15M, una historia de amor

El 15M cambió mi vida para siempre, de un modo en el que jamás hubiera imaginado. Cuando surge el tema en una conversación, sean sus participantes detractores o defensores del Movimiento, el corazón me delata y una sonrisa cómplice aparece en mis labios. Aquella primavera ya hubiera sido especial de por sí: miles de personas escuchaban a cualquiera que no le temblara la mano al coger el megáfono, se crearon comisiones de cultura, educación, legal, respeto y poesía (entre muchas otras), hubo debates sociológicos de altura a la sombra del reloj de la Puerta del Sol, y entre toda aquella gente, el ya desaparecido Galeano, paseando con las manos enlazadas a la espalda y sonrisa malandrina. Hubiera sido memorable tal cual, pero, además, en el 15M conocí a Sara. Y todo cambió. Quizás fue la ilusión de toda la gente lo que encendió la chispa, o aquel romántico paseo por San Jerónimo esquivando los proyectiles de goma, pero desde entonces caminamos juntos. Entenderéis entonces que hoy, cinco años después, aquella sonrisa reminiscente permanezca intacta, aun a pesar de los devenires políticos que han ido erosionando la ilusión de todas las personas que nos reunimos en aquella plaza.

No sé qué os habrán contado del 15M ni qué habréis elegido creer de aquello que os contaron, pero, a tenor de lo visto en la prensa en aquellos días, temo no se corresponda con la realidad. Una gran parte de los medios de comunicación del país no estuvo a la altura de las circunstancias, iniciando una cruzada de tinta que puso en evidencia de dónde venía la mano que les da de comer. Desde «perroflautas» a «terroristas», nos llamaron de todo. Los«“indignados», eso sí era cierto. En Sol conocí a médicos de la Seguridad Social, a profesoras de Universidad, a un punky genial del que no recuerdo su nombre, pero sí por qué antropología sería su tercera carrera: «No puedo entender de qué van estos hijos de puta, a ver si entiendo de dónde vienen». Yo, como Sara y otros tantos miles de personas, no fui a la Puerta del Sol para quemar lecheras ni derribar el Estado de Derecho; todo lo contrario. Si algo se respiraba en el aire aquellos días era la sensación de estar luchando por algo justo, el firme convencimiento de que estábamos haciendo lo correcto. Cansados de murmurar «son todos unos sinvergüenzas» con resignación desde el sofá de casa, levantamos el culo y nos organizamos. Y lo hicimos bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias. El 15M fue una respuesta ejemplar, pacífica y responsable, una lección de democracia de un pueblo harto de ser ninguneado. Si os cuentan otra cosa, mienten.

En el quinto aniversario de aquella maravillosa primavera el escenario político ha cambiado considerablemente. Una de las “consecuencias políticas del 15-M” ha conseguido poner en jaque a las dos fuerzas que se pensaban dueñas del tablero. Ahora se entiende aquel esfuerzo feroz por demonizar a los allí presentes. Frente al desaliento de una segunda vuelta electoral, que ilustra la evidente distancia entre política y ciudadanía, en la última semana una buena parte de la izquierda española ha sabido ponerse de acuerdo. Pero eso es otro tema más complicado. No obstante, sigo pensando que en el 15M escribimos un pedacito de historia. Desde la distancia, lejos de mi país y mi gente, de mi ciudad, a mi memoria le gusta regresar a aquella plaza. Aquella donde el pueblo español se levantó contra los franceses, donde nacen todos los caminos, la plaza que cambió mi vida: donde conocí a Sara.

Por cierto, mañana es mi cumpleaños, si queréis tener un detalle conmigo ya sé lo que quiero: que votéis el 26.

bluebird Comunicación
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