El vóley playa y la ola de calor

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Semana de calor intenso. Muy intenso, algo inusitado para estas alturas del año (aunque ya estamos a mitad de junio, tampoco es el apocalipsis). Los prolegómenos de lo que parece será un muy caluroso verano. Esta pequeña avanzadilla permite que en los telediarios ya se ensayen los repetitivos, los cansinos reportajes (siempre iniciados con una conexión en directo, o bien en una playa repleta de personas obesas bañadas en crema solar, o bien bajo un termómetro de gasolinera marcando máximos históricos, porque siempre son históricos) sobre lo alto que se enfilan las temperaturas, los “truquitos” de las ancianas para no morir incendiadas y algunos consejos (para Dummies) que harán que sobrevivamos a esta época del año.

Cuando el mes de mayo agoniza yo también lo hago. Soy muy caluroso y al mínimo repunte mi piel se vuelve pegajosa (gracias, humedad marítima) y las noches ya las paso sin una manta de por medio. Todos los años me repito lo mismo: «A la que pueda me voy a la playa». El deseo es firme, irrevocable y, por supuesto, inevitable. ¿Cómo no sumergirse en las frías aguas del Mediterráneo y paliar así los efectos de tener sangre que hierve a la mínima? Si fuera por mí todo el año debería ser febrero, poder moverse por la calle a pleno sol sin sudar, disfrutando de un día soleado sin la imperiosa necesidad de encontrar una sombra en la que cobijarme. Otra alternativa sería mudarme al norte de Europa, pero no estoy como para aventurarme a mendigar en sueco o finés.

Verano es igual a playa y agua salada bien fresca. Si hay que ir, se va.

Pues no. No lo hago. El proceso, estúpido y hasta cierto punto masoquista, se repite año tras años. Me propongo ser animal marino en verano y nunca lo cumplo. Desde 2011, si no recuerdo mal, es probable que haya pisado la arena no más de dos docenas de veces, lo cual me convierte en un ser odiable teniendo en cuenta que vivo a cinco minutos de la playa. Me empecino en negar la mayor y contradecir las señales que mi cuerpo envía en forma de cócteles molotov por todas las zonas de mi cuerpo. Las ignoro, tal vez porque las multitudes me inquietan (y la playa en verano es la sublimación de las aglomeraciones) y el calor con un ventilador cerca ya no es tan perverso.

Sin embargo, este 2017 algo ha cambiado. Además de ser un año más viejo (y de encontrarme a menos de 365 días de cumplir la edad en la que Cristo se hizo verdaderamente famoso), me ha entrado el gusanillo por un deporte que jamás he practicado: el vóley playa. Lo veía cuando paseaba por el paseo marítimo (sin llegar a pisar la arena, como tenía que ser en mi apuesta por la ranciedad), a veces en televisión cuando llegaban los JJOO… pero nunca lo llegué a practicar. Y ahora llevo dos semanas jugando por lo menos dos veces cada cinco días, borracho de ganas por terminar con las piernas destrozadas, los hombros cargados y la promesa de no volver jamás. También la rompo.

Hay una suerte de placer que de manera inconsciente me recorre el pensamiento cuando juego; en realidad son dos. Por un lado, sé que estoy haciendo deporte a un nivel muy moderado, sin forzar pero que es beneficioso para mi cuerpo; además, por si fuera poco, consigo coger un poco de color en la piel (hagamos un breve paréntesis aquí: ODIO ese ritual que consiste en tumbarte en la toalla para convertirte en un trozo de carne a la parrilla por el mero hecho de ponerse moreno. La gente odiando el calor y lo primero que hacen es postrarse cara al sol, en la peor hora del día, alimentando ese futuro cáncer de piel. No lo concibo. Cierro paréntesis.) sin tener que torturarme sobre una toalla. Dos puntos positivos sólo por jugar.

Además, oye, es un deporte divertido que rompe la rutina laboral, descongestiona el estrés y sirve para conocer a todo tipo de gente. En pocos días he conseguido armar un pequeño grupo que tal vez con el tiempo rompa la barrera de la playa y se convierta en algo más. Quien sabe. De momento, ya no soy Copito de Nieve.

Sobre el Autor

Alejandro F. Orradre

Hijo de los 80, lector enfermizo, aspirante a escritor. Todo lo que vivimos ha de ser contado.

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