La España imaginaria

España

Nunca recuerdo lo que he soñado. Jamás, apenas dos o tres veces en un año.

Soñar es gratis, aunque en muchas ocasiones nos cabree. El mundo onírico puede servir de escapatoria a veces, pero si tenemos la mala suerte de evocar una versión de la imaginación muy cabrona nos podemos encontrar con el terrible hecho que “los sueños son peor que la realidad”.

Los sueños, esos fenómenos extraños de lo abstracto.

Los objetos cobran formas extrañas, lo que es negro puede ser blanco, lo pequeño grande y viceversa; lo que ocurrió “así” puede ser imaginado “asá”. Posibilidades infinitas, mundos tan diferentes entre sí como iguales salvo detalles puntuales: todo sigue igual excepto una decisión nimia, un pequeño cambio en el color de unas simples zapatillas que cruzan un océano pavimentado de la calle más concurrida de la más grande de las ciudades. Y ese hecho comporta un cambio.

Los famosos “¿Y sí…?”.

Imaginemos España de otra manera. Imaginemos que el paro apenas llega al 8%: estamos en pleno verano y pese a todo las empresas de I+D trabajan a destajo. Las empresas tecnológicas apuran para presentar sus novedades en septiembre y octubre. Los miles de turistas que llegan al país se encuentran con el sol y el calor de siempre, pero algo ha cambiado. Ahora todo el mundo habla inglés, se huele en el ambiente que el español medio ha girado hacia el comportamiento de la Europa Central. Seguimos gustando de la cerveza en la terraza, pero sabemos competir con los mejores en nuestros puestos de trabajo. Somos productivos y nos premian por ello. Una relación de positivismo recíproco a la que por suerte se ha llegado.

En una terraza cualquiera dos ancianos hablan sobre tiempos pasados, épocas en las que la zozobra social y económica eran el pan de cada día: una educación que cambiaba cada dos por tres, un modelo laboral desastroso, una corrupción instalada hasta las raíces en el mundo político y las Administraciones Públicas… Sin embargo en esta España imaginaria todo ello ha quedado atrás: somos punteros en innovación, hemos recuperado el tejido industrial y la clase política ha dejado atrás la avaricia personal para por fin servir por el interés del pueblo. Mejoras en Sanidad, en Educación… con un simple cambio de mentalidad que ha llevado el consiguiente cambio de políticas.

Todos arrimaron el hombro en su momento: la gente de a pie sabiendo que es necesario escalar una montaña antes de poder admirar un extenso paisaje, los empresarios apostando por unas prácticas más decentes y enfocadas a achicar en lo posible las desigualdades, los políticos dejando de ser títeres de otros poderes. Fue duro al principio, y hubo muchas presiones, pero poco a poco la cara del país fue cambiando.

Los ancianos pagan la cerveza. Vista desde nuestra mirada de soñadores nos parece cara, pero en la España imaginaria los sueldos se han equiparado a la media europea (que a su vez se equiparó a los países nórdicos después de años de ajustes).

«Una de las claves», dice uno de los ancianos mientras se aleja con su amigo calle abajo, «una de las claves fue sin duda la implantación de la semana laboral de cuatro días». ¡Cuatro días! Menudo país. Con semejante fin de semana, las mejoras laborales y sociales… el consumo interior ha subido como la espuma. En la España imaginaria trabajar los fines de semana ya no supone ninguna vejación, es un trabajo menor que sin embargo tiene la misma consideración que cualquier otro.

No nos dejemos llevar por la confusión: en la España imaginaria un banquero sigue ganando más que un obrero o un administrativo, un director de empresa continúa siendo el mejor pagado de todos los de la plantilla. Pero ya no hay tanto desequilibrio: algunos supieron aflojar un poco para que el resto pudiera subir un par de escalones. Y todos ganamos.

Pequeños retazos de una España imaginaria. Despertamos en la España real, la de las desigualdades, la corrupción y el trabajo esclavo; el país de la pandereta, de la involución en derechos sociales y del adoctrinamiento educativo en la ignorancia.

España, futura granja de ovejas.

Por eso me cabrea tanto imaginar mientras duermo, por eso nunca recuerdo lo que he soñado.

Fotografía: carolina madruga ©

bluebird Comunicación
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