«La fábula del rey desnudo es plenamente aplicable a lo que sucede en el panorama poético»

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Mariano Shifman nació el 23 de noviembre de 1969 en Lomas de Zamora, ciudad donde reside, provincia de Buenos Aires, la Argentina. En 1992 obtiene el título de Abogado por la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y en 2013 el de licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó los poemarios ‘Punto rojo’, primer premio de poesía en el XI Certamen Nacional de Poesía y Narrativa, ‘Material de interiores’ y ‘Cuestión de tiempo’, con prólogo de Rafael Felipe Oteriño.

Contanos sobre vos en esa ciudad que no sólo los lomenses denominan simplemente Lomas.

Salvo el primer grado, que lo cursé en la Escuela Provincial Nº 14 General San Martín, en mi ciudad, el resto de la primaria lo hice en la Escuela Normal Nacional de Banfield —el viejo ENAM—. Cursé la secundaria en el mismo colegio, uno de los tantos errores que he cometido por indecisión o inercia. Mis años de secundario fueron de pesadilla, especialmente los últimos dos; ahora se le dice bullying —tengo un poema al respecto, incluido en mi último libro—. En castizo puede traducirse como maldad contra el “diferente”. La diferencia, en mi caso, quedaba establecida por mi timidez, que luego fui superando, por no ser hábil para los deportes o por no festejar las bromas de los capangas. Fui un buen alumno durante la primaria y hasta primer año de la secundaria; desde los 14 años, para refugiarme de la realidad, me sumergí en el ajedrez, un juego que es demasiado bello, con todo lo bueno —y lo malo— que eso supone. Jugaba torneos por la noches y pasaba horas y más horas analizando partidas, en una época muy anterior a Internet; hoy en día, no habría podido despegarme de la pantalla.

Terminé la secundaria sin dificultades académicas, pero sí humanas. Cuando me despedí de todos mis compañeritos sentí un alivio inconmensurable. Paralelamente a la tristemente recordada escuela secundaria, cursé algunos años en el Conservatorio Provincial de Música Julián Aguirre, de Banfield. Allí el ambiente era totalmente distinto a la escuela: buenos compañeros, profesores amables; el problema era yo, que estaba demasiado entusiasmado con el ajedrez como para prestar la debida atención a mis estudios de guitarra. Finalmente, dejé de cursar al empezar la facultad. Ahora me arrepiento, porque la música es una de mis pasiones, al menos como oyente.

En marzo de 1988 comencé la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Como se verá, toda mi educación fue pública. En la Facultad, y al contrario de lo que me sucedió durante la secundaria, tuve una buena relación con mis compañeros. Mientras cursaba la carrera con relativa vocación, seguía enfrascado en el ajedrez. Mi apogeo en el juego fue entre 1992 y 1994, cuando estuve a punto de obtener el título de Maestro de la Federación Internacional de Ajedrez. Me recibí de abogado y poco después abandoné el “juego ciencia”, ya que mis nervios me jugaban muy malas pasadas en los momentos decisivos, y las partidas a mi favor se daban vuelta. Resolví, por lo tanto, ser, desde entonces, espectador o, ya mucho más tarde, jugar ocasionalmente por Internet.

En cuanto a mi familia, mi padre, Daniel, falleció en diciembre de 2007; tenía inquietudes artísticas, escribió algunas canciones —letra y música— que no llegaron a concretarse. Lamento que no haya conocido ni uno de mis sonetos —empecé a escribirlos en 2011—, porque intuyo que le hubieran agradado más que mis poemas en verso libre. De mi madre, Marta, que además de odontóloga es profesora de piano, heredé poco —desafortunadamente— de su intuición y de su fuerza de voluntad, y tal vez algo más de su sentido artístico. Mi hermana, Silvina, es compositora, muy talentosa, según mi punto de “oído”, aunque la docencia apenas si le deja tiempo para dedicarse a su verdadera vocación, que es la creación musical.

Recuerdo con mucho afecto a mi abuela Ana, con quien pasé casi todas las mañanas de mi primera infancia, porque mi madre trabajaba en el Hospital Gandulfo, de Lomas; falleció cuando yo tenía 18 años, de modo que no alcanzó a conocer mi faceta de escritor.

Aunque desde chico me gustaba leer, sobre todo diccionarios, atlas, libros de ciencia, durante los diez años en que me absorbió el ajedrez disminuí mucho mi ritmo de lectura. A partir de 1994, volví a ser un lector bastante voraz y al mismo tiempo, y de a poco, comencé a escribir.

De a poco.

Y a los 24 años. Y no escribiendo poemas, sino cuentos. No eran estrictamente “malos”, pero intentaba ser demasiado “correcto” y eso les quitaba espontaneidad. Algunos los reescribí, con más “estilo”, y creo que son dignos —uno, incluso, se transformó en una obra de teatro—.

