Rueda fortuna

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Lo primero que escuchó fue la voz de Iñigo, el menor de sus tres hijos, a menos de medio metro de la cama, imitando a algún personaje de la decena de dibujos animados que veía a diario:

—¡Ha abierto los ojos, mamá!

Aquellas palabras que tardaría años en olvidar fueron la constatación de que seguía con vida, de que había ocurrido algo —un incidente, pensó como si lo hubiera dicho en voz alta— que en ese momento era incapaz de asimilar pero que, a fin de cuentas, suponía, se quedaría como una anécdota circunstancial ya que seguía vivo. Aunque estuviera en un hospital, lo importante era que veía, respiraba, oía. Su mano derecha buscó la cabeza del niño mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y la garganta le escocía como si estuviera tragando agua hirviendo. Detrás de la pequeña figura de ojos claros y rizos rubios se escucharon voces, movimientos de sillas y de la puerta. El resto de su familia fue apareciendo ante su reducido radio de visión: cuatro personas congregadas a su alrededor, cuatro rostros que describían una mezcla de preocupación y de alegría, cuatro miradas que lo examinaban.

—¿Cómo te sientes? —preguntó por preguntar, porque en realidad lo que quería saber era qué había pasado, o más bien, qué había hecho y por qué había aparecido inconsciente en el parque Gallarza.

Aunque se trataba de una simple pregunta, el tono de su mujer incluía molestia, irritación y reprimenda. Había bebido, sí. Y algo había hecho mal, seguro. Pero, ¿qué? Recordaba poco y en el fondo agradecía que fuese así. Recordar suponía un peligro y su intención, antes que recordar, era empezar a sentirse bien, a reponerse. Así que hizo lo posible por activar los músculos de la cara para asentir y sonreírle a aquella imagen inquisidora. Nadie en el mundo lo conocía mejor que su mujer; si algo había hecho mal, ella acabaría enterándose. Consciente de lo desfavorable de la situación, fingir ayudaría a disminuir el estado de alarma que se percibía en el ambiente. Movió los labios y de su boca se escaparon cinco o seis palabras mal pronunciadas. Su intención era decir que no se sentía realmente mal, simplemente desubicado y adolorido.

La operación había durado más de cuatro horas y los resultados no prometían ningún milagro. Su mujer sabía que, aunque los médicos dijeran que era muy pronto determinar cómo iba a evolucionar, la esperanza de que su marido volviera a caminar era algo así como la vida de un polluelo enclenque mal alimentado por su madre: tarde o temprano intentaría volar, sin fuerzas, y acabaría estampado en el suelo. Mientras reparaba en lo salvaje que se veían los tornillos y esa especie de corona metálica y fría incrustados en el cráneo rapado de su marido, se esforzó por no llorar. Era una mezcla de desidia y de rabia. Llevaban años conviviendo como dos autómatas rendidos a rituales monótonos en los que ya no cabía el amor ni la intimidad, dos presuntos adultos incapaces de destruir su zona de confort, de atentar contra la costumbre y afrontar la realidad por el temor a destrozarles la vida a sus tres hijos. Sus amigas se lo habían dicho muchas veces:

—Lo suyo sería que cada uno rehiciera su vida, tía. Es que vamos a ver, eso de seguir estando juntos sólo por estar, ¿os parece ideal?

—No, no, para nada, pero es que…

—Él no va a cambiar, Adriana. No ha cambiado en años, tú misma lo dices todo el rato. ¿No crees que sería mejor que vuestros hijos supieran la verdad en vez de mantenerlos engañados con esa pantomima que os habéis montado? ¿Es justo para ellos? ¿Crees que al final no se van a dar cuenta?

—Llevo meses y meses comiéndome el tarro, no os creáis.

—Los críos de ahora no son tontos, tía. Además, divorciarse ya no es tan lioso si los dos están de acuerdo. Todo mundo se divorcia y ya está. ¡No pasa nada!

Razón no les faltaba. Había dejado pasar el tiempo creyendo que era lo más conveniente. Antes que afrontar, procuraba no exponerse a discusiones tediosas, a broncas exasperantes, enrevesadas, cíclicas. Los primeros meses hubo que tirar de paciencia, hubo que controlarse y esforzarse, pero más tarde aquello que parecía un grumo a punto de secarse por completo acabó diluyéndose y, algo que ella agradeció y disfrutó como un respiro fresco y prolongado, fue notar y comprobar, en repetidas ocasiones, que su marido se decantaba por la misma mecánica. Sin ni siquiera haberlo acordado, actuaba de la misma manera. Lo complicado era que todo apuntaba a que él —ese tipo gruñón que ya sólo existía como referencia paternal para sus hijos y por el que a duras penas sentía cierto afecto— iba a quedarse parapléjico. ¿Cómo lidiar con esa realidad ahora que estaba decidida a divorciarse, ahora que sabía que uno de los dos debía marcharse de casa?

