«La discoexcusa»: El nombre que todo lo nombra

discoexcusa

¡Madre mía, qué lío de nombres!

Yo, que estoy acostubrado a memorizar, a fuerza de repetirlos bajo la aguja, nombres de músicos, títulos de álbumes, apellidos de productores, alineaciones de grupos de jazz… Pues ni aún así. Me cuesta horrores seguir la actualidad politico-económica que, estas semanas, se abarrota de nombres.

Lo último que tengo que memorizar es ese rosario vergonzoso de caras, nunca mejor dicho, que conforman la trama de la llamada Operación Púnica.

Y estos son los que están ya en los medios, es decir, las puntas del iceberg corrupto sobre el que navegamos plácidamente. Seguro que, durante estas semanas, aparecen nuevos nombres a sumarse a esta infecta lista que, junto con los ladrones con tarjetas opacas y los escandalizadores de los ERE, se me está atragantando más que la de los reyes godos o la tabla periódica, con sus lantánidos y actínidos.

En lógica, hay una falacia que siempre me ha resultado fascinante. Y no porque sea de las más elaboradas, ni mucho menos, sino por lo mucho que se usa, lo absurda que es y, sin embargo, lo hondo que nos la cuelan. Se llama Gish Gallop y consiste en lanzar argumentos falsos y nombres de supuestas fuentes fiables a una velocidad endiablada para que, aun siendo falsos, el contrario en el debate no pueda rebatirlas todas porque es humanamente imposible hacerlo.

Esa metralleta, ese name dropping, me recuerda a esta otra; la avalancha catódica señalando nombres en tramas que, curiosamente, lejos de hacernos llegar a la conclusión de que todo el poder es un poder corrupto, hacen respirar a algunos pensando que, efectivamente, los malvados ya están saliendo a la luz. Y los restantes, claro, con pedir perdón, van que chutan.

Porque para crédulos, nosotros.

Faros humanos

Pero claro, ¡cuán timorato, amigo Vanzetti!

Me pongo a asustarme de las avalanchas de nombres y no recuerdo que, en caso de avalanchas, hay que asirse a rocas firmes y singulares. Y no te pares a pensar que todas las rocas se parecen demasiado.

Para frenar mi desazón, me dicen que tengo que relajarme en un chill-out de sugerentes notas y narcotizantes nombres propios.

Tengo, sin ir más lejos, los ejemplos vivos de Pepe Múgica (nada de José, que somos los mismos amigos que llamamos Gabo a García Márquez). Un hombre íntegro que supone la esperanza unipersonal de todo un continente. Y, aunque se va a ir, seguro que todo habrá cambiado gracias a él y su ejemplo será rápidamente seguido por todos los dirigentes que le sigan y le circunden sin excepción, como por ósmosis. Y el mundo será un lugar mejor por él.

También tengo el ejemplo de Pablo Iglesias, garante martirizado del progreso político en España. El timonel del cambio que propone una forma de gestionar su partido y la gana, ante la sorpresa de… nadie. Y eso no se debe al tirón mediático de una sola figura, sino a una claridad meridiana en cómo va a hacer lo que va a hacer y en que nadie ha propuesto nunca lo que él ha propuesto. Ni Izquierda Unida.

Bueno, y hablando de Izquierda Unida, tampoco puedo olvidarme de mi más cercano faro, Julio Anguita, que se desmarca de su antiguo frente para hablar de fuerzas cívicas y gobierno de los ciudadanos. Eso sí, siempre que los ciudadanos estén representados y puedan hacer lo que solo pueden hacer, votar. Luego ya cosillas baladíes, como que ninguneara a los compañeros de CNT Córdoba cuando alertaron sobre los peligros del electoralismo en una de las asambleas del Centro Social Rey Heredia. Porque, ¿qué sabrán estos anarquistas de cómo se soluciona el mundo? ¿Qué tontería es esa de alertarnos acerca de que el cambio está en la calle y nunca en las urnas?

Porque he sido tonto. Y por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por desconfiar de que las cosas se puedan cambiar desde dentro. Porque no me aferro al faro que representa el Papa Francisco, el mitrado del buen rollo y el canto a la pobreza. O el pontífice del silencio estratégico y el lavado de imagen. Porque no he llegado a pensar, iluso de mí, que para crear el cristianismo solo hizo falta un milagrero con barba y sandalias. Ya nos colaron ese culto a un ego. ¿Por qué no tragarnos estos?

Esos faros van a iluminar el mundo que viene. Porque eso es lo que nos hace falta, simplemente luz. No un cambio real, sino una bombilla nueva para ver las cosas con sombras distintas que nos distraigan de las sombras antiguas. Claro, claro.

————-

En el mundo de la música, pasar desapercibido es la mayor de las excentricidades. ¿Quién quiere pasar por el mundo aportando buena música simplemente por el deseo de aportarla si puede ser una Lady Gaga o una Beyoncé ombligocéntrica?

Pues William Bevan.

Este es el nombre que se escondió durante mucho tiempo tras el sobrenombre de Burial. Y es un músico electrónico, productor de uno de los más hipnóticos discos de dubstep emocionante que ha salido a la luz.

Como los arquitectos de las iglesias románicas o los escribas, realizó su trabajo en soledad y silencio, sin buscar el bombo por el bombo y el nombre por el nombre.

Me recuerda, claro, a los estándares de jazz, piezas que compuso alguien algún día y que tocan todos dotándolas de su estilo. Las antípodas del culto al nombre.

Música como arte al igual que política como trabajo. Pero como trabajo en la huerta, sin nombre propio. Como de una era en la que el marketing no obligaba a poner etiquetas en cada tomate para que no se llame tomate y se llame como tu empresa y tenga tu cara y tenga tu eslógan y te prometa un sabor más allá del tomate y te creas que el tomate te cura el cáncer porque el tomate es de don fulanito de copas, faro de la humanidad.

Parece mentira que un álbum como ‘Unreal‘ haya aparecido sin que su autor firme los temas desde el inicio y no quiera otra cosa que hacer canciones.

¿Qué haremos sin esos faros del mundo? ¿Qué haremos sin esos representantes de lo divino? ¿Qué haremos nosotros, pobres mortales, sin los superhéroes que nos ayuden a olvidar que si doy mi pelo en prenda es muy probable que me lo tomen?

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
Artículo anteriorEl cine… mejor que rime: ‘True Detective’
Artículo siguienteNuestra historia de los Simpson: Lisa
Melómano, bibliófago, cinéfilo, multiinstrumentista, anarquista, vegetariano y guitarrista de CdeFlecha. Pago por que me peguen y a veces doy yo también. No creo en dios e incluso me cuesta creer en el vodka porque es transparente, y mira que me gusta. Aprovecho los discos que escucho para hablar de lo que pienso. Aprovecho lo que pienso para entretenerme mientras voy a comprar discos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.