«La discoexcusa»: La opinión es como el ojo del culo

referéndum

Poner el volumen del equipo de música bien alto es toda una aventura.

En los mejores casos, no ocurrirá nada. Escucharás tu música y, ya que estás solo en casa y nadie te mira por la ventana, puedes marcarte algún baile ridículo que te haga sentir bien y que a ti, y solo a ti, te parecerá lo mejor coreografiado del siglo XXI.

Por otro lado, puede que tengas la suerte de Geoff Barrow, de Portishead, quien estaba programando música en su cuarto y se encontró, a través de la pared, con la melodía que tocaba con la guitarra su vecino, el que sería después su compañero en el grupo, Adrian Utley.

Pero no, no suele ser lo más habitual que tus vecinos te alaben los gustos, sobre todo si estos se separan un mínimo de la radiofórmula y aunque solo hayas puesto temazos.

Y supongo que con los amigos ocurre lo mismo. Lo mismo con el tema de la música, digo.

Nos rodeamos de gente afín y convivimos con ella durante mucho tiempo, coincidiendo y disintiendo en preferencias musicales, por ejemplo.

Yo, personalmente, tengo un amigo con el que he compartido infinidad de horas de músicas, descubriendo juntos bandas y pasándonos material como unos dealers aficionados y emocionados. Sin embargo, no siempre hemos coincidido en gustos.

Y es que, claro está, cada uno es de su padre y su madre y, aunque se pasen muchas horas juntos, no se puede llegar a la conclusión de que en ningún momento van a divergir nuestros caminos.

Seguramente él seguirá defendiendo los primeros discos de Estopa ante mi estupefacción, mientras que yo sigo preguntándome cómo puede llamar «Muermo Twins» a los Cocteau Twins.

Momentos históricos y álbumes de fotos

En el instituto me gustaba mucho la historia, pero la contemplaba, leyendo los libros de texto y escuchando a mis profesores, como si todo hubiera ocurrido en una galaxia lejana, totalmente ajena a mí y a mi momento. Seguramente por eso disfruto aún cuando vivo en tiempo real algún acontecimiento que creo que va a reflejarse en el libro de texto que estudien tus nietos (si es que entonces todavía existe la educación para los nietos de las personas normales).

Si a esto le sumo que soy de acostarme tarde y levantarme temprano, espero que a nadie le extrañe que haya seguido el proceso escocés de referéndum prácticamente en tiempo real.

He tenido la sensación de estar memorizando una fecha para contarla a tus nietos, cual batallita que no he librado pero que ha ocurrido cerca.

Pero ¡ay, ceja levantada! ya no soy capaz de contemplar la realidad contemporánea sin un enorme atisbo de duda.

Llegada la hora de la verdad, me daba bastante igual que los escoceses se inclinaran por el SÍ o por el NO (como finalmente han hecho). Lo que me preocupaba eran los análisis que se estaban haciendo, convirtiendo lo que podría ser una celebración de la democracia en un circo al que se ha apuntado todo el mundo.

De repente, todos hemos sido expertos en referéndums, todos hemos tenido una postura clara, todos hemos sacada similitudes con vascos y catalanes e incluso nos hemos dejado inflamar con nuestras opiniones para convertirlas en armas arrojadizas, con mayor o menor habilidad verbal. Algunos expertos, que los hay, han afirmado que preguntar fue un error e incluso que no es posible una constitución que apoye solo en 50%, como si las constituciones estuvieran importándoles mucho a la mayoría de los gobiernos y no estuvieran imponiéndonos modificaciones claramente anticonstitucionales aut cojones aut ense.

Los diarios se han lanzado a vociferar la victoria de su opción favorita como si se tratara del resultado de un partido de fútbol y las mentes preclaras dicen que se esperaban el resultado, aunque la victoria del No haya sido justita, justita.

A mi, en mi habitación, con el equipo de música a tope, me sigue alucinando que el hecho de votar no implique ya, como me explicaban en el cole, el planteamiento de que hay más de una opción y que, por ello, tengo que poner la mía propia también en una sana duda.

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La BBC, y en particular John Peel, siempre han mantenido unos estándares más que aceptables para sacar discos en directo al mercado.

Es el caso de esta recopilación de sesiones en vivo de los escoceses Cocteau Twins, un grupo que, en su formación más representativa, estaba compuesto por Robin Guthrie y Elizabeth Frazer (si, esa que canta en el ‘Teardrop’ de Massive Attack).

Además de sus guitarras oscuras y repetitivas, de sus bajos agudos ochenteros y de sus cajas de ritmos sin disimulo y con desafío, una de las características que más me atraparon cuando descubrí este disco era saber que Elizabeth Frazer cantaba, en la mayoría de los temas, en una suerte de idioma inventado que recordaba al inglés pero arrastrando los sonidos y haciendo de la voz un instrumento más ¡y qué instrumento!—. Vamos, lo que yo mismo hacía en mi cuarto cuando cantaba y no tenía ni idea de inglés, pero sí que entendía los vaivenes emocionales de ‘Hitherto’ o la versión de ‘Strange Fruit’ que contiene, como una perla oscura, el disco.

Los he elegido por escoceses. Los he elegido porque es un disco en directo y así he vivido el referéndum escocés. Los he elegido porque son el espíritu de una época tal y como el caso escocés lo es de una Europa que se hace preguntas.

Y lo he escogido porque, sin entender las letras, aún me sigue encantando lo que se puede hacer con una guitarra repetitiva, un ritmo simple, una voz, una papeleta o una mano alzada.

Una persona, un voto. Una persona, una voz. Y que los expertos y representantes políticos se pongan los tapones en los oídos, que este temazo no les va a gustar.

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Melómano, bibliófago, cinéfilo, multiinstrumentista, anarquista, vegetariano y guitarrista de CdeFlecha. Pago por que me peguen y a veces doy yo también. No creo en dios e incluso me cuesta creer en el vodka porque es transparente, y mira que me gusta. Aprovecho los discos que escucho para hablar de lo que pienso. Aprovecho lo que pienso para entretenerme mientras voy a comprar discos.

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