* * * * * *

La luz de la pantalla del portátil que sostenían sus piernas iluminaba su rostro plácido y reconcentrado. Cuando él la veía así, sentada en el sofá del salón o en la cama, imaginaba que aquel artilugio iba a acabar abduciéndola y le resultaba imposible no inquietarse. Sin embargo, las ganas de saber qué hacía o veía en el portátil desaparecían al recordar que uno de los pactos tácitos entre ambos era respetar la gestión que cada quien hiciese de sus ratos libres y de sus aficiones. No incordiar. No invadir ese espacio de intimidad individual que ambos, muy a su manera, estimaban como se estima un objeto de valor que se cree irremediablemente perdido y que, sin saber muy bien cómo, aparece de repente en algún rincón de la casa, con el mismo brillo y cariz de siempre.

Luego de recoger la cocina después de la cena, se percató de la hora y sintió que sobraba en la casa. Marcos, su hijo mayor, había salido con amigos. Eso decía todas las noches, aunque estaba claro que a sus quince años, más que amigos, lo más seguro es que se tratase de alguna chiquilla. Adrián, el segundo, estaba encerrado en su habitación matando las horas con otros chavales de su edad entorpecidos por los juegos en línea. Iñigo, a los pies de su madre, entretenido con sus construcciones y sus pinturas. Sabiendo que no era el momento para buscar conversación, tosió para dar fe de su presencia y le preguntó si le quedaba tabaco. Como ya era costumbre, no obtuvo respuesta. Esperó, resoplando casi de manera imperceptible. Nada.

—¿Mañana te vas a Navarra entonces? —quiso cerciorarse.

Ella reaccionó meneando la cabeza y, luego de unos segundos, emitió un sonido que él entendió como un “sí”. Evitando enfadarse ante lo que le parecía descortés e insultante, tomó su cazadora, fue a la puerta y salió a la calle.

Lo primero que hizo fue comprar tabaco. Luego se echó a andar buscando sosiego en las caladas y en el aire fresco. Chispeaba. Notó que la gente prefería los cafés, los bares, quedarse en casa. No había movimiento en las calles. Si los de su cuadrilla no se hubieran puesto tan susceptibles e intolerantes, los habría buscado. A esa hora, ya habían iniciado el recorrido de vinos por los bares de toda la vida; de hecho, mientras esperaba en un semáforo y apuraba el cigarrillo, creyó verlos salir del Bar Iregua y los reconoció por las voces y las risas. Movido por la costumbre, deseó unírseles, pero declinó el intento en cuanto recordó que su presencia ya no era grata. (Su mujer, incluso, se lo había hecho saber, siempre hiriente como se lo pedía su actitud defensiva: “Si hasta los de tu cuadrilla pasan de ti, joder. Y mira que no me extraña porque con ese carácter, ¿quién coño querría salir de vinos contigo?”).

Una suerte de civismo exacerbado lo había conducido hasta ese punto. No podía salir a la calle sin indignarse, sin rebuznar, sin que le hirviese la sangre. Y lo peor no era precisamente eso, sino el hecho de que debía comentarlo, de que debía hacerlo público. “¿Pero este de qué va? ¿De regidor?”, murmuraban quienes notaban sus exabruptos y sus comentarios fuera de tono. En su campo de locomoción siempre aparecían los tipos que aparcaban mal o lo hacían en doble fila el tiempo que les diera la gana; los que no recogían las cacas de sus perros o los llevaban sueltos como si la calle fuera el patio de sus chalets o de sus fincas; los chavales fumando porros y parasitando en los bancos de los parques; los ancianos y sus parsimoniosos paseos por las calles más transitadas precisamente a horas punta; los grupos de amigos apostándose a la salida o entrada de lugares públicos a charlar, como si no existieran los cafés ni las plazas, dificultando la circulación y el paso; los tipos que carraspeaban notoriamente y luego escupían en la acera, así, como si nada; las parejas o grupos de parejas con sus pequeñas tropas de críos ruidosos convirtiendo los cafés y los bares en guarderías y zonas infantiles; los vecinos que fumaban en el portal… Para su cuadrilla, aquello se le había ido de las manos. Lo comentaban a sus espaldas y se asombraban de que nadie le hubiera partido la cara hasta la fecha. Sin embargo, ninguno se atrevía a hacérselo saber si no era mediante indirectas. Él, por su parte, se limitaba a sonreír de manera desdeñosa, como indicándoles que simplemente no estaba por la labor de modificar su actitud respecto de lo que consideraba reprobatorio.

