‘The Handmaid’s Tale’ o el prodigioso delirio de Margaret Atwood

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Cuando de las civilizaciones no quedan más que las cenizas – replicó-, el arte es lo único que perdura. Las imágenes, las palabras, la música. Las estructuras imaginativas. El sentido (el sentido humano, vaya), se define en virtud de ellas. Eso tienes que admitirlo.

-‘Oryx y Crake’ (Margaret Atwood)-

The Handmaid's Tale

No es cierto que el aburrimiento dominguero sea irreversible, ni mucho menos. En esas tardes en las que solemos presagiar lo peor de lo peor se descubren, en ocasiones, acontecimientos maravillosos. En serio. A mí, por ejemplo, me pasó una tarde de domingo. Indagando en una de las plataformas a las que estoy suscrita para ver cine y más cine, me encontré en portada con la serie que da título a este artículo. Ya había pasado por encima alguna vez, pero esas tocas monjiles y siniestras me espantaron y pasé de largo. Menos aquel domingo, vete a saber por qué.

The Handmaid’s Tale‘, basada en la novela homónima de Margaret Atwood, es un delirio prodigioso, sórdido, desbordante de imaginación, morboso, visceral y aterrador.

Los Estados Unidos han desaparecido y en su lugar nace la República de Gilead, un régimen totalitario que persigue a las mujeres, obligadas a servir y  destinadas al concubinato para repoblar el país.

Las primeras imágenes de la serie de televisión, a la que no suelo ser aficionada, deja sin respiración. El relato de Atwood maravillosamente adaptado, lleva al espectador hasta el límite de su propia fantasía y lo introduce en un mundo delirante y terrorífico que bien podría ser real.

Con una fotografía deslumbrante, una estética del color acertadísima y una banda sonora inigualable, la serie atrapa y deja exhausto. No puedes pensar, creo que tampoco es necesario, sólo dejarte sumergir en un submundo de locura y desesperación donde el futuro simplemente no existe y el pasado ya no importa.

Inadecuada para mentes muy sensibles y para miedosas de manual como yo, lo cierto es que bien merece un esfuerzo de locura adentrarse en Gilead y sus atrocidades, aunque luego no duermas en toda la noche.

A fin de cuentas, la calidad inconmensurable es tan escasa en las series televisivas…

Vivan los domingos de aburrimiento, Margaret.


Sobre el Autor

Mencha Pardal

1975, Madrid. ¿1975? ¿En serio? No debí desvelarlo, pero ahí queda. Converse rotas edición limitada para recorrer el mundo, un bloc de notas y un bolígrafo japonés. Ordenador por exigencias del guión. Por mí, seguiría escribiendo a mano. De profesión apátrida.

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