«Lectura-escritura es una banda de Moebius infinita»

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liliana bellone

Liliana Bellone nació el 10 de febrero de 1954 en Salta, ciudad en la que reside, capital de la provincia homónima, la Argentina. Desde 1977 es Profesora en Letras por la Universidad Nacional de Salta. Además de algunos primeros premios en los géneros cuento, poesía y dramaturgia, obtuvo en 1993 el premio Casa de las Américas de Novela (La Habana, Cuba). Entre sus libros publicados destacan: Dramaturgia, ‘…y sonaba el minué’ (premio de la Provincia de Salta, 2010); Cuentos, ‘El rey de los pájaros’ , ‘De amores y venenos’ ‘Estas que fueron pompas y alegría’ y ‘En busca de Elena’; Novelas, ‘Augustus’ (primer premio Casa de las Américas, Cuba, 1993), ‘Fragmentos de siglo’ y ‘Eva Perón, alumna de Nervo’; Poesía ‘Retorno’ (premio Provincial de Poesía, 1977), ‘Convergencia’,’El cazador’, ‘La travesía del cuerpo’ y ‘Febrero’.

¿Siempre residiste en tu ciudad?

No. Mis padres se trasladaron al interior de la provincia cuando yo tenía poco más de un año. Residimos en el Ingenio San Isidro y en General Güemes, lugares que remiten inmediatamente a la caña de azúcar y a los ferrocarriles. Papá era docente, recitaba de memoria a José Martí, Rubén Darío, Carlos Guido y Spano. Contaba infinitos cuentos, fábulas y anécdotas. Hablaba de historia y literatura todo el tiempo. Escribió también relatos y poemas. Se preocupaba por la rima y por la medida de los versos. De él heredé el ‘Resumen de versificación española’, de Martín Riquer. Y también los libros de su modesta biblioteca de docente: ‘Hamlet’, ‘Otelo’, ‘Las alegres comadres de Windsor’,  de Shakespeare; ‘Petronio y su tiempo’, ‘Diálogos de orador’, de Cicerón; ‘La Poética’ de Aristóteles; ‘El gran dictador’, de H. G. Wells; ‘La perfecta casada’, de Fray Luis de León y el ‘Martín Fierro’, de José Hernández, además de los volúmenes de lectura, formación y difusión que editaba el Ministerio de Educación para las escuelas nacionales de aquellos años, como ‘La razón de mi vida’, de Eva Perón y ‘San Martín en la historia y en el bronce’. De esas lecturas salieron algunas de mis novelas. Mamá recitaba los poemas de Darío, Nervo y Gustavo Adolfo Bécquer que había aprendido en la escuela. Me instaba a memorizar a Rubén Darío: «Éste era un gran rey que tenía»… Yo no sabía todavía leer y repetía esos versos mágicos en el patio mágico rodeado por las hojas de las parras y las higueras.

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Esa primera infancia fue de luz y hallazgos, junto a mi único hermano, Juan Carlos. Nos criamos escuchando hablar a los abuelos inmigrantes. El abuelo paterno se llamaba Giovanni Bellone, era de Piamonte, había llegado a la Argentina en 1911. Falleció joven, a los 42 años. El abuelo materno, Víctor Centeno, era español, de Zamora, y a los 25 años se embarcó a nuestro país en busca de mejor suerte. Vino solo y luego trajo a su madre, hermanos, sobrinos y tíos. Los dos abuelos se casaron con mujeres argentinas: Giovanni con Lía Palomo Escobar y Víctor con Rosario Torres Hoyos. El abuelo Víctor falleció cuando yo cumplí 15 años. Era muy delgado y pequeño y tenía unos ojos celestes transparentes y risueños. Las dos familias residieron en la capital de Salta y en Campo Santo, un pueblo casi legendario, de gauchos e inmigrantes españoles, italianos y árabes. Mis padres siempre narraban historias de familiares y amigos acontecidas en ese lugar. Y de esas historias surgió ‘Augustus’, bellamente editada por Casa de las Américas y en cuya tapa luce un cuadro de Julio Le Parc. Umberto Eco privilegia al destinatario, que forma parte de la cooperación lectora e interpretativa, por eso siempre pienso que en Cuba encontré a los lectores ideales para mis ficciones. Cuba fue un descubrimiento y un redescubrimiento para mí.

