La gloria

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A veces, las rondas de Raimundo duran más de las ocho horas que solía trabajar en aquel parking de la plaza de Jacinto Benavente, hace ya unos diez años. Desde que se jubiló, su mujer custodia las precarias pensiones de ambos como si se tratase de un tesoro y, no muy a menudo, su única hija les deja algo, unos eurillos, como agradecimiento por llevar y buscar a sus dos nietas al colegio. Bueno, eso era antes. En realidad eso fue hace años, cuando Raimundo era un hombre de familia, de buen humor y hogareño. Pero resulta que ahora este abuelo de mediana estatura, pelo blanco meticulosamente peinado (a la luz del sol parece que lleva una placa gris ambarina) y barba de días escondiendo papada, desconoce su hábitat y huye de casa para peinar (literalmente) las principales calles de las zonas más céntricas de Madrid, de los puntos más concurridos y turísticos, de algunos centros comerciales, estaciones y, alguna vez, incluso, de las terminales de Barajas, con la ilusión de hallar unos céntimos olvidados en cualquiera de los teléfonos monederos o en las máquinas expendedoras con los que se topa a diario.

Su misión, para los pocos años de vida que le quedan, es otra.

En sus recorridos, atento como un perro policía, va recolectando colillas, latas de cerveza sin acabar y, en los días en los que parece sufrir pinchazos de vacío y de desidia en su cuerpo de carnes magras y piel cada vez más traslúcida, pedazos de bocadillos, hamburguesas o restos de kebaps ante la novedad de hallarlos comestibles, es decir, engañosamente frescos y sin bichos. Su estrategia no es tanto saciarse, sino más bien no gastar lo poco que pueda llegar a conseguir y a guardar celosamente en sus bolsillos. Si alguna vez has visto a un viejo ir de un lado a otro en el vagón del Metro o en el tren de Cercanías en el que viajas, recogiendo periódicos gratuitos y propaganda, pueda que sea él. En el punto de reciclaje clandestino han llegado a tenerle cierta estima y, aunque pagan una mierda, Raimundo sabe que no puede darse el lujo de desdeñar insignificancias. Por otro lado, siempre hay algo de valor al lado de los cubos de basura y de los contenedores. Siempre hay algo fácil de sustraer en los supermercados. Los fines de semana, algo encuentra entre los restos de los botellones. Con el tiempo, trapichear ya no es algo que le cueste tanto. Se ha visto en la necesidad de acostumbrarse, ninguna odisea para todos los de nuestra especie. En verano, como ahora mismo, roba alguna que otra propina en aquellas terrazas que, por su amplitud y ajetreo, dificultan el control de sus camareros y son más proclives a descuidos. Pedir, lo que se dice pedir en la calle, siempre ha sido su último recurso, pero también lo ha hecho.

A sus setenta y cinco años, Raimundo conserva energía y entusiasmo, excepto cuando por necesidad debe volver a su casa. No es un perro viejo que derrocha astucia, pero es inteligente y sabe buscarse la vida. Su debilidad, recordar los besos de sus dos nietas por las mañanas y vestir, aunque modestamente, siempre impecable. Limpio y planchado. Se siente bien así, aunque es verdad que alguna vez, frente al reflejo del cristal de una vitrina, ha llegado a descreer que él mismo sea capaz de llevar a cabo esa especie de mendicidad solapada. Pero, joder, mira en qué tiempos estamos, piensa, todos tenemos necesidades. Verse bien, además, evita desconfianzas y rechazos. Cada viernes, pasadas las siete de la tarde, busca un banco en alguna calle poco transitada y se sienta para hacer el recuento del dinero de toda la semana. Con suerte y debido a una perseverancia casi inaudita, hay semanas en las que, entre una cosa y otra, llega a reunir hasta ocho o diez euros. No siempre, porque hay semanas en las que la Providencia tiene otros asuntos que atender y apenas lograr llegar a un par de euros. Luego se acerca a algún bar para que le cambien la calderilla por monedas de un euro o un billete. Una miseria, sin duda alguna, pero no para Raimundo.

Cuando faltan pocos minutos para las nueve de la noche, Raimundo se encuentra frente al espejo de uno de los baños de la Estación de Atocha, en la entreplanta. Es domingo. Está lavándose el cuello, la nuca, la cara y los brazos. Aseándose, refrescándose. Sin nadie más que él ahí, aprovecha para quitarse las costras de caspa que se acumulan en algunas partes de su cabeza, debajo de su grueso y amarillento pelo. Sus sobacos y su aliento huelen a cadáver, pero él ya no lo nota. Además, no tiene que impresionar a nadie. Su mujer tiene curtido el olfato. Quizás huela igual que él, o peor. En fin, Raimundo está en los baños, lavándose. Solo. No hay nadie más. Saca una servilleta y la extiende en la orilla del lavabo. Hay algo escrito en ella. “Pimientos rojos, Estarlus, Sal, Harina de…” Recados de su mujer de no se acuerda cuándo, de hace quizás uno o dos años. Cuenta diez monedas de un euro, las envuelve con la servilleta y las guarda en el bolsillo de su camisa. Va hacia las cabinas, abre la puerta de la última, la del fondo, entra, cierra y se sienta en el váter. Tiene un tic nervioso en las bolsas que le cuelgan de ambos ojos. Moquea. Toca sus rodillas, son sólo dos huesos, nunca mejor dicho. Las manos, nudosas, empiezan a sudarle. Esa sensación de acumulación de aire en su pecho, la misma sensación de siempre. La baba empieza a salírsele por la comisura de los labios. Se relame.

