Ansia por un cambio

¿Qué puedo contar realmente? ¿Puedo aportar algo si hablo del proceso electoral de este domingo? Supongo que todo el mundo puede. Cada uno desde su experiencia, sus desprecios y fobias, sus anhelos. Y también desde sus expectativas. Casi todo el mundo tiene las suyas, más en esta época donde cada cinco minutos hay una nueva encuesta para identificar las intenciones de voto, señalar los principales problemas de la sociedad en la que vivimos o distinguir si nos gusta más un refresco u otro o el más sofisticado de los gintonics.

Hay gente que no tiene ningún tipo de expectativa, porque tiene muy claro que no piensa acudir a las urnas y no les importa casi nada lo que salga de las urnas. Cada persona con sus motivos, por desidia, por abandono de la política, o por mil motivos más. Es respetable, claro. Siempre he estado muy en contra de los que dicen que si no vas a votar, no tienes derecho a quejarte. Para mí, quien pague sus impuestos, tiene todo el derecho a criticar la gestión de la cosa pública, porque en parte se está gestionando su dinero. Tiene mucho más derecho que el que esconde su dinero en un paraíso fiscal a través de pantallas societarias, pero luego sigue usando los servicios públicos del país al que defrauda.

Además, yo no soy quién para criticar a alguien que no quiera ir a votar. En los últimos años yo también he fallado algunas veces. Cuando no consigues encontrar nada que te guste, es mucho más difícil motivarte para ir a un colegio, entregar tu DNI y un sobre con una opción escogida. Si, podría votar en blanco o nulo (poder votar a Yoda o meter unas rodajas de chorizo en un sobre son opciones que tienen su puntito), opción respetable al máximo, pero que nuestro sistema electoral margina hasta tal punto que no cuentan para el posterior reparto de escaños. Eso debería cambiar. Tener asientos vacíos porque parte de la población lo ha querido debería poder ocurrir. Como toque de atención tendría mucho más sentido que un simple porcentaje reflejado en un listado de partidos. «Hey, diputado, ¿Ves esos cuatro asientos vacíos? Pues así toda la legislatura, porque hay gente que cree que no sabéis hacer las cosas pensando en el pueblo, que es vuestro cometido».

Esta vez no me voy a saltar las elecciones. Me vuelve a picar el gusanillo. Y eso me hace bien. No, no he encontrado todavía esa opción maravillosa, la que me convence del todo, pero esta vez me puedo conformar con algo que me apetezca a medias. Por un simple hecho, hay mucha gente que me necesita, que nos necesita a muchos para que digamos que lo que esta pasando aquí es insoportable, y que las cosas están tomando un cariz que tiene muy poco que ver con la democracia. Porque es el momento de dejar de estar secuestrados por dos partidos políticos. Sí, vale, secuestrados es una palabra muy fuerte, porque si es la gente quien vota esas opciones, la democracia representativa nos tapa la boca. Ajo y agua.

Pero para que realmente el poder político en España esté dividido, casi en su totalidad, entre dos opciones, y los demás nos tengamos que callar, debería de haber un poco de igualdad de oportunidades entre todos. Hablo de espacios en la calle y en los medios de comunicación. Eso no existe. Son tan pocos los medios que dan cabida a una cantidad razonable de opciones políticas (no digamos tratarlas con ecuanimidad), que al final asistimos a un juego con trampas, aunque haya honrosas excepciones. No se puede competir así. El Real Madrid y el Barcelona, salvo descalabro, tienen siempre garantizado un puesto de Champions, porque no compiten en igualdad de condiciones con los demás equipos de España.

Si, acabo de hablar de fútbol. Porque la política se esta convirtiendo en fútbol, y eso es pésimo en cuanto a calidad democrática. La decisión del voto no puede tener nada que ver con un equipo de fútbol. Del equipo se hace alguien de pequeño, y raramente cambia de idea a lo largo de su vida. Pero con las urnas por medio, no estamos hablando de Luis Enrique, Ancelotti o Simeone, estamos hablando de una decisión que va a tener un peso garantizado en tu vida. Debes elegir entre quien lucha por lo público, o quien tiene una visión más cortoplacista ante una situación delicada, o quien da prioridad al medio ambiente, por esbozar algún ejemplo.

