Salidos de madre

0

Se sale de madre. Suele pasar, o se suele decir, cuando un situación, que se cree controlada y a la que se somete a una leve presión, termina por escapar a todo control, convirtiéndose en puro caos y un sálvese quien pueda.

Hace tiempo que vivimos todos salidos de madre. La histeria en prácticamente cualquier aspecto de nuestro día a día se ha impuesto por encima de la tranquilidad. ¿Quién se para a respirar hondo, a contar hasta diez (o 100, o 1.000)? ¿Hay alguien que no vista la piel tan fina que salte a la menor contrariedad? Esa gente existe, pero parece que se está convirtiendo en una suerte de rara avis que terminará por evolucionar a mito folclórico. Como las meigas, como los billetes de quinientos euros.

Estamos asistiendo al gran momento de la posverdad, que a lomos de Internet ha conseguido un poder por encima de cualquier otra cosa. La información es poder, un mantra que en las últimas décadas se ha hecho realidad y por el que se está matando. Ahora se ha ido más allá, y no sólo se trata de tener controlada esa información (qué, cómo, cuándo, por qué…), sino que en esta década la obsesión por poseer la noticia ha derivado a manipularla y distorsionarla para sacar el máximo beneficio. Ahora quien domina la posverdad es poderoso. Si a ello le unimos el ansia por estar informados al instante se da el curioso resultado por el cual no importa lo que se dice acerca de una noticia mientras seas el primero en hacerlo. ¿Os suenan esas noticias que copan nuestras redes sociales que hablan de asuntos tan extremadamente falsos que parece mentira que haya gente que se las crea? Esa es la tan manida posverdad. Donald Trump sabe mucho de eso.

A veces uno cree que la sociedad terminará tan pervertida que la gente adoptará identidades falsas día tras día: un lunes será Fulano de Tal (y muchos le creerán) y el martes Talano de Ful (y los mismos que le creían el lunes volverán a picar). Porque no son pocas las personas que ni siquiera se dan cuenta que dan pábulo a informaciones que se contradicen constantemente. Lo que ahora es verde en pocas horas será amarillo.

Y, sin embargo, es la evolución lógica a un sistema de conectividad global que genera una cantidad de datos indecente; la población demanda más y más, es insaciable y el sistema se retroalimenta a una velocidad vertiginosa. El mundo del periodismo está en plena fase de transición a otro modelo que nadie puede vaticinar en qué consistirá. Muchos medios están confundidos, incapaces de adaptarse a las nuevas tecnologías, desconfiados de otras formas de generar información y anclados en un temeroso inmovilismo que tarde o temprano les pasará demasiada factura. Hay debates, muchos expertos intentan dilucidar qué se debe hacer. Hay algunos atrevidos que llegan a insinuar que se debe ejercer más control sobre los canales de información, lo que ha generado amargas polémicas que por el momento no han logrado arrojar algo de luz a un panorama que está más enturbiado que nunca.

Ser periodista hoy es una profesión de riesgo, igual que la de escritor. En realidad como la gran mayoría. Vivimos mejor que nunca (en el “Primer Mundo”, por supuesto) y, sin embargo, parece que las desgracias e injusticias se suceden con mucha más asiduidad que antes. Hay más corruptos, más racismo, un machismo más peligroso que el de antaño (afirmación que daría para otro artículo), dificultades para seguir el día a día, no hay trabajo para toda la gente (literal)… La lista da para varios folios. Y en ese escenario es en el que aparece la posverdad, la guinda a un muy penoso pastel. Y la gente se empapa de ella, se vuelve menos paciente, más intolerante, menos reflexiva.

Actualmente, en este caldo de cultivo demasiado caliente en el que nos estamos cociendo los periodistas se ven acucidos por un entorno laboral muy complicado, unas presiones por todas partes capaces de condicionar hasta extremos insospechados; dar la más banal de las informaciones está observado con lupa, y según a quién roce puede acarrear consecuencias. Es algo que siempre ha ocurrido, pero da la sensación (a quien escribe le parece) que hoy en día la soga que pende en el cuello del periodismo está mucho más apretada que nunca. No hay día que no haya una polémica, una agria discusión que inunda las redes y da alas a que gente anónima se enzarce en discusiones inútiles, más basadas en el insulto gratuito que en la argumentación ponderada. Y a veces lo observamos como voyeurs culpables de un delito de aliento velado a quienes hacen mucho ruido sin sentido.

No obstante, hoy más que nunca no hay que dejar de buscar la verdad aunque el mundo está más engañado que nunca. Quien sabe si llegarán tiempos mejores, o la misma posverdad termine por darse la vuelta como un calcetín.

Sobre el Autor

Alejandro F. Orradre

Hijo de los 80, lector enfermizo, aspirante a escritor. Todo lo que vivimos ha de ser contado.

Dejar una respuesta

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
A %d blogueros les gusta esto: