El Viejo Continente tiene problemas de memoria

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Si alguno espera encontrar en este texto un análisis riguroso del conflicto Sirio, aviso: aquí no es. Ya hay material suficiente a ese respecto en los quioscos, en la Red, en los bares y en cualquier esquina de cualquier ciudad de la península. En España somos muy de eso. Siempre que ocurre un suceso que copa las portadas, sin importar su naturaleza o complejidad, un ejército de cuñados expertos abandona su escondrijo para iluminarnos al resto de los mortales. Yo reconozco mis límites: ignoro mucho más de lo que sé, en todos los ámbitos. En el caso del conflicto en Siria, además, son tantos los intereses, componentes y dimensiones, que resulta especialmente complicado saber qué está ocurriendo realmente. O quizás no. La cobertura de una gran parte de los medios de comunicación nacionales ha sido y es vergonzosa. No en vano la prensa española es la peor valorada de Europa.

Este dudoso mérito se lo debemos, en gran medida, al periódico La Razón. Pocos rotativos acumulan tantas denuncias y faltan a la verdad tan sistemáticamente como el dirigido por el señor Marhuenda. Uno de los últimos escándalos (aunque es posible que para cuando leáis esto haya otros más recientes) es el que llevó al periódico a colocar en portada la foto de un supuesto terrorista de los atentados en París, con el Corán en la mano y un chaleco explosivo. El pie de foto rezaba: “Uno de los terroristas”. Resulta que el sujeto en cuestión es en realidad un simple tuitero y que la foto está retocada a más no poder: el Corán es, en realidad, un iPad y el chaleco no existe en la imagen original. Pobre Marhuenda, ¿cómo iba a saber él? Le puede pasar a cualquiera, incluso a un periódico serio y riguroso con una tirada de más de 100.000 ejemplares diarios. Diera la sensación de que no interesa la verdad, recuerden que ésta duele, especialmente cuando no se corresponde con el ideario que uno profesa. Nuestros políticos, desgraciados y por desgracia, se comportan del mismo modo.

La irresponsabilidad, hipocresía y falta de solidaridad del gobierno de España, en línea con los de toda Europa y resto del mundo, es infinita. Cuando Siria tuvo que acoger a todos aquellos libaneses que huían de los bombardeos de Israel en 1978, no construyeron campos de refugiados. Un país pobre como Siria no podía permitirse dichas infraestructuras, ni siquiera con ayuda de la ONU y ONGs. Sin embargo, no se quedaron de brazos cruzados, no miraron para otro lado ni pusieron excusas; los ciudadanos sirios abrieron las puertas de sus propias casas para dar refugio a todo aquel que lo necesitara. Por iniciativa ciudadana, en Europa han surgido propuestas similares, pero son los gobiernos los que tienen la última palabra, esos mismos que después de cuatro años de conflicto siguen debatiendo, analizando y sopesando riesgos y consecuencias; los cuatro millones de sirios que hoy viven en campos de refugiados pueden esperar.

Nos falta empatía, está claro. Imaginad por un momento lo que debe estar pasando esta gente. De la noche a la mañana tu vida se derrumba, también tu casa bajo las bombas y las balas. Si has tenido suerte —mucha—, tú y toda tu familia comenzáis un éxodo plagado de obstáculos, incertidumbre y muerte. Por el camino hacia ninguna parte encontrarás muros, alambradas, metralletas e insultos. Cuando llames a la puerta del continente más rico del mundo, no hallarás respuesta, o sí: te acusarán de terrorista, de ser igual que aquellos que han destruido tu vida, de formar parte de lo que huyes. Toda esperanza se hace añicos, no quieres ni pensar qué futuro les espera a tus hijos. Después de cuatro años viviendo en una caravana que a duras penas puede llamarse hogar, aquella vida que llevabas, más o menos confortable, parece un sueño, un recuerdo de otra persona; hace tiempo que dejaste de ser médico, electricista o camarero, la guerra te lo robó todo, ahora debes conformarte con la limosna de los poderosos. Tu existencia es un problema, tú no eres nadie.

Comparto unas cifras que espero sirvan para ilustrar el nivel de compromiso de la comunidad internacional para con la causa del pueblo sirio. Desde el inicio del conflicto en el año 2011, más del 16% de la población ha abandonado el país. Se calcula que para inicios de año habrá cuatro millones y medio de sirios fuera de su tierra. Un poco menos que la suma de poblaciones de las ciudades de Madrid y Barcelona. Como es lógico, son los países fronterizos quienes acogen la mayor parte de refugiados. El 95% se concentran en cinco países: más de dos millones en Turquía, un millón doscientos mil en el Líbano, Jordania acoge a más de seiscientos mil, Iraq doscientos cincuenta mil y otros ciento treinta mil en Egipto. Europa, compuesta por 28 países, se ha comprometido a acoger a ciento veinte mil refugiados, de los cuales el 75% irán a parar a Suecia y Alemania. La cifra es, a todas luces, insuficiente. Países como España, Italia, Reino Unido o Irlanda, de tradición migrante, parecen haberse olvidado de su propia historia. Dada la importancia geopolítica del país, son muchos los actores en el tablero de la guerra en Siria, haciéndola especialmente cruda y con un final que muchos consideran lejano. Estados Unidos apoya a los grupos rebeldes de carácter moderado; Rusia e Irán hacen lo propio con el gobierno de Al Asad; Arabia Saudí, en cambio, se opone al actual presidente y apoya a los rebeldes sunitas. En el tablero, también, doscientos mil cadáveres.

Mucha gente justifica con el miedo esta inamovilidad de los gobiernos. Quizás no se han parado a pensar que los sirios huyen aterrados de la misma amenaza. Que nadie abandona su hogar con sus hijos a cuestas si no es porque sus vidas corren peligro. La ausencia hipócrita de una respuesta firme y solidaria de la Unión Europea está matando gente. No queremos terroristas pero los terroristas ya estaban aquí, dando de comer a la bestia que ahora se ha vuelto contra el amo. Los sirios sólo quieren vivir. En paz.

Fotografía: Alessandra Kocman ©

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