Y la opción que más te gusta no tiene por qué ser siempre la mejor para ti. A veces ese partido puede tomar un camino que se aleje de lo que te sedujo de él. Ya votamos demasiadas pocas veces en la vida como para tener que vivir atados a una opción política para siempre sin ni siquiera reflexionar lo suficiente sobre si sigue siendo lo que tú quieres.

Para reflexionar, la mejor ayuda es escuchar otras cosas, leer un poco lo que dicen otras opciones. En la sociedad de la información nos estamos acostumbrando demasiado a quedarnos con los titulares. Y a menudo un titular no define una manera de querer hacer las cosas, porque puede deberse a una equivocación o a no haber elegido, en un momento preciso, las palabras adecuadas para expresar una idea o una propuesta. Es mejor bucear un poco, leyendo un programa electoral o viendo entero el discurso del que salió ese exabrupto que te ha hecho condenar por lo siglos de los siglos a un político o un partido.

Leer un programa electoral, pero ¿Qué estoy diciendo? ¿Pero me estoy oyendo? Es una tarea desagradable, pero ahora mismo son los propios partidos los que la convierten en más desagradable todavía. Suele tratarse de una ristra de promesas, muchas de ellas sin entrar en detalle, que después pueden acabar en un vertedero de basura. Cuando hablamos de calidad democrática, hablamos de comprometer a quien gobierne a que cumpla una gran mayoría de sus promesas. Siempre con un margen de acción, un poquito de manga ancha, especialmente si tiene que pactar para poder ostentar el poder y comandar una determinada administración.

Es mejor hacerlo de otra manera. Lo de escuchar a una opción que no sea la tuya. En realidad lo mejor es hacer un seguimiento durante la legislatura. Escuchar un mitin o leer un programa electoral se parece un poquito más a hacer los deberes a última hora. Ojo, nunca esta de más, pero cuando sigues habitualmente a un partido, el programa acabará siendo una consecuencia de lo que ya hayas detectado con el paso de los meses y los años (y prometiendo mucho).

Una población que esté pendiente de lo que hacen sus políticos poseerá una mayor calidad democrática. Teóricamente para facilitar eso están los medios de comunicación, pero el gremio periodístico no está ahora mismo para vendarse los ojos y creer ciegamente, aunque siga habiendo honrosas excepciones. Esto es más un trabajo individual que otra cosa, aunque en grupo es otra opción muy plausible.

«Uf, qué pesado se está poniendo este tío, como si no tuviera nada mejor que hacer». En realidad sí tengo algo que hacer, tengo algún programa electoral esperándome. Deberes de última hora, sí, pero es que cuando quedan sólo unas pocas decenas de horas para las elecciones, no tengo mi voto decidido. Sólo se que voy a ir a votar, pero estoy apurando el tiempo para tomar mi decisión. Y si la tuviera tomada no la compartiría en este artículo. No es mi intención convencer a nadie de una determinada opción.

Sí estoy más por la labor de señalar a dos partidos que han terminado siendo bastante nocivos para nuestro sistema político. Les hemos dado tanto poder a lo largo de décadas que ahora se creen con derecho a despreciar a otros partidos, porque sólo ellos tienen experiencia en gestionar la cosa pública. Eso, dentro de un periodo de campaña electoral, podría ser casi tolerable, pero que tengan la desfachatez dedespreciar a los ciudadanos dice muy poco de su carácter democrático, el que se hartan de vendernos a todas horas (más bien, los hartos somos nosotros).

El Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español han llegado muy lejos, y es hora de exigirles mucho màs. Más democracia, ni más ni menos. Eso se consigue con unas pocas recetas, muy simples en principio, que ahondan en asegurar un mayor control de los gobernantes.

