«Se escribe no sólo gracias a las palabras, sino fundamentalmente a pesar de ellas»

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Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, República Argentina, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido profesor de la Cátedra de Psicolingüística, y es profesor emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta, dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En el género ensayo publicó ‘El más allá de la época’, ‘Ensayos’, ‘Las columnas de Antonio Gutiérrez’ y ‘Neoliberalismo y caída de los límites’, así como en el género cuento se editó ‘La casa del boulevard Guzmán’. Sus poemarios se titulan ‘Las formas de la tarde’, ‘Linealidad’, ‘Los reversos’, ‘Conflagración’, ‘La ciudad de los lugares comunes’, ‘Metamorfosis cotidiana’, ‘La canción primordial’ y ‘Molde para una metafísica’.

Santiago del Estero, pero también Córdoba, pero también Salta.

Nací circunstancialmente en la ciudad de Santiago del Estero. Mis padres se habían trasladado allí por trabajo. Al año regresaron a su ciudad de origen, Bell Ville, en el sur de la provincia de Córdoba, donde me crié, cursé la escuela primaria, secundaria y dos años de la carrera de Periodismo en un instituto terciario. En 1973 me radiqué en Salta, aunque siempre estuve volviendo a Bell Ville, de donde, en cierto modo, nunca me fui.

Toda mi poesía está marcada por la presencia de la llanura, dictada por mis fantasmas infantiles y juveniles que aún hoy caminan las calles del pueblo, bajan por el boulevard Colón y atraviesan el puente Sarmiento hacia el centro. Uno no es de los lugares donde por azar nace, sino de los sitios donde están sus fantasmas y sus muertos, donde transcurrió la infancia y comenzó a tener recuerdos.

Cursé la primaria en la escuela Ponciano Vivanco en mi pequeña ciudad de clase media, con una mayoría de inmigrantes y una minoría de criollos. Cuando tenía siete años nos mudamos de casa con mi familia a un barrio un poco más alejado del centro, en el que había baldíos y descampados con canchitas de fútbol y encuentros de amigos en la esquina. De esa época fue mi primera y quizá única gran obsesión: el fútbol.

El secundario lo hice en la Escuela Comercial de Bell Ville. Fueron años donde se alternaban los asientos de la contabilidad con las clases de historia y literatura, la Revolución Francesa con el ‘Mío Cid’ y el Siglo de Oro o el Modernismo de Rubén Darío. De esa época fueron mis primeras fascinaciones poéticas. A los 13 años, una profesora de literatura nos hizo memorizar ‘Sinfonía en gris mayor’, de Rubén Darío. Ese poema, esa música alada, fue quizá mi primer encuentro con la poesía y me acompañó por las calles a la salida de clases y hoy, a pesar del largo tiempo transcurrido, aún me acompaña. Luego vinieron, o quizá volvieron, las lecturas de los poetas españoles de la generación del ‘27, de Federico García Lorca principalmente.

Escribí entonces, en noches de insomnio, algunos poemas, o intentos de poemas, rimados y musicales, modernistas, más por un sentimiento de pérdida y por tristeza adolescente que por una real vocación poética; poemas de amor en los que me dolía imaginariamente por lo que en realidad todavía no había perdido, por amores que aún no habían sido pero que me dolían con anticipación, en un goce con las palabras. Fueron días también donde prevalecía en la atmósfera la música, las canciones italianas, los Beatles, los Rolling Stones, el rock nacional con Los Gatos y Almendra y La Joven Guardia, las confiterías bailables, mezclado todo eso con las consignas de la revolución, las asambleas de estudiantes, el hombre nuevo, las ideas de un mundo mejor.

Y ya nos estaríamos acercando a la década del ‘70.

