Affaire entre espectros

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La vida es una equivocación. No debería estar ahí.
Kenneth H. Nealson

Lo conocí en un centro cultural en donde solía matar el tiempo dos o tres tardes a la semana. Era joven y su aspecto era confuso. A simple vista era un tipo que transmitía pasividad, un individuo proclive a la timidez y a la parsimonia. Un veinteañero sin rumbo, ataviado con la ropa de su abuelo y urgido de un corte de pelo. Sin embargo, su mirada era evasiva y temerosa. Daba la sensación de que quería esquivar todo cuanto lo rodeaba, de que no quería ver a nadie de frente, de que prescindía del contacto. Su mirada, acompañada de una sonrisa conseguida con la más mínima energía de los músculos faciales, lo hacía verse como un ave de corral torpe y asustadiza. Cada vez que me cruzaba con su vergonzosa anatomía en alguno de los ambientes del centro cultural (galería de arte, biblioteca, café-bar, patio, librería, cinemateca), en mi mente parpadeaba intermitentemente más o menos la misma frase: Nadie quiere atraparte, baboso. ¿A qué estás jugando?

Ese tipo de comentarios, claro está, respondían a la posibilidad de que estuviera ante otro caso de falsa excentricidad, frecuente en peleles de espíritu inquieto e influenciable que adoptan una o varias poses (intelectual, bohemia, rebelde, etc.) no sólo por razones de identidad o pertenencia sino para deslumbrar a sus amigos y allegados. O para llamar la atención e inquietar al sexo opuesto, como ocurría en este caso. Porque sucedió que, al cabo de los meses, la curiosidad pudo conmigo y ahí estaba yo, de repente, sintiéndome interesada, esperando otra oportunidad para volver a encontrármelo. De hecho, me mordía las paredes internas de la boca imaginando qué era lo que podía llevar escrito en ese montón de hojas mal colocadas en un fólder rojo, siempre encajado en alguna de sus axilas. No había atracción física, aún; se trataba más bien de una inquietud investigativa, de un entretenido y minucioso merodeo más propio de una stalker que de una simple treintañera desesperada. Observarlo se convirtió en un placer patológico; superó, incluso, a mi afición a contemplar el recorrido del agua en la pequeña fuente del patio mientras sorbía despacio una taza de té chai o una de manzanilla.

En resumidas cuentas, quería saber quién era y qué hacía. Después de varios días de reflexión, ideé una forma de repartir mi tiempo de manera que compartir un espacio común con él fuese prioridad, sin que eso significara abandonar mis demás pasatiempos. Empezaría por la biblioteca. Haría lo posible por coincidir con él y sentarme cerca. Provocaría una escueta conversación y dejaría al azar lo subsiguiente. No tuve suerte hasta pasadas dos semanas. Yo ojeaba la versión en inglés de la revista Lápiz; él leía la biografía de Alejandro Magno. Fingí que mi conocimiento del inglés era deficiente y me atreví a preguntarle si sabía el significado de una frase idiomática que elegí abruptamente, sin pensármelo tanto. Así empezó todo. Me fijé en sus labios mientras emitía monosílabos y en sus dedos largos con las uñas blancas como la clara de los huevos. Quise calcular su edad de acuerdo a la raleza de su bigote y de su barba: veinte  años; luego corroboré que tenía dos más, diez menos que yo. Me esforcé, sin mayor resultado, en que sus ojos se fijaran en los míos. Llegué, también, a sentirme irritada al caer en la cuenta de que, aunque estuviéramos interactuando, él prefería seguir cabizbajo, como si las páginas de la vida del rey de Macedonia fuesen imantadas.

Lo que creía que iba a resultar sencillo, no lo fue. Las veces que volvimos a interactuar fueron breves e insustanciales. Me habría bastado con tomarnos un café o una copa de vino, pero sospeché su desinterés y entendí que estaba ante un tipo que jamás tomaría la iniciativa. Creí, con algo de desidia, que quizá se sentía intimidado por la diferencia de edad. Descarté, más por instinto protector que por otra cosa, que fuera homosexual o misógino. Con todo, no quise desistir y la tarde siguiente salí de mi apartamento decida a abordarlo.

