Y fueron viajeros para siempre (V): La boda

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Multitudes, alturas vertiginosas, atascos, aglomeraciones… Eso era lo que esperábamos encontrar en la megalópolis más rica del mundo, pero Singapur escapa de cualquier denominación. Ciertamente está poblada de edificios que trepan hacia el cielo —como el Marina Bay Sands, dos torres de 227 metros en cuya cima se posa, como si algún gigante la hubiera dejado allí, la piscina más grande del mundo—, pero bajo ellos hay una bullente vida multicultural que te asombra a cada paso.

Cuando el Uber nos dejó, nuestro hotel nos abrumó un poco. Justo en el centro del distrito financiero, una enorme torre negra de 19 plantas..

Al día siguiente nos cargamos las mochilas al hombro, dispuestos a hacer de ese día en Singapur algo más que una simple escala.

Antes de que Singapur fuera Singapur, existía el Hotel Raffles, creado por Sir Stamford Raffles, gobernador de Indochina para el Imperio Inglés en 1887, con sólo diez habitaciones. Hoy en día cuenta con tres plantas, varios restaurantes, un museo y un teatro. Este hotel fue en su momento refugio de escritores tan importantes como Joseph Conrad, Rudyard Kipling, Hermann Hesse o Somerset Maugham.

Siempre habíamos soñado con pasear por sus salones. En The Writers Bar se escribieron obras que para siempre quedaron como referentes de la literatura universal. El Singapore Sling, un cóctel originario del hotel, ha salpicado nuestras lecturas desde antes de tener siquiera edad para probarlo. Y, por fin, pudimos tomarlo en la terraza de la  Billard Room. No nos defraudó, aunque no lo recomendamos para todo el mundo. Hay que ser bastante friki de Conrad o del detective Carvalho para que los 36 euros que cuesta te merezcan la pena. La visita al hotel sí que es totalmente recomendable. En este lugar están los cimientos del antiguo puerto colonial que fue Singapur, y aún se puede percibir en todos sus detalles el espíritu de finales del siglo XIX.

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Son varias las religiones y culturas las que conviven aquí: indios, malayos, árabes y, sobre todo, chinos. Son curiosos los carteles de las calles, escritos en cantonés, mandarín, malayo e inglés. Nuestro hotel estaba cerca del barrio chino y pudimos pasear por sus callejuelas y los mercados que se despliegan bajo los rascacielos. Fue como estar en China. Comimos en un restaurante popular, en la calle, y tomamos la mejor sopa wonton de nuestra vida.

La primera noche fuimos al zoo de la ciudad que está considerado como uno  de los mejores del mundo. Ofrecen un tour nocturno aprovechando que los animales están mucho más activos. Fue interesante tener la oportunidad de ver animales salvajes a escasos metros y, en ocasiones, centímetros de distancia. Pero lo mejor fue el paseo a pie.

El zoo está construido en un espacio natural protegido, y las  plantas crecen salvajes por el clima tropical húmedo que tiene la ciudad. Estás rodeado de gorgoteos y chirridos de todos los insectos que las pueblan y, de vez en cuando, atraviesas sin querer una telaraña que se adhiere, viscosa, a tu cara. Esta sensación de humedad, los olores de los animales que están a pocos metros de ti, la penumbra de la noche… Todo fue un aperitivo de la jungla que veríamos en pocos días y nos despertó aún más las ganas que teníamos desde hace un mes de meternos en la profunda y misteriosa selva de Sumatra.

Sentimos pena al despedimos de esta gran urbe, dejando atrás mucho por ver y conocer de esta puerta de Asia. Al irnos y verla desde el aire pudimos observar el origen de toda su riqueza, una ciudad paralela que la rodea. Cientos de gigantescos barcos transoceánicos de carga que antes de atracar esperan a acontecimientos que pueden ocurrir en cualquier parte del globo: que baje el dólar, que suba el yuan o se conozcan las reservas de crudo de Canadá…

Y por aire llegamos a Medan. Una parada obligatoria antes de emprender el camino hacia Ketambe, nuestro destino en la selva de Sumatra.

