Ilusión

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Nací en Madrid, una semana más tarde de la muerte del dictador Francisco Franco y tres años antes de que se votase, aprobase y consagrase nuestra Constitución. Nací en tiempos revueltos de los que casi ni me acuerdo, y, por supuesto, en los que no intervine. Me acuerdo del golpe de estado, del Mundial del 82 y de ‘Verano Azul’. Pero mi década de juventud fueron los 90, y la de madurez los 2000. Tengo 40 años. Y la experiencia política de los millones de personas de nuestra generación es, en general, bastante pobre, la mía incluida.

No teníamos 40 años a finales de los 70 y comienzos de los 80, ni 30 ni 20. No vivimos el tardofranquismo y no tuvimos que vivir y hacer una Transición ni disfrutar de una Movida. No votamos una Constitución fundamental para que este país no terminase de nuevo bajo la suela de una bota. Una carta magna, y sus leyes y decretos, sus medidas y ajustes, basados en un café para todos, en una grandísima dosis de sentido común y pragmatismo, en una mano izquierda fundamental y en un perdón general. En un contentar a los militares y a  las izquierdas, a las autonomías históricas y a las nuevas que emergían.

Y si antes de esa Transición tuvimos 50 años de paz y trabajo como se decía, después de ella hemos tenido 40 años de paz y relativa concordia y estabilidad. 40 años en los que este país y este pueblo ha crecido, se ha modernizado y ha ido superando los muchos y grandes baches que ha habido en el camino a la sombra del bipartidismo y bajo el paraguas de la sacrosanta e intocable Constitución que nos ha hecho, realmente, estar donde estamos.

Nuestra generación creció políticamente en esta relativamente tranquila laguna de los 90 superada la turbulenta década de los 80. Votábamos a los “mayores”, al PSOE, o al PP dependiendo de cada ideología, a IU si ya eras demasiado radical, o en blanco si querías reflexionar sobre la importancia de tu voto y ejercer el derecho conseguido por tus padres con una pátina de independencia. Al final, casi todo es una cuestión de dinero, vivíamos en pleno boom, la juventud tenía trabajo, el dinero corría, y aunque decíamos NO a la guerra, al día siguiente nos podíamos ir de finde a la playa tan felices. No se veía la corrupción porque no interesaba y seguíamos votando al PP y al PSOE.

Las revoluciones son hijas de la desesperación, nunca ha habido una guerra sin que en mayor o menor medida se tocase el estómago. Quienes quisieron ver en el 15M el germen de una revolución estaban muy equivocados. Estamos jodidos, pero no desesperados. Pero precisamente porque estamos jodidos el 15M sí fue el punto de inflexión de una larga bajada tras el fin de la fiesta. El comienzo de un cambio. Cuando a la clase media de este país se la comenzó a joder bien jodida fue cuando se comenzó a tirar de las mantas y levantar las alfombras. A cuestionarse todo. Y precisamente, el grueso de esa clase media, de hipoteca e hijos pequeños, culta, moderna y liberal, la formamos esos chavales que no votamos la Constitución ni participamos en la Transición, y nos formamos en los dorados 90. Los que ahora tienen 70 tuvieron su cambio. Ahora nosotros queremos el nuestro. Reconocemos la valía de un modelo que tuvo su momento, pero hemos despertado de un sueño bajo una manta vieja que ya no nos arropa.

No será una revolución, porque no estamos desesperados, pero el 20D se atisba un cambio decisivo en la política de este país. Que haya cuatro fuerzas casi en igualdad de condiciones en un parlamento dominado por el bipartidismo durante los últimos 30 años y con varias mayorías absolutas en las que se ha legislado a base de decretos en muchas ocasiones, no es un cambio menor. Que dos de esas fuerzas sean totalmente nuevas, y hayan surgido, por una parte, del 15M, y por otra de un relevo generacional en la derecha, es muy significativo.

Las revoluciones son rápidas, los cambios lentos. Tal vez los hijos de aquella Transición estemos cogiendo el timón de nuestro destino. Tal vez esta segunda Transición sea el punto de partida de otros 30 años de bipartidismo, morado y naranja. Tal vez sea el comienzo de la refundación de un Estado y el nacimiento de otra carta magna que lleve a un muy honroso lugar a la actual a las páginas de los libros de Historia del Derecho. Poco a poco. Lo cierto es que debemos ser conscientes de que estamos viviendo tiempos históricos en este país. Yo, personalmente, nunca he vivido una sensación de ilusión así al pensar en depositar mi voto en la urna el 20D. Las mariposas en el estómago esperando algo importante, algo en lo que millones de españoles de 40 con hijos e hipoteca y millones de jóvenes que leyeron aquello en los libros de historia decidamos. Un cambio político de la mano de un relevo generacional.

Fotografía: Prab Bathia ©

bluebird Comunicación
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