Hacía tanto que nadie decía mi nombre en alto y él lo dijo como respuesta a mi saludo. No lo había olvidado. Sonreí con una alegría que me supo a tristeza. No había necesidad de vernos en otro lugar ni de salir a la calle: el centro cultural parecía ser su ecosistema. Luego de ver, inmersos en un silencio que en otra situación me habría parecido incómodo, una exposición fotográfica que incluía nombres que yo conocía pero que él idolatraba (García-Alix, Kakabadze, Metinides, D’Agata, etc.), fuimos al café-bar y nos sentamos en una mesa para dos, curiosamente acondicionada en el marco de lo que antes había sido una ventana. Por la voracidad y los arrumacos infantiles con los que bebió café, supuse que estaba nervioso o en una situación económica adversa como para no poder permitirse un goce tan mundano como ése. Luego descubrí que era más esto, lo segundo. Sus padres y familiares cercanos habían decidido desentenderse de él, dada su conducta errática y —eso lo dijo imitando a su padre— perturbada, y sobrevivía —también enfatizó en el verbo— con sus abuelos maternos. Tenía dos hermanos menores a los que casi no veía y un gato. Se quejó de lo absurdo que le parecía asistir a la universidad y luego no dijo más, no quiso decir más.

Yo que quería saberlo todo, tuve que aceptar la supuesta molestia que le causaba hablar de él y de su suerte en la vida. Me consolé al momento imaginando que habría más cafés compartidos, más encuentros como ése. Yo que tenía mi vida más o menos encaminada (aunque incompleta) y que no anhelaba más amigos que los muchos con los que contaba, me empeñé en un solitario que ignoraba qué hacer con su vida y que evitaba el contacto humano por miedo a la muerte. Tal cual se lee: por miedo a la muerte. De eso fue lo último que hablamos esa tarde.

—La vida no es algo que me entusiasme mucho que digamos. No es que la deteste, pero bueno, casi. El punto es que, cada noche que me da por pensar en la muerte, acabo llorando. No sé, es un miedo clínico pero también ridículo, como si la propia vida fuera a sufrir mi pérdida —acabó la frase con una risita ligera—. Un miedo parecido al que me produce la gente, ¿sabes? —concluyó, de nuevo cabizbajo.

No sé si debí sentirme aludida, pero no lo hice. En los días siguientes tuve que sermonearme dada la inmensa y patética necesidad de volver a conversar con él, de volver a sentirlo… cerca. Sus ojos eran amplios y claros, ya los conocía. Anhelaba verlos y que me vieran. Su ausencia durante algunas tardes en el centro cultural sólo sirvió para trastocar la tranquilidad con la que siempre me había manejado en la vida. Retomé un poco el contacto social; creí conveniente algo de la alharaca positiva de mis amistades. Ayudé a mi madre a mover muebles en su casa. Trabajé en mis proyectos de diseño como si tuviera fechas tope, cuando no las tenía.

La tarde en que volví a encontrarme con él, llovía. Nos quedamos sentados en una de las bancas ubicadas en los corredores del centro cultural, de cara al patio, a la fuente. Recuerdo que sacó una cajetilla de cigarros, pero sólo para apachurrarla y volvérsela a guardar en el mismo bolsillo de donde la había sacado. Hablamos poco. Supe que había estado enfermo. Su fólder, el fólder rojo, estaba a su lado, casi escondido debajo de sus piernas. Me contó que no eran más que papeles, papeles con datos y palabras sin importancia. No le creí, pero volví a respetar su negativa a exponer su intimidad con alguien que a duras penas conocía.


