Die Wespen

En medio de la guerra, un ejército avanza con paso firme e intenciones claras. Tras la batalla, el saqueo, tras el saqueo, la dominación, el protectorado, el afianzamiento de las cabezas de puente para advertencia de los enemigos a batir y de los débiles a conquistar. Por desgracia, sólo han cambiado las formas, y, afortunadamente, la ausencia de sangre. La retórica, la mecánica, el proceso, los sentimientos de vencedores y vencidos son los mismos desde hace siglos.

Hace ya varios meses de la batalla. De esos días trágicos en los que un pueblo pequeño y asfixiado encendió su dignidad contra la suela de la bota en su nuca. Se bordeó algo que nunca sabremos qué habría supuesto, se inventó la ridícula palabra Grexit para agitar un espantajo de terror que recorrió Europa. Tras los titulares a cinco columnas, van cayendo los titulares a tres y a dos. Tal vez no interese tanto al vencedor mostrar el proceso de rapiña, tal vez ya no venda tanto tras la épica del drama la apnea de la caída. El caso es que van cayendo esos titulares de la vergüenza como cenizas sobre la cara del pueblo griego. Privatizaciones (a empresas alemanas ) de los aeropuertos, del Pireo, de las autopistas, la devolución del 81 % del famoso rescate conseguido / impuesto tras la batalla en una suerte de bucle macabro. Dimisión del presidente; ex ministro de economía, partisano resistiendo al invasor, presentando candidatura, elecciones anticipadas, gobierno de unidad… anticipo un heróico pataleo guerrillero frente a un gobierno tecnócrata impuesto subrepticiamente en aras del afianzamiento del protectorado. Un capítulo de la Historia. Una etapa de la guerra. Un triunfo del Reich.

Alemania. Europa. Voy a plasmar aquí una opinión totalmente personal. Ya hay demasiados repasos a la historia, demasiados análisis en todos los sentidos siguiendo todo tipo de líneas y argumentaciones. Cifras, estadísticas, datos. Problemas políticos, soluciones económicas. Malvados y protectores del orden establecido. Esto que expondré a continuación se trata, precisamente, de la digestión desde hace meses de esos centenares de titulares, una reflexión hecha sentimiento nacida tras la fermentación de toneladas de información.

No me gusta generalizar, nunca me ha gustado hacer una reducción tan simplista de algo tan complejo como una nación, un pueblo. Ni todos los madrileños somos unos chulos ni todos los catalanes unos ratas, suelo decir. Pero sí es bien cierto, que al igual que es muy difícil describir a una persona con una sola palabra, sí que hay siempre un rasgo predominante, una característica que tal vez sobresale por encima de las demás. Eso es así. Y el pueblo alemán es organizado, disciplinado, capaz, trabajador. Y agresivo. No vamos a hacer un repaso histórico a las guerras de Flandes, al dinero de los banqueros alemanes, al Impero Astrohúngaro, a la República de Weimar y la Primera Guerra Mundial, al auge democrático del nacionalsocialismo y la Segunda Guerra Mundial, a las condonaciones de las deudas de guerra … pero quien quiera leer, que busque y lea. Es peligroso poner la bota encima a Alemania. Llevamos así siglos. Ansia expansionista, desastre, sentimiento de humillación, sentimiento de unidad, sentimiento de fortaleza, sentimiento de revancha, sentimiento de dominación.  Reorganización y vuelta a empezar.

Hay, además, otro elemento inquietante, sobre el cual no se haya reparado demasiado. La falta de debate interno. Hace poco leía un interesantísimo artículo, de los que más me han hecho pensar en los últimos meses. Un artículo de Thimothy Garton Ash, profesor de estudios europeos de la Universidad de Oxford. En él se habla de la preocupante falta de voces discordantes  en Alemania. Uno de los rasgos más característicos y necesarios de una democracia sana es ese debate. Esa duda, el plantear otras posturas y defenderlas desde el respeto. Un Ágora ateniense en el que fraguar soluciones pactadas para el bien común del país y del pueblo. Una tradición, un rasgo, del que no ha sido ajeno, ni mucho menos Alemania, en su mejor época de estado democrático garante del bienestar social con políticos de la talla de Willy Brandt. Políticos como el ministro Schäuble, político de talla inmensa y talante moderado y dialogante, que ha dado a su discurso y a su postura el mismo giro duro e intolerante que está dando todo el país, la mayor potencia económica de Europa. Hay verdades creadas de las que nadie discute, que nadie cuestiona en Alemania, ni políticos, ni periodistas. Y todos sabemos cuáles son esas “verdades”. Buenos y malos. Trabajadores y vagos. Sentimiento de víctima, ayudamos a todos, y de superioridad / unidad, que se lo curren ellos. Retórica agresiva, y medidas reales y efectivas, terribles, para acompañar a esa retórica. Y sin voces internas discordantes. Peligroso. Muy peligroso.

