«El exilio ha sido largo, pero he vuelto a mi cuerpo, que es ahora mi casa»

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Jana Leo

Autorretratos: antes y después de la violación, el mismo día.

El 25 de enero de 2001, Jana Leo (Madrid, 1965), artista visual, arquitecta, profesora y doctora en Filosofía, fue violada en su domicilio. Entonces vivía en el neoyorquino barrio de Harlem. Regresaba de hacer compras cuando un hombre entró tras ella en su casa, sin forzar la puerta. Sirviéndose de una pistola para intimidar a Jana, le sustrajo algo de dinero y la violó en su propia cama. Ella vivió para contarlo, pero aquel día supo que jamás volvería a ser la misma.

Inmediatamente después del suceso, Leo recabó todas las pruebas que pudo, tomó fotografías y empezó a escribir acerca de lo que había ocurrido. Denunció a su agresor, presa del pánico por si regresaba, y la policía trató su caso sin implicarse demasiado. Supo que el hombre que la había violado, un joven sin recursos, entraba y salía del edificio con total libertad y vivía en la azotea. Habló con su casero acerca del allanamiento de morada, facilitado entre otras cosas por el mal estado de la cerradura de la puerta, y no sólo no encontró soluciones, apoyo o la garantía de que nunca más se repetiría algo así. Por toda respuesta obtuvo indiferencia y un: «Si no te gusta, márchate». Jana no había sido la primera víctima en su propia casa, y tristemente no sería la última.

Seis años de trámites acabaron con su agresor y su casero entre rejas. Este proceso personal desembocó en ‘Violación Nueva York’, un libro que reedita en español Lince Ediciones después de haber sido publicado en inglés por Feminist Press en 2011 y que ha sido una de las novedades literarias más importantes del otoño. Un texto que habla de miedo e indefensión, pero también de esperanza y valentía. Con un estilo austero, mezcla de memorias y ensayo, Leo analiza las causas de la violencia (delincuencia, criminalidad, agresiones sexuales) en ciudades como Nueva York y subraya la inseguridad cotidiana a la que nos vemos expuestos. Rechaza el papel de víctima, denuncia la impunidad y los vacíos del sistema legal estadounidense —que define como clasista y racista— y otorga una gran importancia al poder de la palabra. Una lectura dura que, sin embargo, resulta necesaria. Jana Leo contrapone la inseguridad de la ciudad y la domestofobia (término muy presente en el texto: miedo a la propia casa) a los espacios seguros que crea la literatura catártica.

Apuestas por un estilo sencillo, sin artificios; no deja de ser una experiencia autobiográfica, pero con la precisión de un ensayo. ¿Desde que empezaste a escribir sabías que sería una narración serena y desdramatizada?

Mi estilo es lo más cercano a una transcripción de la realidad; lo aplico a lo que sea… y precisamente tenía que aplicarlo a esto, que es algo dramático. Leí ‘A sangre fría’ y me impresionó mucho todo; he hecho un esfuerzo por replicar el estilo de Truman Capote.

Han pasado más de 15 años desde la violación. ¿Qué ha cambiado en Harlem? ¿Qué ha cambiado en ti?

Harlem es muy diferente, al menos a zonas, ahora tiene una mezcla de población muy grande; un gran número de inmigrantes y visitantes y residentes europeos viven allí. Es una zona con mucha vida. En mí el cambio ha sido muy grande, pongo todo más en perspectiva.

 Cómplice del violador fue el casero, y ese es el segundo eje del libro: que la gentrificación conlleva lucro y que es hasta conveniente que se den estas brutalidades. ¿Cómo vamos a recuperar ciudades libres, seguras y en las que no sea económicamente asfixiante vivir?