País que habrás visitado más de una vez…

Tanto como puedo. Bueno, cuando podemos, pues voy con Antonio Gutiérrez, mi marido, escritor y psicoanalista. Dimos cursos y conferencias en la Universidad de La Habana, participamos en recitales poéticos, y siempre nos llegamos a la Casa de las Américas, coordinada por la poeta Juanita Conejero, al Hotel Nacional, al Habana Libre, al cine Yara, por la Rambla, bajamos por el Malecón hasta el Gato Tuerto, evocado por Julio Cortázar. Fui invitada a publicar poemas y artículos no sólo en la revista Casa de las Américas sino en otras también. Por ejemplo, Amnios, que coordina el poeta Roberto Manzano.

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Así que «después de escribir la novela ‘Augustus’ me reconcilié con mi entorno familiar y con la sociedad salteña»…

En un comienzo sentí esa reconciliación pero, con el tiempo, me di cuenta de que era transitoria. Tal vez por ser la primera novela hay una especie de exorcismo de fantasmas familiares y sociales. Esos fantasmas se van desplazando a otros espacios y otras historias; así surgieron los relatos sobre los años 70, sobre la vida de Evita. Escribí ‘Augustus’ en 1984. La presenté en varios concursos de la provincia. También procuré publicarla a través del apoyo oficial, pero sin éxito. ‘Augustus’  era —y es— una obra demasiado crítica sobre el ámbito provinciano. Marzena Gregorcyk, profesora y crítica norteamericana, me sugirió presentar el libro en la Casa de las Américas. Cuando me enteré que había sido premiado por la Casa, te imaginarás cuán sorprendida quedé. En Cuba —ya lo dije— había encontrado a mis lectores.

¿Por qué escribir una novela sobre Eva Perón?

Estás apuntando al título de la conferencia que ofrecí en el Centro de Estudios Martianos de Cuba en 2013. Sobre Eva Perón ya se ha escrito mucho, por lo que pensé en mostrar los aspectos desconocidos de su historia. Indagué su infancia, su juventud, sus lecturas, los poetas a quienes recitaba, su relación con la madre y los hermanos, los años difíciles en Los Toldos y en Junín, y traté de rescatar a un ser de carne y hueso. El hilo de Ariadna fue Amado Nervo y su poesía mesiánica, modernista y estoica, poesía de la que Evita era asidua lectora. Desde pequeña, en la escuela, ella recitaba los poemas de Nervo, casi siempre cargados de un tánatos y un espíritu sacrificial que luego se concretó en su vida. Por eso, se puede arriesgar la siguiente afirmación, que sería el sustento de la novela: la existencia de Eva Perón está escrita en la poesía de Amado Nervo.  

Al comenzar a concebirla se me planteó la cuestión del ritmo narrativo. Ya en ‘Augustus’ sentía la cadencia entrecortada de ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo, y el sonido continuo de ‘Las olas’, de Virginia Woolf. En ‘Eva Perón, alumna de Nervo’ se impuso el ritmo poético. Con el devenir de la escritura me di cuenta de que predominaba la musicalidad del soneto. La novela está estructurada en cuatro partes concatenadas que se entrelazan y repiten como en esa composición métrica. Seguramente en Italia, esa cadencia se hizo audible por las oraciones cercanas al endecasílabo. Por eso opino que la versión italiana es más rica desde el punto de vista sonoro.                                        
De un narrador a otro en la novela ‘Leviatán’, de Paul Auster: «He llegado a un punto en el que ya no sé qué estoy haciendo —dijo—. No sé si es bueno o malo. No sé si es lo mejor que he hecho nunca o si es un montón de basura». ¿Alguna vez estuviste cerca de sentir algo así?