Intenta no pensar, intenta relajarse. Tose por toser. Aguarda.

Afuera, la Estación no es ni la sombra de lo que suele ser a esa hora un día en que la Selección Nacional juega la Final, suceso tan inédito como histórico, de un Mundial de Fútbol en Sudáfrica: viajeros y guardias de seguridad de turno se aglomeran alrededor de una cafetería en donde dos pantallas planas transmiten el partido. Es un momento único en el que parece que no sucede nada más, que todo está paralizado, excepto lo que ocurre en la tele. Es un momento ideal. Raimundo lo sabe. Cierra los ojos y espera. Raimundo se concentra en escuchar. Escucha atentamente y abre la puerta. La puerta se cierra de inmediato. Se oye el pasador, es un sonido también… único. Un muchacho, mulato, pelo rizado, alto, enjuto, con gafas oscuras, pantalones cortos y chanclas playeras saca su miembro, de manera un tanto precipitaba, lo sacude con provocación y lo frota directamente en el pálido rostro de Raimundo. Éste contonea su cabeza, agradecido, y abraza al chaval por la cintura, lamiéndole la entrepierna, los muslos y los testículos, sintiendo que el corazón va a explotarle.

El muchacho finge un gemido y, al darse cuenta de su torpeza, ríe por lo bajo.

—La pasta —dice, apurado, concentrándose para que su miembro se endurezca. Es la quinta vez que debe repetir la mecánica y, con apenas un café con churros en el estómago y un par de porros, el asunto es complicado. Además, los viejos siempre huelen mal. Apestan. Hay que bloquear el olfato y concentrarse el doble.

El muchacho le arrebata la servilleta, palpa las monedas y guarda el pago en la riñonera que lleva colgada del hombro. Una vez hecha la transacción, los dedos de Raimundo rebuscan un poco y encuentran lo que quieren. A pesar del sudor, el ano del muchacho sigue conservando cierta aspereza. Ohhh, ohhh, jod… ufff… jodeeer. Los dedos juegan; el muchacho cierra los ojos, como si su rostro los engullera, y logra una erección considerable.

—Venga, abuelo, que no tenemos toda la puta noche.

Casi temblando, Raimundo abre la boca y empieza a succionar despacio, cuidando de que la placa no se mueva de su sitio. El sabor, el cuerpo joven y moreno, el acento latino: su gloria personal. Le excita que le hable con desprecio y que le mienta, como en las películas. No tiene diecinueve años, quizá tenga dieciséis. Es igual. Y es lo de menos. Ojalá me visitara por las noches, ojalá estuviera ahí para matar mi insomnio, para rescatarme de mi mujer, de la mierda de vida que llevo. Mientras chupa y lame, la mente de Raimundo viaja y se pierde en túneles oscuros cargados de lujuria y adrenalina. Su excitación se convierte en una pequeña mancha en la entrepierna y en un hormigueo en el vientre. Fluido preseminal y orina. Da igual. Son los cinco o diez minutos más largos y significativos de toda la semana. Son la recompensa a sus esfuerzos.

Enseguida siente goterones calientes y espesos en sus labios, en su nariz, en sus mejillas y hasta en su papada y, sumido en la emoción, sólo piensa en que llegue el próximo fin de semana y en que la Providencia le ayude para conseguir el dinero que necesita para poder permitirse otro regalito. Y si no lo consigue, hará lo que sea. Lo que sea, se dice a sí mismo, convencido, mientras ve con tristeza cómo el muchacho se limpia y se sube los pantalones cortos.

—La próxima vez quiero que me folles, Yair —dice, suplicante—, en tu piso o donde me digas, ¿vale? —y le toca la mano—, ¿eh?, ¿eh? —insiste mientras se relame y se limpia la cara con un jirón de tela percudida que alguna vez fue un pañuelo.

—Veinticinco pavos, abuelo, ya lo sabes —responde el muchacho con indiferencia a la vez que abre la puerta y desaparece.

Entonces el cuerpo del viejo parece hundirse en el váter. Un abrasivo ramalazo de culpa y de frustración le cae encima. Es ese momento de vuelta a la realidad en donde la ficción se acaba y no quedan más que molestias. Es ese momento en que el casi llora por saberse inútil para conseguir el dinero, para darse ese tipo de lujos. Entonces, en vez de llorar, rebuzna. En vez de llorar, desea morirse. El alma se le cae a los pies y se dispersa entre la mugre del suelo.

Por eso Raimundo golpea a su mujer como si fuera una tarea cotidiana. Por eso, cada vez que vuelve a casa arrastrando los pies, con los bolsillos llenos de colillas pero sin un céntimo, luego de su epifanía sexual, se siente como la Selección Nacional, poderoso y capaz de todo, a un paso de la gloria. Pero sucede que su mujer, esa piltrafa gruñona y arrugada, con el pelo sucio y las piernas gordas y varicosas, le lava, le plancha la ropa y le da de comer, y por eso, sólo por eso, todavía no se atreve a más. La gloria sigue un poco lejos. Y es una trampa. Siempre ha sido una trampa. O un espejismo. Es lo que siente. Las calles están casi desérticas. Toda España está en los bares, en sus casas, en los restaurantes.

La Selección Nacional ganará y hará historia, pero él no lo sabe. Ni le importa.

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

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