El vil metal

Nos hallamos en un momento de cambio; de crisis, dicen las malas lenguas que ven peligrar la seguridad que encontraron una vez en  las rutinas, más que valores, tradicionales. Sin llegar al extremo de las buenas lenguas, que han vislumbrado un futuro inmaculado en el que proyectar sus sueños e ideales, se podría decir que, si no de ruptura con una idea hegemónica, hay un cuestionamiento de lo que nos rodea, de todo aquello que ha venido a conformar el medioambiente en el que nos movemos. Podríamos llamarlo revisionismo, pero no voy ni a sugerirlo, que después todo se sabe.

En estos momentos de revisión, de cuestionamiento, digo, es cuando afloran proyectos e ideas, con tradiciones memorables y que nunca se fueron. En concreto, estaba viendo la entrevista que CGT  Murcia hace a Rosa Zafra, con motivo de la Renta Básica de las Iguales, y entre otras cosas de las que dice, me sorprendió  la llamada a la extinción de la moneda, como si ésta fuera el objetivo a abatir en una cacería, una presa escurridiza que hay que arrinconar para poder aplicar una sentencia inmediata. La moneda, en cuanto tal, no es, ni mucho menos, el centro de la entrevista del video, pero me pareció interesante el odio contra este objeto inanimado tan cotidiano, como algo relacionado con el empoderamiento laboral, las redes comunitarias y el aumento de las posibilidades personales en un entorno comunitario, ideas sobre las que trata la entrevista en profundidad.

La moneda, como tal, es un objeto inanimado, aunque pensemos que vuele en maletines; abstracto, aunque sin él actualmente las personas se mueren de hambre; y decididamente humano, aunque las malas lenguas digan que quien lo maneja no se asemeja mucho a una persona normal. La moneda es, ante todo, la representación de una idea, y como tal, ni buena ni mala; ciertamente útil, si permite encontrar un acuerdo justo entre dos partes, pero muy engorrosa, sobre todo si tienes que cambiarla al cruzar esas líneas que dicen fronteras. Y si el nombre de moneda es desagradable, podemos llamarlos créditos, como en las películas.

Al ver un euro, hay que echarle imaginación para encontrar la explotación, el sufrimiento y la sangre que gotea de cada billete y moneda que tocamos. Casi la misma que para encontrar el coltán en las pantallas de los móviles, las maquiladoras en la ropa, o la contradicción en dar una limosna. Y es que realmente, se juntan demasiadas cosas para ver las todas a la vez, tanto en una moneda, como en el móvil, en el armario o en la caridad. Quizá sea porque ninguna tiene nada que ver con la moneda, tal cual.

Pero sí tiene que ver con el uso que nosotras le damos a esa moneda, de la misma forma que a los otros ejemplos. El uso es la utilidad que sacamos de ellas, el beneficio que obtendremos, los sacrificios impuestos y nuestro disfrute final al tener la recompensa. He oído de teorías acerca de esto, pero era con canes. No importa.

Y aquí sí: el reparto desigual de la riqueza, la (sobre)explotación de las personas, las guerras, la proliferación de enfermedades, la destrucción frenética del ecosistema, y un buen puñado más, son los objetivos a destruir, a erradicar. Y después echar sal sobre la tierra en la que los sepultemos, todo es poco. Pero, aunque el dinero, ese agrio descendiente de la moneda, se asocie ineludiblemente a todo aquello, no es malo recordar que todo lo hacemos posible nosotras, con nuestros actos.

Como ya han dicho otras antes que yo, esa clase alta, dueña del Dorado y que llaman el 1%, no se mantiene por sí misma. Hay una gradación de personas que participan, aunque en distintos puestos, y promueven toda la opresión que mantiene este mundo girando. Porque ese es el auténtico motor del mundo, a pesar de que la ficción de que lo hace el dinero se haya perpetuado en un sublime número de cabaret: las personas, desde nuestro propio entorno. Y el resto de los seres de este mundo, claro.

Y si preguntan por esa suerte de personas, las que mantienen la opresión, puedo decir que, más que malvadas, han olvidado que el dinero no se puede comer y lo han antepuesto a las propias personas, a la solidaridad. De esta, he comprobado que llega con la pobreza, todo ahí que decirlo; la riqueza parece conocer solo la caridad.

bluebird Comunicación
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