El señor de palo

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1. El portón que nos habían indicado se veía desde cierta distancia, negro y amplio como un gran tachón en una pared que alguna vez estuvo pintada de blanco. Un sol perenne y grosero, típico de las tardes de mayo que suelen ser el preámbulo de aguaceros, pegaba fuerte y producía una especie de vaho que se entremezclaba con el polvo de las calles y el humo del escape de los carros. Pick-ups con las palanganas cubiertas con lonas y camiones con calcomanías brillantes y flecos de colores. No sé si el hecho de no ser oriundos del lugar nos hacía percibir el ambiente como una escena de una película que se estaba rodando en ese preciso momento, con cámaras ocultas y un director que se desdoblaba en tres o cuatro puntos distintos, pero ero lo que parecía. Cámaras humanas recostadas en las paredes, sentadas en las banquetas, en las puertas de las casas, riéndose de algo, cuchicheando; otras más acarreando bultos, canastos, tareas de leña en carretones de madera, o simplemente pasando y volviendo a pasar. Esa sensación de secretismo y falso disimulo nos incomodó desde que bajamos del bus y cruzamos una especie de parque con pocos árboles para dirigirnos hacia donde estábamos ahora. Las miradas y gestos de la gente parecían desprender una especie de misterio rural y de recelo. Algunos se acercaron a nosotros. Otros sólo nos hicieron señas. Sus ofrecimientos para comprarles recuerdos y baratijas de tipo esotérico ni siquiera eran insistentes, como en otras partes del país, sino más bien desganados, toscos, apáticos.

Nos encontrábamos en Itzapa, un pequeño pueblo guatemalteco para visitar a un santo mitad ladino, mitad indígena que hacía milagros variados a cambio de licor, dinero, pan, prendas íntimas femeninas, fruta, verduras y tabaco. Una prueba de devoción realmente… estrambótica. Luego de casi diez años de no visitar Guatemala, había decidido volver un par de semanas para visitar a mi familia y a mis amigos de la infancia. Lo que sabía de este “santo” se resumía en vagos recuerdos de mi niñez, en rumores y en lo que se aprende porque es parte del folclor del país en donde se nace. Lo más reciente lo había leído, sin mayor interés, en revistas y en Internet. Obviamente, esa visita no entraba en mis prioridades; pero no dependía de mí, había vuelto acompañado.

2. Atravesamos el portón, atentos. Había un zaguán y enseguida un patio abierto que funcionaba como atrio de la pequeña casa-templo. Las paredes acumulaban la presencia de cientos de devotos a lo largo de los años: percudidas y ennegrecidas. Había basura en los rincones. Tres mujeres anchas de aspecto cansino sentadas en una banca chupando puros de tabaco, con voluminosas barrigas de piel morena levemente descubiertas y trapos rojos en la cabeza. Un viejo demacrado, con un sombrero tieso y desgastado, recostado en una columna, rascándose la entrepierna y observando con mirada taciturna. Cuatro pequeñas fogatas en donde algunas gentes quemaban mirra y rociaban aguardiente mientras elevaban palabras y onomatopeyas al cielo. Botellas vacías, pino seco y cera de colores vivos derramada por todas partes. Mi pareja comentó que había leído en el Lonely Planet que cada color tenía un significado. Era cierto. Pero las que contaban no eran ésas, sino las de dentro.

En el pórtico había dos hombres, uno de ellos —que dedujimos como cofrade— de pelo liso y brillante, piel tostada y lentes oscuros, nos invitó a pasar al templo y con una mueca le indicó a mi acompañante que no se permitían hacer fotos. “Como en los museos”, le dije entre dientes. Entonces entramos. En el fondo del pequeño templo estaba él: el señor de palo, imponente, detrás de una fina cortina de humo. Según había leído, Don Maximiliano José Tejero y Recarte, médium y médico naturalista había llegado a territorio centroamericano alrededor de 1600 para morir diez años después en manos de sus coterráneos: los curas de la Orden Carmelita de los Castos y Descalzos, españoles en su mayoría. En las prácticas milagrosas de Maximiliano con los aborígenes mayas guatemaltecos, que lo trataban y querían como a un santo, los curas veían un sacrilegio, un inevitable alejamiento de la doctrina y del catecismo, un claro atentado contra el Dogma y el Evangelio. La solución fue determinante: al andaluz lo persiguieron hasta el cansancio y finalmente lo quemaron vivo, atado a una silla, en el centro de una plaza, con su sombrero de satín, sus bigotes moriscos y su traje oscuro de falso médico. La idea era que los “indios” escarmentaran.