Así pues, el recorrido lo hizo solo y, después de una hora u hora y media, notó no sólo que estaba bebiendo más de lo habitual sino que lo estaba haciendo sin disfrutar, como si alguien o algo les estuviese metiendo prisa. Además, se había alejado considerablemente de su barrio. Entonces decidió pagar y, aunque su idea era volver directamente a casa, lo sedujo la posibilidad de tomarse una copa y caminó hacia el Bogart, que le quedaba de paso. Ahí estuvo cerca de una hora, intentando socializar de manera desbocada y tonteando con las camareras.

* * * * * *

Adriana Nieto: Ya he vuelto… ¿estás?
Jota Navarro: sí, sigo aquí
Adriana Nieto: Perdona…  ¿en qué estábamos?
Jota Navarro: sola? al fin?
Adriana Nieto: Bueno sí, casi… ¿y tú?, ¿ya en casita?
Jota Navarro: no, qué va, paseando al perro ☹
Adriana Nieto: ahhh vale… pues los críos ya están en la cama
Jota Navarro: guay… y tu marido?
Adriana Nieto: Ni puñetera idea… sigue por ahí
Jota Navarro: ah ya… no, pues te decía antes que ojalá podamos vernos
Adriana Nieto: ¿Sólo vernos? ☺
Jota Navarro: joder no… ufff, ya lo sabes
Adriana Nieto: Qué ganas, ayyy!
Jota Navarro: sí, lo pienso y… ufff
Adriana Nieto: Hmmmm… ¿Y qué me harías? Dime…

En cuanto salió del Bogart, encendió un cigarrillo y se echó a andar, ofuscado por la manera en la que el dueño del local le había dicho que dejase de incomodar a los clientes y al personal del local, pero en sintonía consigo mismo puesto que se sentía libre, puesto que se sentía joven. Ya no chispeaba, pero la noche se había convertido en un territorio helado. Creía que iba abrigado, pero se había dejado olvidada la cazadora en algún sitio y ni siquiera era consciente de ello. Ansioso, anduvo por una de las calles laterales del parque Gallarza y vio luces en el Embarcadero. Se acercó a la puerta, amparándose en la ilusión de un último Brugal con Coca-Cola, pero una mano dentro del local se agitó y una mueca a través de la puerta de cristal le dio a entender que ya estaban cerrados. Pese a refunfuñar para sí mismo, entendió aquella negativa como una señal. Sin nada más que hacer, procedió a cruzar el parque y, tratando de aclarar su mente, recordó que al día siguiente debía llevar a Iñigo al dentista. No le tocaba, pero su mujer se lo había pedido como un favor in extremis. “Siempre con sus movidas a última hora para no cumplir con sus responsabilidades”, dijo en voz alta a la vez que, gracias a la luz de una farola, reparaba en un chaval en chándal y parka oscura, a unos metros, con el móvil casi pegado al rostro y un labrador retriever detrás de él flexionando las patas traseras sobre el césped. Entonces se detuvo y lo observó de la misma manera que observaba a su mujer cuando parecía que nada era más importante que lo que estuviese ocurriendo en el móvil, o en el portátil.

Jota Navarro: te lo diré cuando te vea jajaja
Adriana Nieto: ¡Malo! ☹
Jota Navarro: te vas a animar?
Adriana Nieto: ¡Síiii! Aunque tengo un poco de miedo, la verdad
Jota Navarro: miedo? por qué?
Adriana Nieto: O nervios… No sé… No quiero fastidiar esto que tenemos, quiero que sea… perfecto, ¿sabes? A ti a lo mejor te da igual pero yo…
Jota Navarro: tranquila, no te rayes… no tiene que ser perfecto
Adriana Nieto: Llevas razón… ¿Mañana entonces?
Jota Navarro: por mí guay!
Adriana Nieto: Tengo un regalito para ti… es una fotito… ¿La quieres?
Jota Navarro: sexy? jajaja
Adriana Nieto: Yo diría que sí, jajaja…
Jota Navarro: venga, envíamelaaaaa! <3

A él no le importó darse cuenta del nudo de bolsas de plástico que el chaval llevaba en la correa. Tampoco quiso entender que, evidentemente, se trataba de un simple despiste. No, en su mundo, aquello era un agravio a la salud pública y, antes de que esas cacas se quedasen ahí sin recoger, antes de que ese impresentable (sic) siguiera a lo suyo con el móvil de los cojones (sic), desatendiendo de manera flagrante las necesidades de su puto perro (sic), él se lo haría saber como se lo había hecho saber a muchos.

