El día que todo cambió

Fue en el año 2006. En la semana que albergaba el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres publiqué una entrevista con una joven, apenas una niña, víctima de ella. No recuerdo el titular, pero me acuerdo perfectamente de sus ojos. Uno ojos oscuros, curiosos, brillantes, llenos de vida. Me llamaron la atención porque ella me enseñó una foto de cuando todavía vivía con su maltratador. Y los ojos eran otros, eran agujeros negros.

Ese día, tomando un café con ella, dejándome llenar por su cariño —porque me llenó de cariño a mí, que no era más que una periodista que acababa de conocer—, algo cambió para siempre por aquí dentro. Recuerdo el momento justo en el que me estremecí y decidí que la tortura hacia las mujeres debía acabar, el momento justo en el que mi concepción del feminismo cambió. Fue cuando ella me contó que una mañana se levantó y no era capaz de recordar cómo habían llegado hasta su cuerpo las marcas de la tortura. Que se miraba en el espejo y las veía, sí, pero no sabía ni cómo ni quién las había provocado.

Tenía más o menos mi edad, poco más de 20. Fue ahí, con la rabia contenida latiendo justo encima de mi estómago, cuando me di cuenta de que la próxima podía ser yo. Y sentí miedo. Y lo transformé en ira para que dejara de dolerme la tripa. Y a la ira intenté ponerle palabras, porque no sé hacer otra cosa para luchar contra la injusticia. Y desde entonces he intentado no dejar de hacerlo.

Es curioso, porque no recuerdo su nombre, sólo el nombre falso que usamos para la entrevista. Pero jamás, nunca, podré olvidar sus agujeros negros transformados en ojos. Me gustaría que me leyera y supiera que cada vez que clamo contra un asesinato machista, que cada vez que grito por nuestros derechos, por los de todas, es su mirada la que me guía. Gracias.

Fotografía: hans van den berg ©

bluebird Comunicación
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