Nos acercamos dando pasos cortos y lentos. Creí percibir un guiño, una pícara sonrisa de bienvenida. Me dio la sensación de que se alegraba de vernos. Éramos parte de la manada. Llevábamos encima el aura de los buenos salvajes. Inmóvil como los mejores santos, en pleno estado de gracia, recibía a diario las atenciones de sus fieles, pero especialmente de las prostitutas, los comerciantes, los narcotraficantes, los supersticiosos, los ignorantes y los tahúres. Venerado al fin, gracias al fervor de sus fieles, poco se diferenciaba de los santos cristianos; es decir, de la mayoría.

3. Al verlo sentado allí, en su trono, instalado en una especie de urna vertical dorada, imponente como un dictador o una figura pública de peso con más autoestima de la necesaria, rodeado de veladoras de sebo y flores, mi imaginación se activó y empecé a imaginar estupideces. Podía verme subido en el altar, provocándolo, jugando a quitarle y ponerle el sombrero, imitándolo, sentándome a su lado, abrazándolo como si fuera mi amigo, riéndome de él ante un número considerable de atónitos feligreses, quitándome la ropa, dando brincos en su altar como si fuera un primate. Me comería todas la veladoras amarillas creyendo que eran bananos y procuraría dejar algunos recuerdos intestinales en los rincones y en sus manos y rodillas.

No era mucho el tiempo que pensaba desperdiciar aquella tarde así que, en lugar de estar imaginando estupideces, lo que debía hacer era convencer a mi pareja para que nos fuéramos. La poca luz que entraba por el pórtico indicaba que la tarde se había nublado y que en cualquier momento llovería. En ese momento, una señora se nos acercó y, sin decir nada, o quizás sí, pero ninguno de los dos lo percibimos, nos dio un papelito con una oración impresa en un lado y una serie de advertencias relacionadas con los rituales a Maximón (o San Simón, como tengo entendido que dicen quienes defienden su occidentalización con el afán de verlo alguna día incluido en el Santoral Oficial), en el otro. Lo leí del tirón. Por lo visto, no todo era jolgorio ni milagritos ni bendiciones; el hombre de palo podía ser piadoso y dadivoso, pero también resentido. Entendí que lo que ella pretendía era invitarnos a ser parte del ritual, es decir, a ofrendar algo (dinero, sin duda alguna) y ser “limpiados” de nuestra energía negativa por cualquiera de los dos tipos que fungían como “sanadores”. Esperó a que acabáramos de leer los papelitos y, viendo que lo único que hacíamos era sonreír con hipócrita simpatía y que no pretendíamos acercarnos al altar, se alejó en silencio y volvió al rincón del que había venido.

Entonces sentí que el ambiente de la casa-templo era más… denso. Volví a sentir el peso de las miradas, una suerte de molestia. Algo nuestro estaba siendo evidente para ellos. Mi respuesta fue similar: con claros gestos de desagrado, traté de persuadir a mi pareja para que saliéramos y nos fuéramos. “¿Ya? ¿Esto es todo?”, me dijo con no mucho entusiasmo. “¿No sientes una especie de… mala vibra?”, le hablé al oído. Me respondió que sí y agregó que era una lástima no poder tomar fotos. Insistió en que le gustaría captar el momento en que los feligreses se acercaban al “santo” y le ponían octavos de aguardiente en las manos y cigarros en la boca. “A mí también me gustaría hacer fotos, pero ya ves”, mentí.

4. Abandonamos el recinto dando pasos de cangrejo (a Maximón no se le podía dar la espalda; eso también lo ponía en el papelito), atravesamos el patio, salimos y volvimos a donde estaba la improvisada terminal de buses. Serían las cinco de la tarde. Casi una hora nos separaba de Antigua Guatemala, la ciudad donde nos hospedábamos. Subimos a un bus que estaba por salir y nos sentamos en uno de los últimos asientos. Mi pareja al lado del pasillo y yo en la ventana. No éramos más de quince pasajeros. Cuando el motor arrancó, vimos cómo los primeros goterones de lluvia empapaban la tierra y la gente se alejaba para no mojarse. Noté que no volvíamos por el mismo camino y que, en vez de salir a la carretera principal, el bus circulaba por algunas calles y callejones del pueblo, sorteando baches y zanjas inundadas por la lluvia. Quise disipar mi mal presentimiento dando por sentado que, debido a la época, algún deslave o accidente de tráfico impedían la normalidad en el recorrido, algo habitual en un país en donde más que llover, diluvia.