* * * * * *

Al beso le faltó compás, le faltó un poco más de encanto. Estábamos en mi apartamento y habíamos bebido vino. Yo lo había invitado a cenar varias veces; él había dicho sí, pero nunca había aparecido. Ese domingo, tocó el timbre y apareció ante el quicio de la puerta con un diccionario inglés-español/español-inglés (usado) en calidad de regalo. La molestia que había acumulado por sentirme ninguneada y el desconcierto ante lo que significaba (o no) nuestra relación, fueron borrados de inmediato. Me habría gustado abrazarlo; de alguna manera sentí que ya lo había hecho, aunque sólo fueran ensoñaciones. Recuerdo que llevaba una chaqueta gris con coderas negras que olía a tabaco. Recuerdo la sensación de incomodidad que emitía al verse a sí mismo en mi sala, en un sitio pulcro, ordenado e iluminado.

Al principio, insistió en que beber no era lo que mejor se le daba, que le faltaba costumbre. Además, me confesó que tomaba ansiolíticos y que no reaccionaba muy bien a las sustancias estimulantes. Como había estado haciendo en los últimos seis meses desde que hablé con él por primera vez, no quise que me viera como una tentación y dejé que él se condujera como mejor le pareciera. De alguna manera, el miedo a provocar un desastre (¿en él?, ¿en mí?) se había instalado en mi interior como si el desastre ya hubiera ocurrido y todos aquellos nudos que me oprimían el pecho fueran culpa. Yo era diez años mayor, y aunque la gente diga que la edad no importa, al final es todo lo contrario. En cuanto a mí, diré que el vino me ayudó a no sobreactuar ni a sentirme vieja y predecible.

En mi cuarto, los prolegómenos fueron un tanto atropellados. Lo sentí tenso e inseguro; me atrevo a decir que incluso temblaba. Sin embargo, el mero hecho de que no abriera la puerta y se largara, me hacía pensar que quería estar ahí, conmigo. En cuanto estuvimos desnudos, me apresuré a celebrar una pequeña fiesta en mi cabeza: una causa que consideraba perdida, no lo era. Recuerdo su cuerpo como si se tratara de un retrato de Egon Schiele: magro, carente de grasa; el vientre hundido, las extremidades largas, los músculos parvos, la piel empalidecida. Su miembro, labrado y mulato, exhibía una erección inminente, incluso antes de que se quitara el calzoncillo. Deseé que fuera parte de mi cuerpo.

Nos recostamos. Percibí que sus dedos sudaban. Percibí también, cuando me dispuse a estrecharme contra su cuerpo, que su respiración se agitaba. Volvimos a besarnos, esta vez con sincronización, despacio. Estrujó mis pechos y acarició mi estómago con evidente cautela. Yo gemí con estridencia y no quise que mi cabeza razonara. Dejé que mi lengua se perdiera en su boca y que mi sexo se fuera humedeciendo conforme las caricias. Aun así, él seguía intranquilo. No exagero cuando recuerdo que tuve la sensación de que su vista se perdía en algún punto muerto del cielo falso. Traté de devolverlo a la realidad con mis manos, estampándolas en su espalda para luego bajar y posarlas en sus nalgas. Él, como era de esperarse, respondió con mesura.

Pasados unos segundos, sentí que sus dedos exploraban mi pubis. Cerré mis párpados y separé mis muslos con la esperanza de que encontrara el camino que yo deseaba. Cuando índice y medio rozaron mi clítoris y se deslizaron entre mi vulva, me estremecí, pletórica, y no dudé en tomar su miembro y sentir su dureza. Su cuerpo se arqueó, de nuevo tenso, y yo no supe entender o quizás malentendí la advertencia. Acaricié sus testículos y su miembro con lo que creí sutileza, con la única intención de que percibiera mis ansias de ser penetrada. Lo que ocurrió en seguida, ahora que lo pienso detenidamente, fue un punto de inflexión, una epifanía. Su miembro se vació, literalmente, mientras un sonido similar a un crujido rebotó en las paredes de mi cuarto. Su semen, copioso, cubrió la parte externa de mis dedos y se escurrió en la palma de mi mano. Su semen salpicó mi vientre, alcanzó mi ombligo. Dado que parecía estar perdida en alguna región de complacencia onírica, sintiendo que el corazón palpitaba en mis labios vaginales, sorbí y lamí con urgencia sus fluidos de mi mano y, sin dejar que mis ojos apreciaran su silueta (la de él) en la penumbra, permití que mi cuerpo liberara un orgasmo. Un orgasmo que, a juzgar por mi experiencia, mantenía retenido; una pequeña descarga… inusitada.

