Soy yo, socorro

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Habían pasado dos semanas y algunos días más y nadie, en mi nuevo trabajo, parecía interesarse por mi vida. Había grupos y estos, como era de esperarse, ya estaban formados. Sus miembros se reunían para hablar durante los descansos y daba la sensación de que llevaban trabajando juntos desde niños. Por más que me esforzaba observando, el hallazgo que anhelaba —es decir, encontrar a alguien solo, como yo, que fuera a su aire o que sufriera desatención— no se producía. Así que no podía evitar sentirme ajeno y totalmente al margen. Será cuestión de tiempo, pensé. Lo cierto (a la vez que preocupante) es que pasó otra semana más y no hubo ningún acercamiento de su parte. Me propuse, pues, tomar la iniciativa influido por los consejos recibidos en ocasiones anteriores.

Lo curioso era que si intentaba integrarme a alguno de los grupos, formulando preguntas básicas para romper el hielo, sus respuestas eran concisas, por no decir sosas y monosilábicas. “Mucho curro hoy, ¿no?” “Sí”. “¿Cuánto tiempo llevas aquí?” “Bastante”. “Uf, aquí también pasa lo del aire acondicionado, ¿no?” “Ya”. Si optaba por el plano personal, jamás había un “¿y tú?” en sus respuestas. “¿Vives lejos o por la zona?” “Por el centro”. “¿Y sólo trabajas o también estudias?” “Estudio, sí”. “¿Vienes en coche o en metro?” “En autobús”. Como no me pagaban para entrevistar a aquella gente, como tampoco pensaba seguir con absurdos interrogatorios a punto de convertirse en soliloquios, como no estaba dispuesto a volver a ser “El Gran Marginado del Departamento y de la Empresa del Año 2012” (Esta vez no, me dije a mí mismo con ese clásico tono de voz de personaje de película de intriga), decidí hacer caso omiso del sentido común y de la sensatez e inclinarme por el último recurso, por el que resaltaba inmaculado entre una serie de tachones de mi Moleskine, aunque tuviera que invertir dinero de una primera paga que ni siquiera había recibido.

Una noche, antes de irme a la cama, rebusqué entre el cajón de mi mesa de estudio y encontré lo que buscaba. En todos los papelitos venía su nombre, una pequeña imagen suya impresa con tinta roja, un listado de sus poderes y dos números de teléfono de contacto. Se trataba del Maestro Hadji (también conocido como Molay, Kaba, Mamy, Adama, Diaby, Taslimi, Ismael, Conte o Sila, dependiendo de la entrada/salida del metro en donde sus siervos lo promocionaran), Gran e Ilustre Vidente Africano. “Infalible”, resaltaba en letras mayúsculas. Dado que prometía “resultados inmediatos garantizados”, no quise darle tantas vueltas al asunto; al día siguiente, a la hora del almuerzo, marqué uno de los números y acordé una primera cita. Mi interlocutor, con claro acento árabe —marroquí, según deduje—, me expuso de manera concisa cómo proceder y a dónde dirigirme. Su parquedad no me transmitió confianza alguna; además, presentí que más que indicaciones me estaba dando órdenes. Aun así, consideré propio de espíritus débiles echarme para atrás y esa misma tarde me personé en su consulta.

La sesión se llevó a cabo en una pequeña y sombría habitación de un piso de aspecto ruinoso y vetusto en donde el Maestro Hadji y sus ayudantes —dos mujeres negras, al igual que él—, habían improvisado una suerte de trono revestido con pieles animales y alguna que otra pluma de considerables dimensiones, además de varios altares colgantes que incluían velas aromáticas, incienso y figurillas de madera y huesos presuntamente traídas de Chad, Senegal o Lavapiés, como quise aventurarme a pensar.  Me senté frente a él. Tal como lo hubiera hecho un ovni, la densa luz de una lámpara colgante se derramaba sobre la pequeña mesa de madera que nos separaba. Luego de entregarle el sobre con el dinero, el Gran Poseedor de Potestades Ancestrales agradeció mi interés en ser “guiado” por su sabiduría y me invitó a que expusiera de manera detallada mis vicisitudes. En un momento de mi, digamos, confesión, el Maestro Hadji me mostró su dentadura blanca y me indicó que parara.

—Es suficiente —habló, parsimonioso—. Conozco ese problema y tengo la solución. Sí, la solución está en sus manos. Vamos, que el Gran Hadji puede arreglarlo —y levantó ambos brazos, para enseguida sacudir las manos, como si acabara de mojárselas.

