Recortes a la fuerza

0

La vida nunca deja de darte sorpresas. De un modo u otro siempre encuentra la manera de hacerse sentir, de dejar clara su influencia superior, su control sobre nosotros, pobres marionetas a su merced. Lo dicho, muchas sorpresas. Me han pasado algunas buenas, y otras malas —de momento, me temo que más de las segundas que de las primeras—, y este 2017 estaba siendo algo misericordioso con un servidor, hasta que llegó el fatídico mes de junio (irónicamente el de mi cumpleaños), y que siempre viene cargado con ganas de joderme.

Miré el saldo de mi cuenta y no tuve un infarto porque en mi familia antes de los 40 no ha sucedido nunca —tengo 32—; eso no eximió a mi corazón de un sobresalto al comprobar que a falta de 20 días para cobrar tenía apenas 100 euros en mi cuenta corriente. Toda una vida por delante.

Tras recuperarme del ataque de pánico llegaron las posibles soluciones: pedir dinero a familiares, amigos o cualquier alma caritativa. No podía sobrevivir tantos días y mi vida pendía del altruismo de otras personas, del amor familiar, del compromiso de una amistad sin límites. Tonterías. De nuevo me sobrepuse al miedo —estúpido visto con el paso del tiempo— y pensé fríamente. Planifiqué: unos euros aquí, otros pocos allá, contención por todas partes. Los números cuadraban, al milímetro y sin una sola excepción al capricho, pero cuadraban. Una parte para el gato —comida, arena, agua—, el resto para mí. Tres comidas diarias, más bien exiguas, pero las básicas. Poca carne, mucha verdura y pasta integral. Unas patatas, huevos y agua. Nada más. Ni postres, ni snacks, ni japonés, ni pizza… ¿El horror?

Pues sinceramente, no. Podía parecerlo. De hecho, lo viví como tal las primeras horas. Sin embargo, el tiempo tiene muchas virtudes —a la vez que defectos— y una de ellas es la de aposentar las cosas poco a poco.

A toro pasado puedo decir que ha sido un curso acelerado de aprender a comer bien y comedido. Los dos primeros días, he de confesarlo, fueron duros: me rugían las tripas, se retorcían por todas partes como un contorsionista experto, me sentía débil y mi cabeza daba demasiadas vueltas. Fue mi momento de mayor flaqueza, y a punto estuve de coger el teléfono y pedir ayuda. Pero aguanté, porque creí que debía hacerlo. El tercer día desperté más despejado que de costumbre, y con el paso de las horas comprobé que mi cuerpo se estaba habituando. Pude hacer deporte sin sentir más cansancio del habitual, me iba a dormir sin esa sensación de hambre de las primeras veces… y por si fuera poco perdí peso. Quise controlarlo porque me preocupaba cómo afectaría eso a mi cuerpo, y he comprobado que los kilos han ido desapareciendo de manera progresiva. Al final no puedo asegurar cuántos han sido, pero en dos meses he perdido diez kilos, y puede que tres o cuatro fueran en esos 20 días.

Ahora todo vuelve a la normalidad, pero lo vivido —y también sufrido, para qué engañarnos— me ha servido más de lo esperado. Casi como una catarsis, voy a intentar seguir al máximo posible lo que hice esas casi tres semanas de penitencia —que por cierto lo han sido gracias a Montoro y su pequeña inquisición fiscal— porque estoy seguro que es el camino a seguir. Habrá caprichos, porque la vida también se vive en esos pequeños placeres, pero tal vez ha llegado el momento de pensar a largo plazo y tratar de conservar esta máquina el mayor tiempo posible y en las mejores condiciones.

El tiempo dirá. Las verduras con especias siempre están muy ricas, que lo sepáis.

Sobre el Autor

Alejandro F. Orradre

Hijo de los 80, lector enfermizo, aspirante a escritor. Todo lo que vivimos ha de ser contado.

Dejar una respuesta

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: