Bocado para gatos

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Más le habría valido a la mujer de Mauro continuar con sus quehaceres domésticos y no seguir violando las leyes implícitas de la casa, los estrictos decretos de convivencia. ¿Por qué no respetar la hora de la siesta, ese momento ineludible de desconexión y de sosiego que su marido había instaurado como sagrado? Un resto de quién sabe qué en una de las paredes de la cocina fue el causante de toda la historia. Se trataba de una mancha antropomorfa. Una mancha oscura, como de hollín, que se plasmó en la mente de la mujer y que, por alguna razón, la llevó a asociarla con el cuerpo de su marido en la playa. Sí, en bañador, tumbado en la arena, indispuesto por el calor y el cansancio. Creyéndose graciosa, dejó que su voz se escuchara en el salón y viajara hasta los oídos de aquel fontanero agobiado por la crisis que intentaba encontrar una postura idónea no en el sofá sino en su cama. Su voz, voz de mujer entrada en años (cinco mayor que él), de parcos modales, siempre iba acompañada de una risilla morbosa que casi de inmediato se convertía en una sonora carcajada, distorsionada e histérica.

—¡Eso de ahí se parece a ti, Mauro! ¡Ven un momento, anda! Ya sé que siempre dices que son cosas de locos, porque crees que estoy loca pero, ¿te acuerdas de aquella vez en Benidorm? ¿Cuando acabaste todo quemado por no querer que te pusiera protector solar? ¡Madre mía, qué risas, por favor! Ya, ya, tú sigue diciendo que se me ha ido la pinza, pero no. ¡De eso nada! ¡Ni hablar!

Todos los días la misma historia: vocablos que a él le parecían onomatopeyas, frases sin sentido, mediocres intentonas para generar una conversación que acabaría en riña; todos los días la incontinencia verbal, la tediosa verborrea. Y lo hacía con espontaneidad, como si diera por hecho que su marido era el receptor perfecto, cuando hasta todos sus conocidos en el barrio sabían que la realidad era otra. Su única oyente era ella misma. A veces era un acto mecánico, como cuando repetía, sin que viniera a cuento, que tenía sed, que hacía calor, que tenía frío, que qué caros estaban los percebes, añadiendo, acto seguido, comparaciones casi siempre insustanciales o ridículas. Sus comentarios eran desatinados, pero los decía despreocupadamente. Así, desde que sus tres hijos se habían marchado de casa. En el fondo, sólo quería hablar con su marido, como cualquier matrimonio. Sentirse persona; creer que su presencia era algo notorio y significativo en su hogar; aprovechar que el hombre de la casa podía hacerle compañía. En el fondo, sólo quería decir algo. Lo que fuera.

Mauro se tragó la ira cual flema inmunda, fingió no escuchar nada, tosió y volvió la vista hacia la ventana de su cuarto. Cualquiera habría solucionado el asunto cerrando la puerta, pero ella misma había decidido que con una cortina bastaba; capricho que provocaba que a Mauro le retemblara la vena aorta. Afuera, se veían azoteas despobladas y edificios, diez, quince, veinte edificios con un cielo grisáceo de fondo y alguna nube desvaneciéndose. Tres de sus gatos remoloneaban entre su regazo, alguno más recostaba su escuálido cuerpo en los huecos que formaban las piernas de su dueño bajo las sábanas. Los demás, ocupaban algún lugar privilegiado del salón y parecían no querer involucrarse en nada de lo poco que ocurría, a menos que se tratara de comida, de los desperdicios que la mujer de Mauro les preparaba y servía con desgano en la pequeña terraza de la casa.

—¡Ya sé que no estás dormido, Mauro! ¡Pero allá tú, que te lo pierdes! Ah, escúchame un momento. ¿Me estás escuchando? Vale, pues acuérdate que esta tarde nos vamos al bingo, que no está muy bien eso de que te quedes solo tanto tiempo en casa. O si quieres, nos damos una vuelta por el centro y tomamos algo, que te vas a enfermar si no te das un paseo, hazme el favor. Además, ¡hoy es viernes!

Mauro ignoraba si en el fondo la culpa de todo la tenían los políticos y los bancos, pero alguien, algún ser detestable y perverso, debía ser el responsable de su debacle.   Desde hacía casi un año, de trabajar ocho o diez horas diarias, su empresa a duras penas lo llamaba para alguna emergencia eventual, una o dos veces a la semana. De un día a otro, no sólo habían logrado que se sintiera un hombre inútil, totalmente imprescindible y desechable, sino que, además, lo habían obligado a recluirse en su casa, lo cual implicaba volver a convivir con su mujer, y eso, eso era imperdonable.