Desde Meden es mucho más sencillo y rápido, si quieres ver orangutanes, ir a Bukit Lawang, que está sólo a dos horas y donde la infraestructura turística está mucho más cuidada. Pero nosotros no estábamos allí para hacer turismo. Queríamos ver a los orangutanes en su medio natural y recorrer la jungla tal y como es fuera de caminos marcados y masificados. Y para eso había que ir a Ketambe.

En el valle del río Alas, Ketambe acoge el centro de investigaciones del parque Gunung Leuser, donde desde 1970 científicos de todo el mundo llevan analizando uno de los ecosistemas más ricos de la tierra alejados de la presión del turismo que sí tendrían en Bukit Lawang.

La decisión era fácil de tomar, pero, claro, implicaba un coste. Ketambe está a unas nueve horas en coche, cruzando la jungla por carreteras que no merecen ni ese nombre. No hay mucha información de cómo llegar y, por supuesto, no existen horarios fijos ni transporte organizado.

Empleamos lo aprendido en Indonesia: ir directos y contar con la gente. Pillamos un taxi y le contamos nuestro problema. Era un hombre de etnia batak originario del lago Toba. Como otros batak que nos encontramos por Indonesia, era cristiano y extremadamente amable –no se explica cómo sólo hace 200 años se comían a sus enemigos—. Se preocupó de llevarnos a una especie de estación lanzadera de autobuses y, una vez allí, de traducirnos todo y de que no nos estafaran en el precio. Acabamos pagando unos 11 euros para un viaje de muchas horas en autobús. Dos personas. Muchas gracias, Silfan, por todo.

El conductor era un psicópata. Íbamos nueve personas en un monovolumen diminuto y, por supuesto, sin cinturones de seguridad. Completó en menos de siete horas un viaje que se tendría que haber hecho en nueve. La verdad es que nos alegramos mucho al llegar al hostal, aunque fuese en medio de una enorme tromba de agua.

El Thousand Hills es un conjunto de bungalós al pie de la selva que cuidan Joseph y su alegre tripulación. Todo se organiza alrededor de una preciosa terraza de madera aledaña a la cocina y rodeada de un bello jardín cuajado de flores tropicales. Nos encantó el lugar y el trato de Joseph y sus empleados. Tanto que sentimos que habíamos llegado por fin al lugar donde nos casaríamos.

Al llegar conocimos a Abu, que sería nuestro guía en la selva al siguiente día. Se ofreció a ayudarnos a llevar las maletas al bungaló que nos habían asignado y, justo cuando yo volvía para quejarme de que había más bichos dentro de la habitación que fuera, me lo encontré en el camino, parado, alumbrando unas secas hojas de bambú.

«Pascal, come here! Really poison!», dijo mientras mostraba una víbora que me costó mucho ver camuflada entre las hojas.

Más tarde nos contó que era súper venenosa y cómo una vez una le picó en la pierna haciendo que la tuviera un mes terriblemente inflamada.  

Si cuando vuelves de las zonas comunes de un hotel hacia tu habitación tienes que tener cuidado de no pisar una serpiente venenosa, es que has llegado a la selva. No cabe duda.

Al día siguiente salimos hacia el parque natural con Abu. La idea era cruzar la jungla durante unas tres horas hasta el cauce alto del río Alas, dormir allí y volver al día siguiente tras haber visitado también unas aguas termales que emanan del mismo río. Y, sobre todo, ver orangutanes.