No sabría precisar cuándo intenté pergeñar mi primer poema; acaso hacia 1996. No había sido un gran lector de poesía. Sí había leído con infinita admiración los cuentos y poemas de Jorge Luis Borges; me volcaba más a las novelas: ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, ‘Padres e hijos’, de Iván Turgeniev, ‘El primo Basilio’, de Eça de Queiroz, entre las que recuerdo sin esmerarme.

Al rondarme la poesía me interesé más en la lectura. Entre los autores que fui descubriendo, Fernando Pessoa me deslumbró. Estábamos a mediados de los 90, años en los que preponderaba “Diario de Poesía” y sus dictámenes. Por entonces, yo no lo sabía conscientemente, pero había un clima de época que, quiérase o no, uno no tenía más remedio que seguir, sobre todo si era joven y con poca experiencia literaria. Como había leído en algunas de las revistas en boga que la rima estaba perimida, me cuidaba de usarla; hasta cambiaba las palabras finales de los versos si notaba rimas, incluso asonantes, a cuatro o cinco versos de distancia… A pesar de estas prevenciones, que ahora considero estúpidas, ya en mis primeros poemas, pasables, regulares o directamente malos, considero que se podía oír una voz más o menos propia. Nunca intenté escribir “a la moda”, parecerme a los que ganaban premios, puestos rentados en el mundillo de la cultura, becas, etc. Aunque sí me inficionaban en la cuestión formal con sus recetas, éstas no influían en mis preocupaciones temáticas, que a lo largo de más de dos décadas no han variado demasiado.

Así se fueron acumulando los textos, sobre todo poemas, escritos en cuadernos de tapa dura y también a máquina de escribir (aún no usaba computadora). En 1999, con una carpeta llena de poemas, fui a ver a Alejandrina Devescovi, de Ediciones Botella al Mar, con el propósito de publicar mi primer libro. A Alejandrina le gustaron, pero por mi tendencia a postergar todo, la idea de publicar quedó en eso, aunque seguí escribiendo y participando de concursos. Por el 2000 envié poemas a la revista La Guacha; uno de ellos lo comentó favorablemente el poeta salteño, a quien yo ya había leído y estimaba, Santiago Sylvester, lo cual me estimuló.

En 2003 comencé la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras, donde me recibí en 2013: lenta cursada, por razones laborales especialmente. Mis experiencias en aquellas aulas fueron variadas: tuve buenos compañeros y algunos profesores valiosos, así como otros saturados de esnobismo.

Se podría decir, grosso modo, que son dos los actores que definen qué se lee: el mercado, en el que cada día más se incluyen como autores capitostes del periodismo devenidos novelistas, y lo que en otro poema llamo la “Academia”, es decir todo el aparataje crítico que deriva de las facultades de letras, en especial la UBA.

Cuando uno cursa la carrera va conociendo autores que son venerados en el ámbito universitario, en muchos casos, como fetiches. No quiero hacer nombres, tampoco me referiré al género novelístico, del que, salvo excepciones, estoy un tanto apartado. Pero creo poder opinar sobre poesía. Y es aquí la gran cuestión: desde las cátedras de Literatura Argentina se impuso toda una moda acerca de la poesía que «representa nuestra época». Por ejemplo, si los 90 fueron sinónimo, a nivel social, de egoísmo, pobreza espiritual, ramplonería, la poesía que refleja ese período debe ser pobre, ramplona, incluso “egoísta” con sus lectores, a los que no se les brinda ningún grado de belleza, ya no digamos epifanía, que puede sonar anticuado y aun confesional. Un buen número de quienes lean estas líneas podrán pensar, sin mayor esfuerzo, en unos cuantos nombres propios que es ocioso mencionar, pero que manejan todos los resortes de la “movida” poética: premios, invitación a festivales aquí y acullá, artículos en los suplementos culturales.

Un párrafo aparte: el “ambiente” poético.

Todos conocen la fábula del rey desnudo: es plenamente aplicable a lo que sucede en el panorama poético argentino desde hace décadas. Hará un año escribí un soneto titulado ‘Harta cultura’, que publiqué y volví a publicar en Facebook. Fue bastante festejado porque refleja una realidad experimentada por escritores y, desde ya, artistas de otras disciplinas.  

Harta Cultura

El rey está desnudo, es evidente,
y por eso ninguno lo confiesa.
¿Quién ignora que el rey lo sabe? Miente
quien gire lado a lado la cabeza.

Comprendo a todos: nadie es tan valiente
para inmolarse solo en la proeza
de anunciar la verdad —clara, inocente—,
que a un loco de entre tantos interesa.