—¡Eeeeeee! —chilló alzando ambas manos— ¡Perdonaaa!

El chaval deseó que aquellas voces no tuvieran nada que ver con él. Si alguien quería un cigarro, un mechero, una moneda o preguntarle por una dirección o por lo que fuera, no era el momento. Había una imagen a punto de explayarse en la pantalla de su móvil y el comienzo de una agradable erección, como ocurría siempre que chateaba con mujeres quince o veinte años mayores que él.

Adriana Nieto: ¿¿¿Y??? ¿Has podido verla?

La vio. Ahí estaban sus pechos, sus piernas, sus bragas mínimas y translucientes. Cerró los ojos como para asimilar y grabarse el cuerpo de Adriana, sintiendo que lo tenía a su disposición y podía tocarlo, explorarlo, besarlo. Sintió la fuerza de la sangre acumulada en su miembro.

—¿Qué? ¡¿Pasas de recoger la caca de tu perro?!

 Adriana Nieto: ¿No dices nada?… ¿Jota?

 Entonces se giró, exasperado.

—¡Las cacas, chaval! ¡Ésas! —señaló, enérgico, como quien señala la consumación de una atrocidad o de un pecado— ¿Qué? ¿No las recoges?

 Jota Navarro: dame un seg pls

 Conteniéndose más de lo habitual, se limitó a asentir y a levantar una mano como diciendo “vale, sí, ahora lo hago”. En silencio, desenredó una de las bolsas y se agachó para cumplir con la tarea lo más rápido posible, retomar el chat y volver a la foto. Pero en cuanto activó la pantalla de inicio del móvil, se sorprendió al notar la presencia del otro atravesándose uno de los jardines y aproximándose. El perro ladró, nervioso.

 Adriana Nieto: Sí, vale pero…  

 —No me he dado cuenta, joder… ¿Para qué coño cree que llevo estas putas bolsas? —gritó, elevando la bolsa que acababa de usar y agitándola en el aire.

—¿Sabes qué pasa, chaval? Que estoy hasta las narices de los guarros como tú… ¡Eso es lo que pasa! ¿Te enteras?

 Adriana Nieto: Pero… ¿Te ha gustado? Dime algo, lo que sea.
Adriana Nieto: ¿Salgo mal no? ¿Es eso? ☹

 El golpe pudo haber sido más fuerte de no haber tenido tensada la cuerda del perro en una mano para evitar que éste se abalanzara. No obstante, fue certero: justo debajo de la oreja izquierda, en la parte donde la mandíbula parece unirse al cuello. Los pies trastrabillaron, en retroceso. Las piernas tropezaron contra la barandilla y el cuerpo cayó de espaldas, la cabeza y la nuca chocando con fuerza contra un montículo de piedras dentro del jardín. “¡Hostiaaaa!”, masculló ante lo aparatoso de la caída a la vez que guardaba el móvil y se alejaba por una angosta vereda flanqueada por castaños. El perro dejó de ladrar y se acopló al paso apresurado de su dueño. En menos de un minuto, de nuevo el silencio. La bolsa de caca cayendo en una papelera y la ágil figura del chaval con su perro cruzando una calle y enfilándose en otra. La piel caliente en contraste con el frío de la noche. El portal. La agitación. El ascensor. La calma.

 Jota Navarro: lo siento guapa… sigues ahí?
Adriana Nieto: Hola, sí… ¿Qué pasa?
Jota Navarro: nada, nada… un gilipollas ahí, metiéndose con mi perro
Adriana Nieto: Ahhh… ¿Y por qué o qué?
Jota Navarro: iba pedo o yo que sé… no es la primera vez que me pasa
Adriana Nieto: ¿En serio? Joder, pues vaya
Jota Navarro: ya, pero ya está… no he podido ver la foto… voy en el ascensor
Adriana Nieto: Vale… mi marido no ha vuelto y bueno…
Jota Navarro: jejeje… quieres verme en la webcam?
Adriana Nieto: Sí… por… fa… vor…

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

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