Por la noche, acurrucado en el sofá del salón (solía permanecer ahí hasta que su mujer se durmiera del todo), mientras trataba de vaciar su mente, mientras se reprendía por verse incapaz de encontrar un nuevo trabajo y al mismo tiempo se motivaba para aceptar cualquier oferta de cualquier otro oficio con tal de mantenerse fuera de su casa el mayor tiempo posible, se le vino a la cabeza algo mejor y más sencillo: mandar a la mierda todo y olvidarse de ella, de su mujer; que desaparecieran sus dientes disparejos, su olor a fritanga, sus ronquidos feroces, sus piernas demasiado gordas, su pelo mal teñido, sus pechos convertidos en remedos de berenjenas, su comida insípida o demasiado condimentada, sus regaños constantes, sus deseos de sobreprotegerlo como si fuese un crío, la camiseta descolorida con la que solía dormir, su tendencia a la hipocondría; todo, ella, para siempre. El divorcio no estaba entre sus planes, demasiadas gestiones y demasiado dinero tirado a la basura. Separarse, en todo caso. O simplemente, marcharse. Le pediría ayuda a su hermano José Julio, podría irse un tiempo con él a Cornellá de Llobregat y ahí buscarse un poco la vida, lejos. Sus hijos habían hecho sus vidas, allá ellos si no lo entendían.

Aunque irse de Madrid y no tener muy claro qué pasaría con sus gatos le angustiaba, aquella buena nueva resonaba en su cerebro como algo preciso e inmaculado, como algo inmediato; un evangelio dictado por jovencísimas y virginales hadas de labios carnosos y pechos turgentes. La noche avanzó y Mauro durmió lo que medianamente pudo. Antes de las siete, entró en el cuarto, se dejó caer en su lado de la cama y se hizo el dormido. Una hora más tarde, cuando su mujer se vestía y dejaba al descubierto su malogrado cuerpo, mientras exhalaba oxígeno pestilente como una res cansada de pastar campos enteros, Mauro sintió que en su mente se gestaba un claro panorama de lo que podía ser su nueva vida de soltero: sin hijos cerca, sin mujer, sin compromisos ni faenas matrimoniales, libre. En los últimos años, su paciencia había desaparecido y se había convertido en un tipo extremadamente susceptible e irritable. Le molestaba que su mujer, por ejemplo, chillara en vez de hablar cuando estaba al teléfono con algún pariente o amiga suya, que hiciera más ruido de la cuenta en la cocina o en el trastero por carecer del mínimo cuidado para mover y manipular cosas, que diera la luz cuando no tenía que darla, que abriera todas las ventanas cuando con dos era suficiente para ventilar la casa. Por primera vez, sintió que no tenía miedo. Sabía que era el momento y que no había nada que no pudiera hacer a sus cincuenta y nueve años. Voy a cumplir sesenta, me cago en la puta; o es hoy o nunca.

Más tarde, mientras mataba el tiempo en el bar de debajo de casa, tuvo una epifanía y se sintió capaz de llevar a cabo su deseo. Había un espejo enfrente, debajo de la hilera de botellas, al fondo del mostrador, y miraba su imagen reflejada de hombre grande pero cada vez más viejo y calvo, el rostro inexpresivo, acaso mortecino, y ojeras. Conforme pasaban los minutos, empezó a verse a sí mismo como alguien diferente. La imagen se había transformado y le resultaba agradable. Sí, le agradaba. Le embelesaba, incluso. Nunca se había sentido así y deseó que la imagen no se desvaneciera, que se quedara como una cutícula extra en sus pupilas.

Entonces acabó su cuarta cerveza, pagó, se despidió y salió a la calle.

Daba la sensación de que el sol había explotado y que su luz, caliente e irritante, chocaba y se colaba por todos los rincones y recovecos de la calle. Mauro se resintió e inspiró profundo intentando ahuyentar el leve mareo que llevaba dentro. El alcohol ya no le sentaba tan bien como antes, pero lo necesitaba. Paseó como si fuese un turista por las calles aledañas a su edificio, fumando, hasta que vio el reloj y se detuvo en el portal, con las llaves en la mano. Subió, entró en silencio, dejó su chaqueta en una silla y encendió el televisor. Sus gatos vinieron a él y él les sonrió, apartándolos con los pies, procurando no hacerles daño. Creyó que su mujer estaba en la cocina, pero no. Se acercó a la puerta del baño, que estaba cerrada, pero adentro no había nadie. Mauro entró en la cocina, abrió un armario y sacó una botella de Ruavieja y se llenó la boca con un trago largo y copioso. Cuando su mujer volvió con la compra, él dormía profundamente en compañía de sus gatos, y el cuarto olía a pacharán y a tabaco.