Digamos al unísono que el traje
es digno de quien porta un gran linaje.
Lucremos; pergeñemos más estafas.

Y si hay alguien estúpido o sincero,
gritemos que no ve o es embustero.
Y enceguezcámoslo con nuestras gafas.

¿De qué trata el poema? Del esnobismo como norma fundamental para juzgar el valor de una obra artística; digo fundamental y no única, porque la otra vara tiene que ver con el amiguismo. Borges ponderaba a la amistad como la mejor de las virtudes argentinas, pero trasladado al ámbito en donde debe juzgarse qué obra merece reconocimiento… Aunque no sé si es la amistad la que prevalece en estas cuestiones, sino más bien intereses cruzados, asociaciones de distinta laya en donde conviene que ganen unos para que ganen otros.

El caso del Fondo Nacional de las Artes, al menos en el género poético, es paradigmático. Desde ya, cualquier criterio para dirimir qué obra es la mejor entre varias decenas dejará disconformes, pero no parece ser casual que casi invariablemente, en los premios otorgados por este benemérito organismo ganen poemas que sólo tienen de tales el nombre. Aclaro, por si hiciera falta, que los tejes y manejes del Fondo —como así también de otras entidades nacionales, provinciales, municipales, etc.— a la hora de elegir a quiénes “canonizar”, vienen de lejos y son transversales, como está de moda decir ahora, a todos los espacios políticos. La “Cultura” en la Argentina ha sido usurpada por unos pocos nombres que, aunque parezca increíble, se esmeran en elegir lo que a cualquier lector desprevenido le resultaría lisa y llanamente soporífero. Podría hacer nombres, pero sería injusto —como suele decirse, aunque aquí en sentido inverso— porque dejaría afuera a unos cuantos. Intuyo, además, que no hace falta. Sólo es necesario verificar —es fácil hoy en día a través de Internet— quiénes son los jurados de los premios más importantes, en cuanto a reconocimiento económico, “prestigio”, posibilidad de viajes, de invitaciones, de pensiones vitalicias, etc., para darse cuenta que unos pocos y pocas tejen una red indestructible de acomodos, favores mutuos, canonjías y otras yerbas “legales”, pero no por eso menos tóxicas.

¿«Abrazar una causa», «Ofrecer apoyo», «Hacerlo de onda», «No amilanarse ante la adversidad” o «Darse de corazón”?

Quisiera responder que me identifico con todas estas expresiones, pero no es el caso. Por desgracia, tengo tendencia a ahogarme en vasos de agua —o peor, en gotas, algunas veces—, de modo que la cuarta opción me está vedada. Para «abrazar una causa» no me falta entusiasmo, pero suele faltarme certezas. No soy escéptico, al contrario: quizá mi problema es “creer” —sea lo que sea tal palabra— simultáneamente en tendencias que pueden contradecirse, pero, debo aclarar, nunca haciendo la famosa síntesis hegeliana. Las otras tres opciones: «Ofrecer apoyo» reconforta; no sé si resulta de utilidad, pero estimo esencialmente las intenciones. «Hacerlo de onda»: podría afirmarse, sin temor a equivocarse, que los poetas si verdaderamente lo son, escriben por una necesidad espiritual; pero también para comunicar. ¿Y qué duda cabe que lo hacen de onda? Salvo excepciones, de las que hablé antes y sobre las cuales prefiero no extenderme aquí, los poetas se costean sus propias ediciones; sus libros apenas son distribuidos; los suplementos literarios los olvidan —no si son amigos de los redactores—… Pero sucede, creo, que cada poema es una botella al mar —feliz expresión de Paul Celan— y que se intenta, con la divulgación, encontrar espíritus afines. En cuanto a «Darse de corazón»: lo hice varias veces y en no pocas mi corazón tropezó. Pero no soy el único al que le ha pasado, desde luego.

¿Le corresponde a la poesía producir pensamiento?

No sólo le corresponde; diría que es inevitable. Puedo entender que haya existido un tipo de poesía que se regodeara con las palabras como objetos autónomos, sin vincularse a la reflexión, pero me parece que algo así cansa pronto. No concibo un poema que no sea, si bien un objeto verbal, a la vez un modo de reflexión. Desde hace unos cuantos años se ha instaurado el sintagma poesía del pensamiento, en oposición, intuyo, a la poesía que no desdeña, sino, al contrario, se enriquece con las cuestiones formales. Acaso un poema, por el hecho de ser eufónico, ¿está obligado a ser vacuo?

A propósito de esta cuestión, hace unos meses escribí una coplilla sobre el tema, publicada en Facebook, que dice así:

“Poesía del pensamiento”,
porque lo nuestro es pensar.
También pensaba Machado,
sin olvidarse al juglar.

Sobre el Autor

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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