Mientras intentaba volver a la realidad, él desapareció de la cama. Lo busqué con mis brazos y mis piernas, pero no estaba. En mi cuarto no había nadie más que yo, rodeada de botellas de vino (sin acabar), libros mal apilados, discos compactos y ropa en el suelo. Estará en el baño, pensé, dominada por el efecto tardío de un último espasmo. Sentirá vergüenza, supuse, buscando refrescarme con las sábanas, tratando de recrear su olor y su aliento, la textura ligeramente agreste de sus manos; esforzándome por conservar diminutos bagazos de lujuria, o que éstos fueran desplazados por una sensación de paz, paz conmigo, paz con todo el mundo.

Lo que para muchas habría supuesto un fiasco en todo el sentido de la palabra, a mí me había parecido tierno y sincero. No llegué a echar de menos la penetración, como colofón físico imprescindible en todo acto de naturaleza sexual porque él, con todo su halo esquivo, introspectivo e insociable, ya me había penetrado desde mucho antes y esa satisfacción, aunque ilusoria, si saben a lo que me refiero, me bastaba. Por el momento, me bastaba. Con el tiempo —esto ya lo había meditado semanas atrás—, todo mejoraría. Pero la puerta del baño no se abrió y mi voz, articulando con paciencia su nombre, no produjo ningún efecto. Esperé, ahora nerviosa. Su voz, aquella voz grave, pausada a veces, incomprensible otras, no se escuchó por ninguna parte. Nadie subió por las escaleras. No hubo ni siquiera un susurro detrás de las cortinas. Las sombras en las que reparé no coincidieron con su cuerpo, con sus movimientos temerosos y precavidos.

No hubo respuesta; mis labios tiritaron.

Mi cama se convirtió de repente en una poza, en un estanque habitado por siluros, hipocampos y oscuras medusas. Arriba, en la superficie, los rayos del sol golpeaban el agua e iluminaban un bulto. Era él. Era su cuerpo, flotando con los brazos abiertos, zarrapastroso como un espantapájaros; su rostro henchido, sus labios negros, reventados. Creí advertir que sonreía. Entonces lo viví en mi piel y en mi médula: el miedo, el miedo a la muerte. Ese miedo del que tanto habíamos hablado como se habla del tiempo o de las próximas elecciones. Ese miedo al otro, ese miedo que había plasmado en cientos de hojas de papel bond bajo el pretencioso título de “Epitafio” y que, por temor a descuidos e intrusiones, custodiaba y transportaba en un fólder rojo.

Cuando logré reincorporarme, busqué la luz, busqué un espejo que me ratificara que yo era real (al menos). No lo busqué a él; busqué lo que quedaba de mí y lo que anhelaba que no desapareciera. Mi imagen estaba conformada por secreciones lacrimales y por asco, asco de mí misma. En mis oídos reverberaba la estática del televisor en mi sala. En mi pecho se acumuló, a medida que fueron pasando lo minutos, el vacío. La tarde se había convertido en madrugada y el miedo me obligó a recluirme entre las sábanas. Mi boca, púrpura en su totalidad debido al vino, reprimió una maldición y un alarido.

Sobre el Autor

Rafael Romero

He publicado algunos libros, pero no sé yo. Igual debería haber seguido con la lectura y el anonimato. Salí de Guatemala hace casi diez años y aterricé en Madrid para luego volar hacia Logroño. Me gusta el vino, los manjares y la vida en plan… anacoreta (lo pagaré muy caro, sin duda). Por regla general, soy de los que no molan, pero unas risas sí que nos echamos.

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