Más bien quizá fuera al revés: cómplice del casero fue el violador; la violación actúa como forma de mobbing. No es que la gentrificación conlleve lucro; la forma que utiliza mi casero de empujar a los inquilinos es un modo de evadir la legislación del momento, porque no se puede subir la renta salvo que el inquilino se vaya. Pero si no hubiera gentrificación (es decir, si no hubiera demanda de pisos por el cambio de la zona de zona devastada a lugar de trabajadores que vienen a la ciudad) no tendría sentido subir el piso porque no habría inquilinos dispuestos a pagar más. Si queremos otro tipo de ciudades, el gobierno y todos los ciudadanos deben tomar conciencia de la raíz del problema. Ahora las ciudades no son lugares de vida sino lugares reducidos para el turismo, no sólo porque suban los pisos, sino porque no hay trabajo suficiente y se abren sólo negocios para turistas.

Jana Leo

La casa de Jana Leo en Harlem.

Una pregunta muy íntima: ¿has perdonado a tu agresor?

El perdón es un concepto religioso en el que yo, al no ser religiosa, no puedo entrar. No forma parte de mi lenguaje. Recuerdo lo que el agresor me hizo y no lo olvidaré, pero en este momento no siento odio ni rencor. Recordar y perdonar son dos cosas diferentes; perdonar es necesario para la memoria personal, y para la social, recordar.

Cito a Hélène Cixous: «Un texto femenino no puede ser más que subversivo… Al escribirse, la Mujer regresará a ese cuerpo que, como mínimo, le confiscaron». ¿Has vuelto al hogar de tu cuerpo después de esta experiencia de denuncia, escritura y publicación?

Me parece una muy buena cita y una muy buena pregunta. Sí que he vuelto a mi cuerpo; me ha costado más de 15 años volver. El exilio ha sido largo pero he vuelto a mi cuerpo, que es ahora mi casa.

Por otro lado, planteas la metáfora de allanamiento de morada – allanamiento de hogar – allanamiento de cuerpo. Lo que haces —el arte, la escritura, tu trabajo—, ¿es para ti tu casa?

Sigues con preguntas buenas; el arte y la escritura son mi centro, luego necesito un refugio en el que desarrollar mi centro, si no lo tengo soy un vagabundo. En la metáfora del cuerpo-casa yo diría que el arte no es una casa sino el alimento.

 ¿Cómo fue tu proceso de terapia para reponerte?

Danette Wilson González fue mi terapeuta, trabajaba en un centro cerca de la Universidad de Columbia. Si no entiendo mal fue el primer centro para ayudar a las víctimas de la violencia y de violaciones. El centro empezó [como apoyo a las víctimas]en el campus universitario de Columbia. Gracias a Danette y a Susan Xenarios, la fundadora del centro,  fui cobrando fuerza: me ayudaron en cada paso del proceso durante tres años. Luego nos hicimos casi amigas. Apoyaron la publicación del libro en Nueva York. Es una verdadera falta que no haya un centro ni parecido en Madrid, cuando fui el primer verano y busqué me quedé espantada de la falta de estructura.

Más de una de cada tres mujeres en todo el mundo ha sufrido o sufrirá abusos, agresiones… al menos una vez en su vida. Si eres mujer se da por hecho que “siempre puede” pasarte algo; el qué es más que una posibilidad: sólo queda esperar el cuándo.

Tristemente en el imaginario femenino, en el mundo occidental desarrollado, está la idea de la violación. En el Congo la violación está presente cada día: pasa cuando [las mujeres]van a por agua. La familia siempre les dice a las niñas: «Ten cuidado, que te puede pasar algo…» ¿Cuántos hombres han recibido apercibimientos de sus familias del tipo «Pon atención y pide siempre consentimiento, no vaya a ser que violes a alguien»?

El diseño de las ciudades (por ejemplo, portales con ángulos muertos o telefonillos que dan acceso casi instantáneo a cualquier persona que se haga pasar por cartero) contribuye a que nos sintamos inseguros hasta en nuestras casas. ¿Qué cambios necesitamos?