Cuatro días después, repitió la rutina, con la diferencia de que esta vez no fue al bar de siempre. Vagó por el barrio hasta encontrar uno al que nunca había entrado; un bar, en apariencia, latino. Luego de tres cervezas y varios cigarrillos que fumó en la puerta, percibió una excesiva amabilidad por parte de las dos camareras detrás de la barra; ambas jóvenes; una, probablemente rumana; la otra, latina, sin duda. Mauro deseó no querer salir nunca de aquel bar y no escatimó en gastar todo lo poco que llevaba consigo. Otra epifanía más: aquél era el día. Vio el reloj; su mujer estaría en la cocina. Se despidió sorprendiéndose de que ambas le pidieran que no se fuera, que la última la pagaba la casa. Que al referirse a él emplearan epítetos como “mi amor” o “cariño”, le recordó los años de la mili y del destape. Salió de ahí, no porque quisiera, sino porque estaba totalmente convencido de que tenía que actuar y cumplir su cometido. Volvió a dar fe de su imagen en el espejo del ascensor; se vio a sí mismo como un torero inmerso en un halo de gallardía, un Joselito el Gallo, un Manolete, un Pepe Bienvenida, un Viti, un Curro Romero. Asintió. Agitó sus manos con el afán de que circulara la sangre. El anillo de casados estaba ahí, pero sólo amputándose el dedo podría deshacerse de él.

La puerta se abrió y se cerró. Sus gatos vinieron. La pantalla de la televisión irradió luz y sonidos.

Mientras su mujer daba cuenta del tiempo de cocción de los garbanzos y a la vez se concentraba en aprovechar de la mejor manera una pechuga, haciéndola filetes, creyendo que su marido había vuelto para distraerse viendo la televisión, fue incapaz de percatarse de nada hasta que él, silencioso, entró en la cocina y la asió por la espalda, con ambos brazos. Ella sonrió, dejó el cuchillo sobre la encimera y se imaginó otra cosa, algo que no ocurría hacía muchos años. Mauro contuvo la respiración, concentró sus fuerzas en los brazos y lo hizo. No titubeó. Lo hizo como quien destapa un frasco de conservas o como quien cambia de sitio un maniquí dentro de una tienda de ropa. Con los ojos cerrados, creyó verse a sí mismo viéndola a ella, de frente, ambos con el rostro sudado y una mueca fosilizada como de júbilo.

Había cuchillos, disponía de herramientas, pero Mauro había optado por romperle el cuello con un movimiento rápido y certero, cubriéndole la boca con una mano y doblándole la espalda hacia atrás, hasta dejarla tendida en el suelo. La vía fácil para alguien acostumbrado a usar la fuerza. Sin gritos, sin objetos precipitándose, sin charcos de sangre, sin forcejeos, sin escándalo; sólo un sonido muy parecido al de las nueces siendo aplastadas por un martillo, el zumbido de la olla de presión en su punto álgido y el ruido inerte del motor de la nevera; quizás los ladridos del perro del vecino de abajo, que se alborotaba cada vez que alguien llamaba al timbre. Mauro, sin embargo, se encontraba en un estado de tranquila euforia y de sordera. Lo había hecho como si ése fuera su trabajo, como si llevara haciendo lo mismo durante años. Cuando arrastró al cuerpo hasta el salón, luego de haber corrido todas las cortinas, tuvo la certeza de que estaba interpretando un papel, un rol, un personaje; sintió que estaba obedeciendo las indicaciones de un director imaginario y a la vez estricto, que le había exigido que se esforzara al máximo y que fuera determinante. En ese momento, Mauro creyó que se estaba luciendo. Y se asombró. Y le dio un poco de risa. Y pensó en seguir hasta no dar más de sí, hasta que el director lo detuviera y le dijera que ya estaba bien, que no era para tanto, que descansara.

Todo sucedió a la hora de la comida. Un miércoles cualquiera de un mes sin días festivos ni mejorías en las cifras del paro. Mauro no había querido esperar hasta la noche. Para qué. Por la noche el silencio lo arruina todo. Él lo sabía de sobra, debido a su insomnio. Las paredes oyen. Las paredes hablan. Pasarán días, incluso una semana o dos, para que alguien pregunte. Lo que diré es que se cansó de mí y se marchó a pasar una temporada al pueblo. Si digo que se fue con otro, no me lo va a creer ni Cristo. Mauro cavilaba mientras acariciaba a sus gatos y observaba el cadáver de su mujer como quien se sienta frente a un cuadro a tratar de entender algo que el pintor no quiso traer a la superficie del lienzo. Pasó más de media hora con la vista fija en aquel rostro pálido, en aquel paisaje grotesco que exhibía su rostro, en aquellos labios cada vez más granates, en aquellos ojos entreabiertos, en los detalles que ahora adornaban visiblemente la masa fofa y explayada con la que había convivido más de treinta años.

Le habría gustado soltar alguna lágrima de satisfacción, pero llorar hubiera sido un oscuro detalle que habría empañado su hombría. El resto de la semana —como lo escribió enfáticamente en una especie de carta dirigida a nadie, cuando sospechaba que en cualquier momento alguien descubriría su fechoría—, sus gatos se dieron el gusto de comer algo que rayó en lo decente, lo cual lo colmó de una alegría plena y a la vez inesperada. Durara lo que durara, al fin podía sentirse bien consigo mismo. La vida era cruel, pero no lo suficiente.

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

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