La separación efectiva de poderes es un déficit democrático que seguimos teniendo en España. Que los políticos elijan jueces no debería parecerle normal a la gente. ¿Es que no es obvio que eso abre de par en par las posibilidades de corrupción? Y tener a todo alto cargo de la administración como aforado pues es otra manera de separarles, de convertirles en una clase aparte, separada del rebaño. No son necesarios 10.000 aforamientos, ni 1000, ni 100.

La transparencia, por favor. Nos han vendido ahora que por primera vez se ha legislado en este asunto, pero Espinete sigue pareciendo Espinete, no sabemos quién está debajo de las púas. Hay que ser serios y demostrar que la gente que está en política no está para enriquecerse, sino para servir, que no es otra la misión del político. Hay que saber, porque esté debidamente publicado, de dónde proviene una determinada persona, tener su curriculum muy claro. Creo que esto es muy razonable teniendo en cuenta la polvareda que hay levantada en estos momentos y la de horas que están echando los periodistas de tribunales.

Ah, y por favor también, limitemos los mandatos. No se qué tiempo es bueno, ocho años, a lo mejor incluso 20, pero sumando todos los cargos electos (y nunca más de ocho en ninguno). No sé, a lo mejor puedes ser concejal ocho años, otros ocho presidente autonómico y otros cuatro senador. Se acabó tu carrera política, si quieres seguir siendo funcionario, por oposición, pero no te puedes presentar a más elecciones. Y que se acaben las duplicidades. Si eres alcalde, en ningún caso puedes ser senador a la vez. Céntrate en una sola función, que con un solo sueldo también se puede vivir, o si no pregunta a tus conciudadanos.

Desde luego, hay que aumentar las fiestas. No lo digo simplemente porque seamos españoles y nos gusten las verbenas. Es que ya tenemos muy oído que el día de las urnas es la fiesta de la democracia. Pues confieso que yo soy muy fiestero, y me gustaría irme de fiesta más a menudo. Las generales, europeas, autonómicas y municipales no me parecen suficientes fiestas. Señores, hay una cosa que se llama referéndum y nuestra clase política le tiene una tremenda alergia. Los cambios constitucionales deberían llevar aparejada esta forma de participación ciudadana. Pero sin abusar de las campañas, ni en elecciones ni en referéndums. Teniendo internet, ese gasto debería reducirse. Tienen ustedes toda la legislatura para lucir palmito a lo largo y ancho de su territorio, no se me sofoquen con dos semanas de dormir y comer poco y no parar de viajar.

No hay mejor consenso que preguntar al pueblo y que éste decida. Si después la decisión es mala, seremos todos culpables, no sólo unos pocos personajes alejados de la ciudadanía.

Se podrían poner más ejemplos de medidas, en realidad esto podría ser muy largo. Simplemente, añadiría que la política en un país que se autoproclama democrático debe estar totalmente enfocado hacia los derechos humanos. Es decir, las personas por encima de las entidades. Y aquí entra desde una revisión profunda de la cuestión de los desahucios hasta la simple libertad de expresión, pasando por un cambio radical en cuanto al trato de la inmigración.

Tal como están las cosas, el dar un enfoque medioambiental a la política parece algo que no vamos a poder elegir. Va a tener que ser así, más temprano que tarde.

Voy a tener que dejarlo aquí, que esos programas que me esperan no se leen solos. Si has llegado hasta aquí, amiga (joder, es que no he hablado ni siquiera de igualdad de género, la pobre madre que me parió), vota lo que quieras, es tu derecho (pero no tu deber), yo sólo te he contado todo esto para que tengas en cuenta que hay dos fuerzas políticas que nos han perdido el respeto y de alguna manera les tenemos que hacer ver que nuestra confianza merece determinadas cosas a cambio. Ojo, las mismas que deberemos exigir a quien nos gobierne en el futuro. sea cual sea su color.

Fotografía: Marte Merlos ©

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