Precipitaciones

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La última vez que lo vieron, creyeron que me estaban viendo a mí, pero se equivocaron. Además del pelo largo, las gafas oscuras, los pantalones ajustados, la camiseta apolillada de Hüsker Dü, el abrigo verde oliva y los botines de cuero de tortuga, ambos teníamos meses de no sentir la frescura de un rostro terso, limpio y oloroso a aguas termales con cogollos de naranja y crema humectante. Hablo de la barba, claro. Y por todo eso nos confundieron.

Él era local y yo extranjero, para empezar.

La noche anterior había diluviado y el panorama no había cambiado mucho durante toda la mañana. Supuestamente yo (o sea, él) caminaba por el campo abierto, a pocos kilómetros de la ciudad, esquivando charcos, pozas lodosas y pequeñas riadas, buscando resguardo debajo de los pocos árboles, brócolis gigantes delimitando senderos trazados por quien sabe quién, pretendiendo llegar a la ciudad pese al mal tiempo.

Advirtieron la figura desde la distancia. La neblina y las agitadas cortinas de agua cayendo no ayudaban, pero algo se podía hacer con los binoculares. Por momentos, dudaron. Sabían de sobra que no podía tratarse de mí. Para ellos yo era una especie de pluviófobo, un tipo delicado y enfermizo que jamás caminaría entre charcos, pozas lodosas y pequeñas riadas, y menos bajo la lluvia. No obstante, la similitud resultaba asombrosa y entonces hicieron caso omiso de la duda y afirmaron.

—Sí, es él.
—Qué raro, ¿no?
—Muchísimo.

Si hubiera sido yo, al menos, habría llevado un impermeable encima, una caja de cartón, dos metros del nylon más grueso y resistente, no sé, algo. No podía ser yo, insisto. La lluvia me habría tirado al suelo.

El caso es que pronto me vi (se vio, mejor dicho) rodeado de casas y edificios. Mi cuerpo, un estropajo. Necesitaba ropa seca. Necesitaba un buen trago de absenta y una cama para descansar. Mi intención era sencilla. Merodearía un poco los hoteles, los cines y las estaciones de servicio para encontrarla a ella, a Pauline. Y hablar, supongo. Hablar de todo lo que nos (les) había pasado. Lo primero que hice fue entrar en una tienda de ropa de segunda mano, escoger cualquier cosa y cambiarme. Después, encontré un pequeño y modesto cinema-café y anhelé desesperadamente porque pudiera disfrutar una sala para mí solo. El encargado (que insinuó conocerme; es decir, conocerlo) me dijo que se necesitaban tres personas como mínimo para proyectar una película. Pedí tres cervezas, pagué lo mío y lo de dos seres imaginarios que me acompañarían, y solucioné el problema. El dinero es el verdadero dios-ablanda-corazones.

Six-String Samurai, la escogida.

Al salir del cinema-café me sentí ajeno. Fue como si alguien me hubiera barnizado cual mueble. No sólo por la ropa. Ni por las cervezas, que resultaron ser seis o siete. Había algo en mí y en el aire. Al parecer, lloviznaba. Vi (más bien, vio) cómo dos pájaros caían muertos desde una cornisa y de inmediato se fundían con el concreto. Ahora deseaba entablar conversación con los postes del alumbrado público y tasajearlos con mi sable de filo letal en cuanto les diera por contradecir insolentemente mis palabras. Correr por las aceras simulando persecuciones y dejando tras de mí oleadas de pólvora, speed y brillantina, para los peatones. Buscar prostíbulos y bares anodinos que olieran a toronja recién exprimida y acabar fornicando con alguna mujer de baja estatura, vagina hirsuta y saliva con sabor a jarabe expectorante. Rastrear la senda de una posible reencarnación de Alejandra Pizarnik por los páramos desérticos (sí, con dunas de arena amarilla y oasis rubicundos) de los alrededores y, al encontrarla, como si fuera la misma Pauline, compartir con ella mi opinión acerca del pentotal, las inyecciones pluviales y la asfixia. Retratarme en cualquiera de las plazas y pagarle al artista —que seguramente sonreirá y comentará que cree conocerme, que mi aspecto le parece conocido— con dátiles celestiales, fragmentos de meteoritos (envueltos en papel celofán y aromatizados con azúcar de bergamota) o granizo. Deshacerme del presentimiento de que estaba siendo confundido, de que me estaban confundiendo con otro. Chapotear (él; yo nunca, porque las fuentes conservan siempre agua de lluvia) en alguna fuente para conmemorar o, más bien, para bautizarme como un hombre que a la vez es un malentendido y a la vez un asesino, que a la vez es un ente de ficción y una burla del realismo. Deshilachar cuerpos inservibles apostados en esquinas y reducirlos a jirones de cáñamo para poder coser las heridas del tiempo. Hallar a Pauline y exponerle, con la mayor creatividad posible, mi culto al rencor, al pánico y a la antipatía.

El precio por una habitación con baño privado y ventilador en un hotel colindante con el cementerio de la ciudad me pareció decente, así que tomé la llave, no sin notar cómo la recepcionista se ajustaba el sostén debajo de la blusa y me sonreía con una mueca en la que vislumbré cierta simpatía, subí las escaleras y me encerré a esperar la noche. Dormí unas horas. La lluvia, de nuevo implacable y odiosa, hizo añicos mi descanso y desperté cuando el reloj se disponía a marcar las dos de la mañana. Por motivos que no logro definir, me (lo) invadió un deseo tenaz de salir a la calle. El punto es que vagué un rato y acepté varios tragos de aguardiente en tabernas cancerígenas. No llegué a emborracharme, pero casi. Según los rumores, viví con grata emoción la casualidad de toparme con Pauline. Se precipitó hacía mí como un felino justo cuando salía de un callejón en donde vacié mi vejiga en compañía de dos perros flacos y un vagabundo hediondo con un bastón entre las piernas y ojos de lechuza.

Dicen que me vieron (porque no me explico cómo, si no), andando con Pauline bajo la lluvia, combinando pasos largos con pequeños saltos. Fuimos a mi hotel y nos secamos el pelo con la misma toalla. Fumamos. Se quejó. Me dijo que estaba cansada de huir y de que la confundieran. Demandó mi comprensión y esperó una réplica de su queja. Yo sólo pude sonreír; tenía sueño.

—¿Vas a fustigarme?
—No, he bebido.
—Mejor.
—No, no lo entiendes.
—La última vez dijiste que lo harías, como cuando…
—También había bebido.
—Eres un maldito egoísta.
—Ahí está la puerta.
—No existes, ¿sabes? ¡No existes!
—No seré el único.
—Deliras. Estás loco.
—La puerta.
—Te vas a arrepentir.
—No sé qué significa eso.

Pauline volvió a su hotel antes de que amaneciera, desolada, airada y con el recuerdo de un único y torpe abrazo de mi parte. Su problema tenía nombre: aburrimiento. Quería sufrir. Quería morir para encontrarle sentido a su existencia. Esa misma mañana, cuando la lluvia empezó a ensordecer nuestros oídos, presentí la fatalidad como si fuera una mujer que sabe que menstruará ese día. Al anochecer, abandoné la ciudad y no volvieron a verme. No era yo, insisto, nunca pude haber sido yo, pero a estas alturas a nadie le importa. Pauline voló por la ventana y su cuerpo cayó, como aquel par de pájaros atolondrados, para fundirse con el concreto.

La lluvia, la maldita lluvia, borró lo que quedaba.

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

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