Golpes de estado y estado a golpes

Salía del cine cuando a través de las redes sociales me enteré del golpe de estado en Turquía. Mucha confusión, imágenes oscuras en la noche turca y una batalla —si cabe más importante—de información entre el Gobierno y los golpistas.

No dormí apenas, enganchado como estaba en Twitter a toda noticia que llegara de allí; especial impresión me causaba leer ciertas escenas que se sucedían en Estambul por haber estado en esa preciosa ciudad hace unos años y ser capaz de reconocer algunos de los rincones que aparecían en fotos o vídeos grabados con un móvil tembloroso. Sentado en el salón de mi piso, sin poner el televisor porque me parecen demasiado morbosos en según qué momentos, permanecía pegado a mi móvil. Así pasaron las horas.

Al fin el sueño me venció, y cuando desperté supe que el golpe había fracasado. Eso decían, pero todavía se escuchaban disparos en la calle y los cuñados tuiteros decían que «cuidado, que todavía se lía». Fue entonces, al leer algunas opiniones, cuando pensé qué sabíamos realmente de todo lo ocurrido en Turquía. En ese momento de reflexión tenía encendido el televisor con el correspondiente debate en el que todos demostraban ser expertos en política exterior y lo fácil que sería para ellos resolver todos los conflictos en el mundo. Lo de siempre, cuatro chupatintas disfrutando de su momento de gloria —algunos más de uno, pues parecen moscas cojoneras de ese tipo de tertulias políticas y están día tras día revoloteando a su alrededor— mientras hablan sin parar sobre temas que ni ellos mismos entienden. Con ese ruido de fondo mi vertiente conspiranoica se alzó, no por su iniciativa, sino porque en mi mente se juntaron dos o tres pensamientos combinados con algunas noticias que llegaban del país turco: soldados que creían que eran maniobras de entrenamiento, Erdogan iniciando una purga sin parangón —¡más de 2600 jueces detenidos! ¿Acaso queda alguno para ejercer?—, la poca resistencia que ofrecieron los golpistas…

¿Qué coño había pasado realmente?

Es probable que jamás lo sepamos, y si por un casual ocurre lo contrario ya no importe o nos dé igual. La celeridad con la que los acontecimientos nos pasan por encima mina nuestra capacidad de asimilación, tanto de alegrías como de desgracias, más aún si ocurren a miles de kilómetros de nuestros hogares. Es una verdad que tal vez no debiéramos aceptar, pero ha ocurrido. El ser humano ha sobrevivido quizás por la habilidad con la que ha tendido a olvidar ciertos pasajes históricos, incluso entre la misma población que los ha sufrido. Hasta las desgracias pasan sin pena ni gloria, no hay tiempo para lamentaciones porque la rueda nos pisa los talones y no queremos morir aplastados por ella.

Volviendo a Turquía, muchos han visto en lo sucedido el viernes un movimiento de Erdogan disfrazado de golpe de estado para afianzar su posición y tener vía libre para intensificar sus comportamientos dictatoriales. Sea verdad o no, las consecuencias del suceso han sido esas: represión y más represión, exaltación del islamismo en un país que, recordemos, se declara laico en su constitución. Mientras tanto, Occidente mira para otro lado. Voces anónimas hablan de la participación de EUA en el golpe, y bien es cierto que hasta que no se vio que fallaba nadie de la Administración Obama abrió la boca. En Europa, perro faldero de los americanos, tampoco dijeron nada hasta saber el resultado de una noche aciaga para Turquía. Así que, sea verdad o no, la falta de pruebas contundentes alimenta las conspiraciones. Guste o no, es así.

Turquía tiene una historia muy convulsa: cuatro golpes de Estado en los últimos 60 años, un bagaje muy preocupante para un país que aspira a integrarse en la UE. Preocupante por su inestabilidad y la pérdida de libertades que sufren sus ciudadanos, empujados a soportar un gobierno que cae en la paradoja de haber sido elegido democráticamente, pero cada día da muestras de tener un comportamiento muy alejado de los principios democráticos. Bajo mi punto de vista, que por supuesto puede estar equivocado, hemos asistido a otro golpe de teatro más de una clase política mundial que mueve sus fichas de ajedrez sin importarle nada más. Las personas son sólo números, peones que han de caer para proteger a la reina.

Información versus contrainformación; esa guerra paralela al golpe fue la clave para que éste no tuviera éxito. Con Erdogan conectando vía redes sociales —las que tanto odia y censura en su país, paradójicamente— en directo por la televisión asistimos en directo a un giro de los acontecimientos que sirvió para que la gente saliera a la calle, impidiendo a los soldados golpistas seguir adelante con sus planes. Escudos humanos para salvar su propio culo. Tan poético que no puedo sino arrugar la nariz.

Ahora ha llegado el momento de la purga; Erdogan se está esmerando en ello, disparando a en todas las direcciones —kurdos, católicos, periodistas, jueces, militares “supuestamente” golpistas…— mientras Europa y EEUU contemplan callados y escondidos cómo el líder turco se afianza en el poder, radicaliza religiosamente todo un país y añade incertidumbre a una zona en conflicto directo con el ISIS.

Sinceramente, ya no sé qué pensar: puede que sea todo tan complicado que al final los unos y los otros estén tan metidos en el ajo que ni siquiera podamos hablar de “buenos” o “malos”.

Lo más triste de todo es que la gente de a pie, la que es como nosotros, sufre y lo seguirá haciendo.

Al final siempre pringan los mismos, sean del país que sean.

Fotografía: Lubunya ©

bluebird Comunicación
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