La caminata fue dura, la humedad y el calor eran sofocantes, pero el entorno era increíble. Cuando queremos describirlo sólo nos viene a la cabeza la palabra “templo”. Enormes arbotantes de raíz de árbol, flores que nunca has visto y que sabes que nunca volverás a ver enredándose entre lianas que suben a estrangular gigantescas torres de teca. Abu nos pidió silencio. Estábamos buscando orangutanes y no debíamos hacer ningún ruido. Creo que la mayor parte del camino no hubiéramos podido decir ni media palabra, aunque hubiésemos querido, por la mezcla de cansancio y asombro por lo que nos rodeaba.

La llegada al campamento fue un bálsamo. Junto al hermoso cauce del río Alas, teníamos todo lo que necesitábamos. Unas rudimentarias tiendas, agua, comida y una fresca corriente donde refrescarnos y quitarnos el sudor. Al quitarnos la ropa para el baño descubrimos a unos inesperados pasajeros que habíamos recogido, sin saber, durante el camino: ¡sanguijuelas! Se habían colado por los calcetines y habían estado chupando del empeine hasta hartarse.

En cuanto pudimos y tras una suculenta comida, volvimos a la selva a buscar a  los orangutanes. Abu había visto un árbol de lianas que produce una fruta que los orangutanes aprecian mucho, y creía que durante la tarde podrían aparecer por allí, puesto estábamos justo en la temporada donde la fruta está más madura.

Dicho y hecho. Allí estaban.

Son increíbles, mucho más grandes de lo que esperábamos, mucho más naranjas. Se mueven con parsimonia y agilidad de rama en rama en las enormes copas verdes de los árboles. Tienen algo de irreal, algo de milagro. Son como una llama naranja en el infinito dosel verde de la jungla.

Al día siguiente nos fuimos de nuevo entre la lluvia tras haber dormido fatal en el suelo duro de la tienda. Antes de partir nos dimos un baño en unas aguas termales que manan del mismo río. En el agua, caliente y sulfurosa, que doraba la plata de nuestros anillos, en medio de un río a tres horas de un pequeño pueblo a siete horas de la ciudad más próxima. Nunca estuvimos más lejos. Y, sin embargo, allí, sumergidos en las aguas calientes que nos calmaban nuestros  músculos cansados, nos sentimos relajados y, de alguna forma, en casa.

La boda

Volviendo de la selva le contamos a Abu nuestros planes de boda y él mismo se ofreció a ser quien oficiara la ceremonia. Nos había caído genial y nos pareció buena idea, pero no contábamos con que le hiciera tanta ilusión como le hizo. Empezó a decirnos una especie de poema o juego de palabras que podíamos usar para nuestros votos e, incluso, nos dijo que iba a buscar unos trajes tradicionales para que luciéramos en la ceremonia.

A la mañana siguiente, ya en Ketambe, nos dividimos para organizar una boda que no teníamos ni idea de cómo iba a ser, qué íbamos a vestir, quién iba a asistir…

Para que se entienda lo contaremos en tercera persona:

Olga se fue con Abu a casa de su madrastra para buscar los vestidos. La mujer resultó ser una profesora en el colegio local y, además de ofrecerle alquilar el vestido, quedaron para visitar la escuela al día siguiente. Ella ya tenía un traje de bodas que Pascual le había regalado en Bali. Una prenda de seda natural, tejida a mano, con una tela suave muy bonita, con el típico diseño balinés. Así que sólo cogió un traje tradicional para Pascual. Por respeto, y para honrar la cultura de los Gayo, escogió una banda decorada con los motivos típicos para llevarla con el vestido balinés.

Mientras, Pascual se fue a Kutacane a comprar las viandas del banquete. Kutacane es una ciudad pequeña, muy tradicional y muy islámica. Era el único occidental allí y en cada esquina veía las caras de sorpresa y las sonrisas de los habitantes, poco acostumbrados a las visitas. La idea era comprar una tarta de bodas. No hubo manera, ni en las cafeterías ni en los supermercados… Así que compró unos bizcochos, cuatro o cinco chocolatinas Cadbury y leche de coco con la idea de poder preparar la tarta allí mismo.