A comienzos de esa década, en Bell Ville, en el instituto donde había entrado a estudiar la carrera de Periodismo, conocí y me hice amigo de unos muchachos que venían de una localidad vecina, Marcos Juárez. Al tiempo ellos abandonaron los estudios y se radicaron en la ciudad de Salta. Se sintieron atraídos por esta provincia. Eran años en los que el norte argentino representaba para los jóvenes la búsqueda de las raíces, la hermandad latinoamericana, el hombre nuevo y cosas por el estilo. A los meses vine de vacaciones y, tal vez, escapando del destino que me aguardaba en Bell Ville, me quedé a vivir en Salta. Esta ciudad me brindó un ámbito propicio para la poesía. Descubrí que estaba escribiendo sin proponérmelo, casi inevitablemente, ocasionales poemas reflexivos y obsesivos. Trabajé al comienzo en una imprenta y en el Diario El Tribuno, luego en una agencia de viajes. A los tres años de estar radicado, comencé a estudiar la carrera de Psicología en la Universidad Católica de Salta. Me recibí en 1982 e inmediatamente ingresé como docente en esa Universidad. Me desempeñé como profesor en diversas cátedras y fui profesor de Lingüística y Psicolingüística durante 35 años.

Fue en Salta donde conocí a Liliana Bellone, mi esposa. Ella estudiaba la carrera de letras en la Universidad Nacional de Salta y ya era escritora. Liliana me introdujo en un mundo literario del que no pude escapar y que hoy considero un feliz destino. En 1982 nació nuestra única hija, María Verónica, que es licenciada en Letras y abrazó la causa de la crítica literaria y los libros.

Antonio Ramón Gutiérrez

Por entonces sobrevino el grupo Retorno, conformado por poetas que produjimos algunas publicaciones, escritores que compartíamos una estética que nos alejaba de la poesía celebratoria, del canto a la tierra, de esa poesía desarrollada con maestría por la generación del ‘40, y nos acercaba a formas más universales, más independizadas de una correspondencia regional, donde se alternaban las influencias del mito griego y latino, el simbolismo francés, las vanguardias, la Generación del 27, la poesía norteamericana e italiana del siglo XX. En el caso particular de mi poesía, hubo y hay una presencia del psicoanálisis, pero también una lucha permanente por librarme de esa influencia.

Los temas centrales en mi poesía son el vacío, la falta estructural en la condición humana, la imposibilidad de atrapar con palabras lo real, y de decir aquello de lo que realmente se trata. Se escribe no sólo gracias a las palabras, sino fundamentalmente a pesar de ellas, luchando contra la resistencia del lenguaje a dar en el blanco. No creo en aquello de la Diosa Palabra, sino en el intento, siempre fallido por otra parte, de hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir. Por eso existe la metáfora. De ese modo mi poesía se inscribiría en una línea conceptual, poesía del pensamiento, inclusive de preocupación, motivada no por una disposición contemplativa o emotiva sino por necesidad reflexiva frente a lo real. 

Mi catálogo de naves literarias es ecléctico y allí están Jorge Luis Borges a quien leía y releía una y mil veces y que ahora empiezo a perder, Roberto Juarroz y su ‘Poesía Vertical’, el simbolismo francés, especialmente Paul Verlaine, el creacionismo de Vicente Huidobro y la poesía norteamericana. Entre los narradores, además de Borges, por supuesto, leí —como la mayoría de los escritores de mi generación— a Julio Cortázar, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Marguerite Yourcenar, Roberto Arlt, Thomas Mann, Edgar Allan Poe, Jean Paul Sartre, y de un modo obsesivo y siempre renovado, pues cada lectura es un acto de habla, a Albert Camus, a Gustave Flaubert y a Marcel Proust y, a veces, a James Joyce. 

Sigamos con tu escritura…

Es extraño lo que me ha sucedido: continué escribiendo a pesar de reiterados intentos por dejar de hacerlo. Escribí sin darme mayormente cuenta, como en un sonambulismo, sin demasiada conciencia de hacerlo. Varias veces, por ejemplo, en medio de un congreso de psicoanálisis, mientras escuchaba a los expositores, sus conferencias me iban sugiriendo o inspirando no cuestiones de la teoría, sino poemas. Los otros trataban de articular los conceptos en la teoría, yo de rescatarlos en un poema. Siempre encontré poesía en los textos de psicoanálisis o de filosofía o de física —quizá por un problema de falta de concentración o de aburrimiento, tendía a traducir los textos de las teorías a la poesía—. Además la poesía me pareció la única manera posible de decir las cosas y de entenderlas.