Una suele dudar a veces de lo que escribe, pero siento que mis libros son creaturas engendradas por mis deseos y fantasías, por lo que los amo a pesar de percibir por ellos cierto sentimiento de extrañeza. Las creaciones de un escritor son producto de él mismo y de quienes lo han precedido en la vida y en la literatura, por lo tanto no podría considerar todo eso como basura aunque nuestro ser pueda transmutar y transmutarse en desecho. El receptor, siguiendo a Umberto Eco, que es quien pondrá sentido a las producciones literarias y artísticas en cooperación con el escritor, es el que decidirá el lugar de vanguardia, museo o historia a dónde se dirige la escritura y, por qué no, también el lugar del olvido, del residuo, del borramiento y del desecho. Si bien a veces una piensa que lo escrito no reviste mayor valor y a pesar de que en un momento de mi vida destruí algún manuscrito, ahora siento una especie de compasión por esas producciones: tal vez sea autocompasión.

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¿Creés en el azar? Y me hago cargo de que pudieran, vos u otras personas, llegar a opinar que preguntar esto a un escritor es estúpido.

Causalidad y azar parecieran ser los dos fundamentos de la realidad, opuestos y excluyentes entre sí, pero que se combinan en el entretejido de la literatura de manera asombrosa y, diríamos, misteriosa. Lecturas, interpretaciones, escrituras y reescrituras se rigen por las leyes de la causalidad, de modo tal que los encuentros casuales no son tales. Escribimos movidos por esas causalidades que aparecen vestidas de azar, pero, en realidad, escriben en nosotros la literatura y la historia que nos hablan.  Lectura-escritura en una banda de Moebius infinita, interceptada por la vida misma.

Borges me llevó a Dante, Dante a Leopardi y su retama, encontré esa retama en Pompeya, que es —salvando los siglos de distancia y otras cuestiones— como nuestra perdida Esteco, hundida por los sismos de 1692, cuando la ciudad de Salta casi se hunde también. Por ese camino fui a Capri, encontré a Elena Hosmann, personaje de ‘En busca de Elena’, relato con el que titulo mi último libro y que en abril presenté en La Habana. Elena Hosmann era la esposa del escritor e ingeniero caprense Edwin Cerio, el anfitrión de Neruda en 1952. Elena ya estaba en ‘Augustus’: Elena Campassi, nacida un 18 de agosto, igual a Elena Hosmann, igual a Malva Marina Reyes, la pequeña hija de Neruda, ahogada en su hidrocefalia. 18 de agosto, día en que murió Balzac, leído por los personajes de ‘Augustu’. Los personajes de la novela evocan a ‘Eugenia Grandet’, de Balzac, que representa a una triste provinciana, encerrada en su aldea. Balzac murió el 18 de agosto de 1850, un día después que José de San Martín, en Francia. San Martín, que leía en francés, casi su segunda lengua, debe de haber leído a Balzac. En agosto nació Borges. Fechas y nombres: Elena o Helena de Surgère, que promoviera ‘Los sonetos para Helena’, de Pierre de Ronsard, que es epígrafe de ‘El cuaderno de tapas azules’, —en homenaje a Leopoldo Marechal y a ‘Zibaldone de pensamientos’, de Giacomo Leopardi— de mi novela ‘Fragmentos de siglo’, es también la de Pablo Neruda, en ‘Nuevo soneto a Helena’. Fantasmas, reconstrucción de fantasmas, fantasmas dentro de fantasmas, trabajo del escritor. Como dice Borges, «nuestras nadas poco difieren, pues somos fantasmas atravesando la eternidad».

Sobre el Autor

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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