Cuando llevábamos unos diez minutos recorridos, mi pareja decidió recostar su cabeza en mi hombro y cerrar los ojos. Avanzábamos despacio debido al aguacero. Mi inquietud no había hecho más que aumentar; me había concentrado en ver a través de la ventana para hacerme una idea concreta de hacia dónde nos dirigíamos. En una esquina, a pesar de la lluvia, creí ver gente. El bus aminoró la marcha. Desempañé el vidrio. Había un caballo, negro, tendido frente a la puerta de una casucha de láminas y madera, la cabeza totalmente girada y el vientre reventado como si fuera una maleta repleta de enormes gusanos que cayera desde un quinto piso. De su enorme hocico blanco parecía desprenderse una sonrisa como de júbilo. Todo lo contrario que su dueño, un hombre moreno de baja estatura y pelo canoso que lloraba con las manos en la cabeza, mientras varios niños enfundados en pedazos de nailon de colores gritaban excitados y una pandilla de perros rodeaban el cadáver con carácter carroñero. Creí encontrar cierto parecido entre uno de los niños quien, justo cuando el bus pasaba enfrente, volvió la vista y me dirigió una sonrisa. Se parecía a mí, sí, a mí, cuando tenía siete años.

Quise parpadear. No pude. Respiré profundo, queriendo desplazar esas imágenes por considerarlas irreales y absurdas. Me lo estoy imaginando, pensé y reí por lo bajo, alejando de mi mente cualquier tipo de pensamiento patético que pudiera ponerle una guinda esotérica a aquella tarde casi desperdiciada. En los demás asientos no ocurría gran cosa: gritos de niños, sudor en las frentes, conversaciones incomprensibles, movimientos corporales, vahos invisibles de hedor, etcétera. Demasiada saliva en la boca. Recordé que de niño me pasaba lo mismo en los buses extraurbanos: me mareaba, palidecía y acababa vomitando casi siempre.

Pensé en dormir. O, por lo menos, en hacerme el dormido.

5. Sucedió entonces que escuché sus voces. Voces que parecían viajar desde los muros del templo del señor de palo. Eran ellos. Estaban indignados. De él hemos octenido favores… Quién se cree usté que es para disfamarlo… Le apuesto a que sus abuelos de usté creiban en él… Ojalá que no haiga paz en su vida… Aquella visita, que ni siquiera había sido voluntaria, me estaba afectando. Me sentía atolondrado, como si hubiera probado por primera vez una droga sin saber nada sobre sus efectos. Era como estar atrapado en la logística de una broma pesada, de un atentado psicológico. Abrí los ojos, inquieto, asustado. Reparé en mi pareja: dormía; es lo que me parecía. Deseé que me contagiara de su tranquilidad. No obtuve nada. Quise reírme de la situación porque en el fondo sabía que era ridícula, pero empecé a sentir que la cara se me estaba entumeciendo. Volví a recurrir a la pantomima del sueño.

En un momento impreciso, pasados no sé si segundos o minutos, creí percatarme de que, aunque continuaba en marcha, el bus ya no llevaba pasajeros. El chofer seguía al volante y su ayudante iba en la puerta, pero no se movían, parecían figuras de papel recortadas y puestas allí, como de decorado. Las piernas me temblaron y sentí que un fuerte calor me subía desde la espalda baja hasta la nuca. Era como si todos se hubieran bajado sospechando que algo malo iba a pasar y nadie, ni siquiera mi pareja, se había dignado a avisarme.

Oí entonces que me hablaba y no tuve duda de lo que estaba ocurriendo.

—Un buen trago de esto y el miedo se dispersa como si fueran hormigas bajo una lluvia de sal, mi hermano. Como si les estuviera cayendo Gamesán encima, a las pobres -me dijo con claro acento guatemalteco-. Dale, con confianza.

Vi el frasquito de aguardiente frente a mi cara, sostenido por una mano tiesa, barnizada y levemente ennegrecida por el humo. Un fuerte olor a incienso y a veladoras me llenó los pulmones. Era él. Estaba en el lugar de mi pareja. Su voz me hizo recordar a alguien y noté que mi cara volvía a ser flexible. Sintiéndome acorralado, me pegué más hacia la ventana, con un miedo que seguramente se fugó por mis ojos.