Una de sus ayudantes apareció frente a mí con una bandeja plateada en la que había seis pequeños frascos y me pidió que eligiera uno. Sin permitir que su esbeltez y presencia jovial y perturbadora me distrajeran, obedecí y señalé uno al azar. El Maestro Hadji tomó mis manos, las atrajo hacia él, volteándolas de tal manera que pudieran quedar visibles las palmas, me indicó que no las moviera, abrió el frasquito elegido y derramó cinco gotitas sobre cada palma. De inmediato empezó a frotarlas de forma circular mientras su boca emitía una especie de letanía incomprensible y sus ayudantes, envueltas en túnicas largas y ceñidas, luciendo collares vistosos, se movían por la habitación simulando una suerte de trance.

—Cierre los ojos e imagine que lo persigue una jauría de perros —me expuso en un español perfecto, como si lo que se disponía a decirme se lo hubiera aprendido de memoria— y llega corriendo a casa de sus padres. Concéntrese y repita conmigo mientras llama a la puerta sin permitir que la desesperación lo descontrole.

—Soy yo, socorro. Soy yo, socorro. Soy yo… —repetí hasta diez veces como si estuviera en el colegio, a la vez que sentía manos acariciando mis hombros y espalda.

Debo reconocer que salí de allí un poco mareado, con la luz de la tarde irritándome los ojos y evidencias de sudor en partes visibles (y sensibles) de mi cuerpo. De hecho, como dato curioso, recuerdo que en cuanto dejé atrás la puerta del edificio, una erección inesperada me acompañó hasta la entrada del metro, unas… cinco calles. Acredité esta no tan grata reacción (llevaba pantalones de vestir y a esas horas el barrio de Canillejas no es un páramo desértico precisamente) a la imagen que todavía recuerdo de las ayudantes del Maestro Hadji. Creo que en algún momento de la sesión imaginé que iban totalmente desnudas debajo de sus túnicas y sospecho que quizás, inducido por la pornografía que consumía por aquellos años, llegué a imaginar algo más elaborado y lascivo. El punto es que, mientras iba en el metro, noté que me dolían las piernas y los brazos. Me sentí débil a la vez que sofocado. Por alguna razón, presentí que un gran porcentaje de viajeros me escudriñaban; algunos de manera sutil; otros, los pocos, de manera descarada. Esa noche, luego de cenar un panini de queso y beicon y un vaso de zumo de manzana caí rendido en el sofá. No eran ni las nueve y no me desperté hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

Me percaté del primer signo (señal, evidencia, indicio, absurdo… como queráis llamarle) del día esa misma mañana, cuando una de mis compañeras se acercó para decirme que Ana (¿Cómo iba a saber yo quién era Ana?) estaba cumpliendo años y que en uno de los cubículos vacíos había bandejas con algo de picar. ¿Me estaba “invitando a que fuera, a que participara”? Perplejo, agradecí la invitación y de inmediato pensé en el Maestro Hadji, en sus córneas biliosas, en su frente huesuda y en la frialdad de sus dedos largos y pesados. No habían pasado ni veinticuatro horas. Si eso no era eficacia, ¿qué podía ser? Yo lo tenía más que claro. Antes de acercarme a degustar trocitos de tortilla, mini napolitanas saladas, aceitunas, rodajas de salchichón y empanada gallega (Ana, luego me enteré, era de Vigo), me escabullí al servicio. Como lo hubiera hecho un adolescente asustado por cualquier descubrimiento de cuestionable relevancia, busqué la fidelidad y la contundencia del espejo. Quería corroborar que seguía siendo yo, el nuevo de la empresa, el proclive a ser marginado; que mi compañera no se había equivocado al incluirme.

Como si no me reconociera, me acerqué lo más que pude al espejo, aprovechando que estaba solo. Mi nariz era un pequeño huerto de puntos negros; excepto por el color, se asemejaba a una fresa. ¿Tenía papada? Sí, ahí, como una cría de serpiente albina colgando de mi mandíbula. También lunares y pequeñas verrugas marrones en el cuello. ¿Hace cuánto no iba al dentista? ¿Cuándo había dejado de usar hilo dental? Las paredes interiores de mis dientes albergaban una masilla blanquecina que no quise definir como sarro, pero que sin duda lo era. Había perdido cabello en la parte frontal de la cabeza; pecas oscuras adornaban ambos laterales de mi sien como si tuviera setenta años; en mis párpados inferiores se apreciaban lo que más tarde serían bolsas. Suspiré, aturdido e incrédulo. Todos eso desperfectos físicos no estaban ahí, no de manera tan evidente, al menos. Dado que me podía más la emoción de que mi problema para integrarme estuviera a punto de volatilizarse, dejé mi molestia para otro momento. Si la cosa seguía así, a lo mejor podría ahorrarme la siguiente visita al Maestro Hadji. Lo cual, en efecto, ya no fue necesario.

