de ropa para que las mujeres maltratadas del juzgado que tutelaba tuvieran algunos recursos extra, una mujer que persiguió los sobornos a funcionarios de justicia. Sí, sin experiencia de gobierno, no sabemos cómo gestionará un monstruo y una herencia así, pero ¿qué cojones? ¿a quién le importa? Solo viendo su trayectoria sonríes y quieres algo así para Madrid. Solo algo así. Honradez, humildad, vocación de servicio, justicia. Frente a las golfadas y pelotazos que llevan años perpetrando sus oponentes, en Madrid, en Guadalajara, obras faraónicas hinchadas, estaciones de AVE desiertas, privatizaciones mil y sus correspondientes desvíos de fondos, condenas y sentencias y más sentencias e investigaciones. La jueza frente a los que se sientan en los banquillos. ¿Qué preferís? Yo lo tengo claro. No quiero seguir despertándome cada día al lado de alguien que no conozco, quiero volver a sentir que quiero a esta ciudad, no a pesar de todo, sino con todo. Tal vez, Manuela.

Fotografía: Fernando Castelló ©

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.