—Es raro que alguien que parece muy seguro de sí mismo, uno de esos gallitos intelectuales salga con que tiene miedo… ¡Ja, ésa sí que es buena! -casi gritó, conteniendo una carcajada- De todos modos, a mí no me gusta perder el tiempo en venganzas ni en resentimientos. Me gusta que la gente sea, que no se reprima.

Aunque su presencia me había desubicado, sus palabras tuvieron una especie de efecto tranquilizador en mí, como si fuera algo que hubiera estado esperando oír. Entonces, recomponiéndome emocionalmente y con algo de valor, se me ocurrió -para variar- que estaba ante una oportunidad ideal para decirle lo que realmente pensaba de él y de toda la absurda y patética parafernalia que le rodeaba. Quise ir al grano, entonces, pero en lugar de mis argumentos y la breve pero contundente ponencia acusadora que había pensado, no hice más que hundirme en mí mismo y casi disculparme. Le eché la culpa a mi cuestionable sentido del humor y a mi manía de verle el lado gracioso y jocoso a las cosas. Concluí que era una forma de escape y reconocí que no valía la pena que salieran más palabras de mi boca puesto que era evidente que, entre sus muchas pericias, estaba la de leerme el pensamiento. Lo peor del caso es que, escuchándome, daba la sensación de que me hallaba próximo al llanto.

El señor palo suspiró de una manera que a mí me pareció despectiva, se acomodó en el asiento y, con no poco esfuerzo, logró estirar un poco las piernas.

—Al final de cuentas los hombres son más llorones que las mujeres. Y para muestra, alguien que va sentado a mi lado.

Reconocí al instante que Maximón estaba por encima de mis habilidades; es decir, que podía controlar la situación a su antojo, haciendo gala de una tranquilidad apabullante, como la de esos padres santurrones que se sientan a darles consejos a sus hijos acompañados de vasos de leche espumosa, galletas y alguna estampa con motivos bíblicos. Padres y madres imperturbables. Además, sonreía. Sí, sonreía como si estuviera viendo caer billetes del cielo.

6. Mi perplejidad incluía parálisis. No me atrevía o no sabía cómo mover un dedo. De reojo, vi que el señor de palo aprovechaba para beberse de un solo trago el frasquito que me había ofrecido. El aroma del alcohol, intenso e inigualable, hizo que me apeara más a la ventana, acción que sólo sirvió para darme cuenta de que el bus avanzaba a vuelta de rueda, cada vez más despacio. Mi preocupación se centró en mi pareja. ¿Dónde estaba? ¿Le había pasado algo?

—La señorita está bien -su voz interrumpió mis pensamientos-. Vamos a olvidarnos de ella y a enfocarnos en… nosotros. Lo ideal para una plática de estas magnitudes es compartir como lo haríamos en un putero o en una cantina -y zangoloteó la parte inferior de su saco para que chocara el vidrio de los frasquitos de aguardiente-.

Mis alternativas eran escasas, por no decir nulas, así que tuve que aceptar y le pedí uno de los frasquitos. Él obedeció, con la misma sonrisa en la cara. Sacó un puro forjado atropelladamente con hojas de tabaco y jugó un poco con sus bigotes oscuros y apelmazados por la grasa que despiden los dedos mientras esperó a que yo sacara fósforos para encendérselo. Como todo iluminado o digno representante de la gracia divina, captó mi mensaje (llevo años sin fumar) y volvió a guardar el puro, ahorrándose, otra vez, las muestras de molestia.

Luego del primer trago, ese pequeño riachuelo que pasa como un leño caliente raspándote la garganta, le pregunté si sabía mi nombre. La madera del cuello crujió y un movimiento horizontal de la cabeza me dio a entender la respuesta. Sonreí con malicia, satisfecho por dejar en evidencia su ignorancia. Pero de inmediato me di cuenta de que a quién le importaban los nombres. Si alguien sabía leer la mente, ¿de qué le servía saber nombres y apellidos? Sintiéndome de nuevo inútil, oí que me increpaba. Me preguntaba el motivo de mi visita. Le parecía ridículo que alguien que se consideraba nihilista tuviera el descaro de ir a visitarlo. Quería saber los motivos; o más bien, que yo confirmara sus sospechas.

—No, no fui para burlarme ni por morbo -fingí, aunque con precaución-. Sólo quería hacer un favor, nada más. Uno como los miles que usted supuestamente hace.