Del resto de la historia podrán dar fe mis compañeros. En menos de un mes, el Eficaz e Infalible Vidente Del Indómito Continente Africano logró que me convirtiera en uno de ellos, en uno más de la Gran Familia. Los más observadores y sensatos, los más cercanos a mi cubículo, se percataron del parecido entre nosotros y entonces hubo reciprocidad, aceptación, entendimiento… Y aquello fue como una onda expansiva. Vinieron a mí, vinieron a “socorrerme” porque se vieron en mí, porque soy como ellos, reflexioné en repetidas ocasiones mientras subía y bajaba por el ascensor llevando papeles que no le importaban a nadie, que había sacado de la caja de papel para reciclar y que era precisamente para eso, para reciclarlos.

Puede que mi reflexión no se comprenda a cabalidad sin entrar en detalles. Os lo resumo de manera breve aunque pormenorizada: aumenté de peso de manera poco uniforme; cara, pecho, abdomen y culo, especialmente. A una posible halitosis (no de carácter crónico, debo matizarlo) le acompañaron constantes ataques de verborrea, salivación leve, caspa, temblores de manos y tics nerviosos. De manera esporádica, aparecía en la empresa con orzuelos, acné, ojeras y abscesos labiales. Me reía sin saber por qué, solo o acompañado, a veces de manera escandalosa. De pronto, me dio por caminar sin apenas bracear, con la vista ida, imaginando que el Maestro Hadji me proponía encargarme, de manera libertina, de sus ayudantes. Me convertí en esclavo del café y de las bebidas isotónicas, lo cual no evitó que más de alguna vez cayera dormido sobre el teclado del ordenador o sobre mi tupper con albóndigas que ni siquiera había podido descongelar bien, por suerte. Mi dentadura agradeció que empezara a fumar, o más bien, que pretendiera fumar, porque ni siquiera me tragaba el humo. Decoré el monitor y las cuatro paredes de mi cubículo con post-it de todos colores, formas y tamaños en los que escribí una buena lista de frases motivacionales así como los números de móvil de mis nuevos compañeros y de tipos de otros departamentos con los que cruzaba opiniones acerca de sus temas favoritos: novelas medievales, fiestas temáticas, bricolaje, coches, juegos de rol, salud. Si tenía que deletrearle un nombre por teléfono a algún extranjero —Orihuela, por ejemplo—, fingía seriedad y decía en voz alta: O, de Osteoporosis; R, de Reumatismo; I, de Inanición; H, de Hipotiroidismo; U, de Urticaria; E, de Escorbuto; L, de Lubricante y A, de Agorafobia. No quiero hacer alarde, pero las risas y el jolgorio a propósito de mi ingenio y mis arrebatos de humor se volvieron míticos en mi trabajo.

No sólo me habían aceptado; temía que llegaran a admirarme. En tal situación, ¿qué podía molestarme? ¿Qué podía provocarme vergüenza, reparo, timidez? Absolutamente nada. Ahí estábamos todos, ocho, diez, hasta doce horas juntos, semana tras semana, compartiendo alegrías y adversidades. Aun consciente del desacuerdo mostrado abierta y repetidamente por parte de mis padres, familiares y amigos de toda la vida ante mi negativa de visitar al médico o al psicólogo, sabía que había encontrado mi sitio en la empresa: nada mejor para sentirme bien conmigo mismo. “Que no, que no me pasa nada. Que no necesito ir, joder. Y tampoco es que me sobre el tiempo”, me argüía y me excusaba para zanjar el asunto. Cada vez que mis compañeros venían en manada a mi cubículo para saludarme, para que los pusiera al tanto de mis aventuras del fin de semana o para pedirme que fuera con ellos a comer o a fumar un pitillo mientras y así poder charlar tranquilamente del aire acondicionado, de las vacaciones o de la última incorporación a la empresa (“ese rarito”, enfatizábamos con un tono muy cercano a la sorna), yo sonreía con siniestra alegría.

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

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