Una vez de vuelta en el hotel se pusieron manos a la obra. Primero con la tarta. Metidos en la cocina, a la cual los huéspedes no tienen acceso, hicieron su propia versión de pastel de bodas a la ketambina. Capas de bizcocho salteadas con trocitos de galletas de chocolate alternadas con capas de chocolatinas Cadbury fundidas en crema de coco fresca. Todo esto envuelto en más crema de chocolatina y coco y a la nevera.

Fueron a por los trajes y se cambiaron.

Pascual, ya vestido con el traje tradicional Gayo, se puso a preparar las mesas con patatas fritas y cervezas. Les decía a los otros inquilinos de Joseph: «Dentro de unos minutos me caso con mi mujer en la pérgola del jardín, nos encantaría que nos acompañase. Mientras, tome una cerveza a nuestra salud por favor».

Ante la incredulidad  de algunos, tuvo que asegurar que era cierto y que tenía una esposa con la que se casaría en unos minutos, vestido de aquella guisa. Finalmente, se convencieron. Una familia francesa, una pareja de alemanes cuarentones, un grupo de cuatro jóvenes italianos y una pareja de Valencia formaron todo el cortejo.

Se subió en la pérgola y le pidió a Abu que fuera a por Olga.

Olga, que con los nervios apenas había podido colocarse bien el traje esperaba ya lista cuando Abu fue a buscarla.

«It´s time», dijo Abu, que no paraba de dar vueltas al papel con los votos que le habían escrito. Parecía más nervioso que la novia.

Al llegar junto a la pérgola se quedó sorprendida ante la cantidad de gente que había en la boda y cómo se daba la casualidad de que no conocía de nada a ninguno de ellos. Saludó con un tímido «hola» y subió a la pérgola con Pascual que le esperaba ansioso junto al altar.

Abu comenzó a leer sus votos. No entendíamos nada ni nos importaba. Se liaba y, de hecho, en un momento dado nos preguntó qué decía una parte del texto. Llegó el momento de los anillos y nos dijimos los votos. Nos emocionamos sin remedio. Habíamos deseado ese momento durante meses, habíamos recorrido un hermoso país de punta a punta sólo para llegar allí, no a un lugar, a un momento. Y ahí estábamos, el uno frente al otro, declarando al mundo nuestro amor una vez más, pero, esta vez junto a la línea del ecuador. Es curioso cómo para mucha gente los viajes son una forma de escapar de lo cotidiano, conocer otras realidades. Sin embargo, para nosotros se ha convertido en una forma de navegar en nuestro interior, de encontrarnos yendo a buscarnos en la lejanía para unir nuestras dos pasiones, el uno para el otro y viajar.

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Al besarnos, y tras enjugar alguna que otra lágrima, nos volvimos hacia la gente que durante la ceremonia parecía haberse desvanecido. Estaban ahí, estallando en vítores y aplausos. Nos felicitaron con abrazos y palabras de cariño. Y eso que nunca nos habían visto antes. El francés, que antes había sido frío rozando lo descortés, se nos acercó y dijo de corazón: «Espero que cada año podáis repetir esta ceremonia en una parte diferente del mundo. Ese es mi deseo para vosotros».

Ojalá podamos hacer cierto ese deseo, que es el nuestro. Y ojalá podamos compartirlo con vosotros, que habéis leído esta aventura semana a semana. Gracias por acompañarnos, especialmente agradecemos a la gente de Murray Magazine su apoyo, su paciencia y su cariñosa acogida.

Esperamos volver pronto por aquí con nuevas aventuras.

Podéis leer aquí las entregas anteriores de  ‘Y fueron viajeros para siempre’. 


Sobre el Autor

Olga y Pascual Peláez Márquez

Lo hemos leído antes: viajar es más que una afición, es una forma de vida. Para nosotros viajar significa encontrarnos a nosotros mismos, saber que queremos ser a través de la gente que encontramos en el camino y compartiendo lo que aprendemos con los demás.

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