Evidentemente, la situación actual es distinta, y la foto de los últimos 50 años muy diferente. El infierno catártico de la Segunda Guerra Mundial dio lugar a un nuevo orden totalmente nuevo. Y precisamente la unidad de Europa Occidental nació, con los procesos que todos conocemos, basada en unos principios evolucionados del tronco de la Revolución Francesa. Francia, en un momento iremos con ella. Del tronco de la Revolución Francesa y de la semilla de la vieja democracia europea. Grecia. Nuestra cuna. Europa. Unos principios de paz, de estado social de derecho, de libertad e igualdad, de solidaridad. Unos principios que impulsó decisivamente una Alemania exhausta y deseosa de paz, seguridad y prosperidad. Unos principios políticos justos y encomiables. La vieja Europa iba a ser de nuevo el faro de los Derechos Humanos. Unos principios políticos a cuyo socaire se han desarrollado unos principios económicos necesarios, complementarios, y, en principio, igual de encomiables. Una unidad económica, una moneda, un actor económico de primer orden. Una compañía de teatro para ese actor económico en la que, evidentemente, los papeles no son iguales, hay protagonistas y secundarios. O casi mejor, capitanes y soldados. Unos principios económicos que acabaron engullendo a los políticos. Un arma en manos de la renacida Alemania  con la que los ha hecho saltar en pedazos para volver a comenzar en el tablero de la historia. Un pueblo. Un Reich. ¿Un Führer?

Europa. Tres actores principales y una obsesión. Reino Unido. Inglaterra, la pérfida Albión. Más inteligentes que nadie. Fuera del Euro, la Libra es una de las grandes monedas de referencia. Siguen, de algún modo, siendo la Metrópoli, al menos emocionalmente, del Imperio Británico. La Commowealth es un gran invento, y ser la reina madre del actual Imperio, no es cosa menor. Anglosajones, distintos hasta en su sistema judicial, laboral, de derechos… La City sigue siendo una de las principales plazas financiera del mundo, y, desde luego, la principal de Europa con diferencia. El Canal de la Mancha a veces parece un océano. Están, pero no son, o son, pero no están. Y antes del Eurotunel bien decían ellos que cuando había tormenta en el Canal, el Continente se quedaba aislado. La gran potencia independiente de Europa. Y en ese Continente tenemos a los otros dos actores, Alemania, y Francia. Francia. La Grandeza. La Revolución Francesa, la cuna de los Derechos Humanos. Liberté, fraternité, equalité. Madre ideológica de esa Europa unida de posguerra. Y blanco principal de todas las agresiones alemanas de los últimos siglos. Una obsesión. La segunda potencia en liza, el otro gallo en el gallinero. En la Primera Guerra Mundial, tras Bélgica, una minucia, vino Francia. En la Segunda, tras Polonia, y los territorios “alemanes” del antiguo orden, una pequeñez, el plato fuerte: Francia. Ahora ha sido Grecia, y, evidentemente, no podrá ser Francia, pero no será por falta de ganas. Esos apretones de manos atrapan siglos de enemistad. Dos gallos en el gallinero. Malicio que hasta un sentimiento de inferioridad soterrado. Alemania, la mecánica alemana, la potencia industrial. Pero enfrente, la marca “Francia”, el lujo, el glamour, el arte, Paris, Cannes, el vino, la moda, el estilo. Mola más, y eso escuece al otro lado de la frontera norte. Si a eso sumamos el chauvinismo con el que miran por encima del hombro al vecino, y que nunca, nunca, nunca han podido doblegarla, tienes la tensión servida en el seno de la Unión. Y el tablero de una extraña guerra económica. Cordial, fría y despiadada. Una superpotencia agresiva, otra como dique y garante de los viejos valores, poli bueno para nada gratuito, otra que observa, que nada y guarda la ropa. Potencias y sus aliados. En nuestro caso, un triste gobernante, gris y timorato, inconsciente de su propia fortaleza arrimándose al matón de la clase, el correveidile del patio del cole, el tiñoso acusica vocero de su amo. Pero así somos también nosotros, el Imperio que no supo ser, el hidalgo ladrador y poco mordedor.

Esta es mi foto del paisaje tras la batalla. Una guerra económica, silenciosa, larga e impredecible en sus consecuencias, en sus vencedores y vencidos. Un palimpsesto escrito encima de la etapa más luminosa, políticamente hablando, de Europa. Un libro caído de la estantería para hacer sitio a un volumen más de la gruesa biblioteca bélica de nuestro viejo continente, en el que, al final, nada cambia, aunque todo se transforme.

bluebird Comunicación
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