Después se agolparon los años, el trabajo en el consultorio, la muerte de mis padres en Bell Ville. Continué siempre escribiendo poesía y encontré en el género del ensayo un arma, una forma de dar batalla, de asestar una estocada. En 1999 publiqué ‘El más allá de la época’, en 2005 ‘La precipitación de lo real’, en 2010 ‘Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis’, en 2011 ‘La exclusión en la cultura’ y en 2016  ‘Neoliberalismo y caída de los límites’. En este momento alterno la poesía con la escritura del ensayo psicoanalítico sobre las condiciones de la época y sus malestares. Tengo inédita una novela ambientada en Bell Ville, una ciudad de la pampa argentina, muy arquetípica, como dije, texto que en definitiva quizá no sea más que mi propia novela familiar del neurótico y que se anticipa en un libro de cuentos, ‘La casa del Boulevard Guzmán’, ambientados en la ciudad de Córdoba, algunos en Salta y en especial en la pampa argentina.

Antonio Ramón Gutiérrez

Gracias a la literatura he viajado con Liliana un par de veces a Italia y ya muchas a Cuba, pude participar en recitales de poesía, en congresos de literatura o dictar algunos cursos y un posgrado en la Universidad de la Habana, publicar en revistas, etc. Sobre todo hice amigos, conocí a escritores de otros países y advertí que la literatura es una patria universal que suprime las distancias geográficas y culturales y que escribir es en mi caso el destino «que Dios supo desde el principio», parafraseando a Borges.   

Cercados, enchastrados de neoliberalismo como estamos, te has ocupado el año pasado de la «caída de los límites».

Es un tema muy preocupante. Jacques Lacan, a principio de los 70, definió al capitalismo como un discurso circular sin pérdida, capaz de reabsorber y transformar en mercancía y ganancia hasta sus propios desechos y calamidades. Hoy esa sentencia de Lacan cobra especial vigencia. El capitalismo, en su fase actual neoliberal, especulativa financiera, se presenta como una totalidad sin bordes que se ha adueñado del Estado, del Poder Judicial y del conjunto de la cultura y sus producciones. En ese sentido no hay límites, sino exceso, desproporción, desmesura, mandato a un goce incondicional e irrestricto, en un ir por el todo. La pregunta que debemos hacernos y que deben hacerse especialmente los creadores, los artistas, los filósofos, los políticos es: ¿Cómo escapar a esa circularidad que todo lo recicla y lo reintroduce en su recorrido? ¿Cómo introducir ahí un punto de falta, de descompletamiento? Esto me llevó en 2016 a publicar el libro ‘Neoliberalismo y caída de los límites’, que es la continuidad de otros libros que sobre el tema he venido escribiendo.

El narrador de la novela ‘La música del azar’ de Paul Auster dice por allí: «En cierto punto la música de ambos [Wolfgang Amadeus Mozart y Joseph Haydn] parecía encontrarse y ya no era posible distinguirlas». ¿Te promueve esta frase algún otro encuentro artístico de una índole semejante?

En el arte todo es encuentro, relaciones, entramado de textos y códigos. Gérard Genette habla de palimpsesto, esto es, escritura sobre escritura, constante repetición. Julia Kristeva habla de intertextualidades para referirse a esa repetida cualidad de la literatura. Borges nos ha dado un ejemplo magnífico en el cuento ‘Pierre Menard, autor del Quijote’. Cada poema, cada novela provienen de un ritmo misterioso, a veces remoto, a veces más cercano, que es el ritmo de un Otro que narra y compone, el lenguaje mismo, la condición humana. Esos encuentros a veces son notables, algún oído avezado puede descubrirlo (como el narrador de la novela de Paul Auster), pero a veces nadie los descubre, ni siquiera el artista que los produce. En Borges están los poetas ingleses y norteamericanos, están las voces de Dante Alighieri, William Shakespeare y Miguel de Cervantes, como en un devenir que se impone al escritor. En el ‘Orlando’ de Virginia Woolf está el ‘Orlando furioso’ de Ludovico Ariosto; en ‘Pedro Páramo’ está ‘La Odisea’, especialmente en lo que se conoce como la telemaquia, el peregrinaje de Telémaco en busca de su padre, voces a veces audibles, a veces, ocultas.

Sobre el Autor

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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