Los puntos ciegos de los portales y los telefonillos sin vídeos contribuyen de hecho a la inseguridad en el espacio doméstico. No es que nos sintamos inseguros, es que lo estamos. Los puntos ciegos de los portales y los telefonillos sin vídeos no son una perversión moderna, son los sistemas que existen por defecto. Si alguien controla el edificio la seguridad está a cargo de esa persona, pero cuando la figura humana desaparece y el diseño del edificio no se cambia ni se coteja personalmente el acceso al portal la inseguridad es un hecho. Necesitamos otros sistemas de control que sean efectivos… necesitamos revisar todo el sistema.

Jana Leo

 Si tuviste dificultades durante el proceso de escritura, ¿cuáles fueron?

Siempre tengo dificultades en el proceso de escritura, hubo más de diez versiones hasta que conseguí el texto definitivo en inglés, porque escribir es difícil, requiere mucho trabajo. Para que un texto aparezca fresco y natural ha de estar muy  trabajado. También quería un texto ágil, fácil de leer, claro y no académico, lo cual requiere un esfuerzo de destilación, pues lo que nos parece transparente no es para los otros.

Cuando presentaste el libro comentabas que, al denunciar, la policía no te hizo demasiado caso. No sólo te respondieron con desidia sino que tampoco te ayudaron, aunque encontrar a tu abogada fue providencial para ti. ¿Cómo conseguir que los y las denunciantes se sientan respaldados y seguros?

La postura policial en la mayoría de los casos es de desidia. Ocurren tantas violaciones que cuando te pasa a ti eres una más. Esta actitud ayuda a que las violaciones sigan ocurriendo y a que no se denuncien; total, ¿para qué? Es necesario que la sociedad se tome seriamente el asunto para que la policía lo tome seriamente también. Luego es un tema personal, en la policía hay quien no da chapa y a quien realmente trabaja. Esa diferencia hace que mi violador este en la cárcel.

También subrayabas que la cárcel en EE.UU. no es, ni de lejos, como la española: hacinamiento, inseguridad real, violencia. ¿Qué ensayos o investigadores se han dedicado a arrojar luz sobre el sistema penitenciario estadounidense?

He escrito durante diez años, con el sociólogo Terry Williams, un texto que ofrece un nuevo modelo que no se reduce a la prisión y que implica buscar la raíz del problema de la cárcel (que es, de nuevo, la pobreza en las ciudades y la falta de trabajo). Este modelo pone en contacto a aquellos más desfavorecidos socialmente, que adoptan a los condenados en sus casas y reciben un salario por sus cuidados. Si el problema de las prisiones [norte]americanas es el hacinamiento la solución ha de ser individualizada. El problema de la reinserción es que la prisión es necesaria para los que se enriquecen tratándola como industria (privatización de la prisión) y si un régimen económico postindustrial no ofrece puestos de trabajo, entonces ambos, los más desfavorecidos, presos y civiles,  han de ser pagados directamente por el gobierno.

¿Publicar este libro fue ponerte en problemas o, por el contrario, te ayudó?

Ambas cosas y de hecho todavía no sé qué pasará porque los libros tienen vida propia y uno nunca sabe a qué manos llegará. Escribir el libro y publicarlo con mi nombre quiere decir que estoy confesando al mundo que me han violado, y en nuestra sociedad una mujer violada es por un lado una vergüenza y por otro lado un acto de rebeldía, ya que la mujer se está saliendo de su papel de guardar silencio. Hace un año, solicitando un puesto de profesora, me enteré bajo cuerda de que no me dieron el trabajo por el libro. «No vamos a querer que los alumnos y sus padres sepan que tenemos una profesora violada… ¿Cómo vamos a explicar eso?». En ese momento decidí que si mi violación era tan importante para mi carrera, entonces iba a ser mi carrera.


Sobre el Autor

Rocío Martínez

Quiero que mi biografía la narre Samuel L. Jackson

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