—El “supuestamente” está de más -dijo y se rió, desdeñoso, para luego preguntarme entre una seguidilla de tosidos-: ¿Qué harías si te dijera que ya estás muerto?

Ante esta pregunta, que no parecía tan disparatada después de todo, no tuve otra opción que de terminar de vaciar el frasquito de aguardiente en mi boca y de corroborar, a través de la ventana, que el paisaje afuera era falso. Era como un gran telón pintado y decorado que alguien o algo estaba haciendo girar alrededor de un punto fijo. No estábamos yendo a ninguna parte: el bus era el punto fijo.

7. ¿Había muerto? ¿Eso era todo? Supuse que si estaba muerto, el tiempo ya no era un problema mayor. Podía dedicarme a reflexionar y a asimilar, sin prisas, mi inaudita partida de este mundo. Si en realidad la muerte se trataba de sentarse con un pedazo de madera a conversar y a emborracharte como si estuvieras en una cantina, tampoco era un problema mayúsculo. Pero… ¿qué haría yo si ya estuviera muerto? Ésa era su pregunta. Un cuestionamiento hipotético, recapacité en cuanto pude. Imaginé que debía darle una respuesta, pero no se me ocurría nada. Recordé, eso sí, que ahora que lo tenía tan cerca, podía… humillarlo. Estábamos prácticamente solos. Éramos sólo él y yo. Pensé en los duelos de las películas del Oeste, en las partidas de ajedrez, en las carreras de esquina a esquina cuando tenía trece años, en las contiendas machistas para ver quién acaba primero un litro de cerveza, en los concursos callejeros de ver quién escupe más lejos.

Entonces oí que el señor de palo empezaba a jalar mocos como si estuviera llorando y creí escuchar que me decía que por la noche tenía pesadillas. Me confesó que soñaba con polillas, con pulmones chamuscados por el cáncer, con cirrosis, con gonorrea, con techos cayéndole encima, con incendios provocados por descuidos, con traiciones por parte de sus cofrades… y que lo que más le preocupaba eran las dificultades que tenía para moverse. Deduje que sollozaba no sólo por el efecto del aguardiente ni el de sus pesadillas, sino porque se sentía muy solo, especialmente por las noches, cuando se acababan las visitas y su capillita (templo, para él y sus adeptos) se convertía en una cueva fría y oscura.

Cuando vi que sacaba un pañuelo arrugado y resoplaba fuerte para evitar el llanto, imaginé que extendía mi brazo y que lo único que se me ocurría, en lugar de apoyarlo en su hombro y consolarlo, era asestarle un par de cachetadas, no con el afán de herirlo ni de humillarlo sino para avivarlo. Me vi de pie, en ese reducido espacio entre sus rodillas y el respaldo del asiento delantero, tratando de que reaccionara y recuperara su hombría. Yo estaba muerto. Cualquier cosa que hiciera no me afectaría. Me sentía vencedor. Al final, había ganado. Me había impuesto ante el fanatismo y el retraso mental de la gente. Y si yo estaba muerto; Maximón también.

Entonces fue cuando enfoqué bien la vista y, asustándome como si de alguna forma estuviera constatando mi propia muerte, me di cuenta de que varios de los pasajeros estaban encima de mí, sosteniéndome, aprisionándome, forzándome. El chofer había detenido el bus y mi cara era un espléndido receptáculo de miradas ceñudas y reprobatorias. El rostro de mi pareja era un lienzo de pasmo, susto y desconcierto. Al parecer, mi cuerpo había sufrido una especie de ataque epiléptico, incluyendo gritos, insultos, blasfemias y amenazas incomprensibles. Esa tarde, mi pareja volvió sola al hotel y yo busqué cobijo en la casa de mis padres, adonde llegué, según me contaron, como si estuviera drogado o borracho. Un zombie. Un espantapájaros.

8. —Eso te pasa por no buscar a Dios, por olvidarte de Él, por vivir como si fueras un animalito -fue lo último que recuerdo que me dijo mi madre, antes de quedarme profundamente dormido en el sofá de su sala-.

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

1 comentario

  1. Carlos E. Martínez el

    Excelente historia, me gusto muchísimo el trama sobretodo como te adueñaste de Maximón!!! Realmente te envuelve y mejor aún te sentís ser el protagonista! Un abrazo Rafa… Un fiel admirador y seguidor tuyo! ::)

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